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INTRODUCCIÓN
Dudé mucho antes de adoptar como título definitivo de este libro Cómo adelgazar encomidas de negocios. Ante todo, me parecía demasiado comercial para una obra que yopretendía seria.Ysi lo he conservado no ha sido tanto para impresionar a mi lector potencial como paradescribir mejor la verdadera finalidad del mensaje de la obra. Porque adelgazar, o noengordar, es lo que en realidad a usted le interesa.Durante estos últimos años, cuando me preguntaban qué había hecho para adelgazar o quéhacía para mantenerla línea, respondía invariablemente: <<Comer en restaurantes yparticipar en comidas de negocios>>, lo cual provocaba sonrisas y no convencía a nadie.Seguramente también a usted esto le parecerá paradójico, especialmente si atribuye supropio aumento de peso a sus obligaciones profesionales que, con excesiva frecuencia, loponen ante la tentación de la buena mesa. En todo caso, eso es lo que usted piensa.Como todo el mundo, lo más probable es que haya intentado aplicar un sin fin de principiosde dominio público que, desde hace mucho, figuran en la larga lista de los lugares comunes.Yseguramente habrá comprobado que, además de ser casi siempre contradictorios entre síyde no dar más que resultados nulos o efímeros, la mayor parte de esos principios eraninaplicables dentro de su órbita socio profesional.Por tanto usted está hoy --y desde hace varios años-- preocupados por lo que púdicamentepodríamos llamar su sobrecarga ponderal.Acomienzos de los ochenta, cuando ya había pasado yo el ecuador de la treintena, labalanza acusaba unos ochenta kilos, es decir, seis por encima de mi peso ideal.Nada alarmante, a decir verdad, para una silueta de un metro ochenta y uno y a pocos añosde la cuarentena.Hasta entonces había llevado una vida socio profesional más bien regular y mi exceso depeso parecía haberse estabilizado. Los <<excesos alimenticios>>, si en realidad se podíahablar de excesos, eran muy ocasionales y tenían carácter esencialmente familiar. Cuandose es originario del sudoeste de Francia la gastronomía forma parte obligada de laeducación. Incluso se convierte en un rasgo cultural fundamental.Hacía mucho que había abandonado el azúcar, por lo menos la que se echa en el café. Sopretexto de una alergia, no comía patatas y, salvo el vino, prácticamente no bebía alcohol.Los seis kilos de más los había conseguido en un período de diez años, una curva deprogresión relativamente modesta. Miraba a mí alrededor y creía estar dentro de la norma, yhasta más bien un poco por debajo.Yde pronto, de la noche a la mañana, me vi obligado a desempeñar mi profesión encondiciones totalmente diferentes: me confiaron una responsabilidad internacional en lasede central europea de la multinacional norteamericana para la cual trabajaba.Ahora debía pasar la mayor parte de mi tiempo viajando y mis visitas a las filiales, parte demi tarea específica, estaban invariablemente asociadas a reuniones de carácter gastronómico.De vuelta en París y en el marco de mis funciones de relaciones públicas internas, tenía queacompañar a mis visitantes --en su mayoría extranjeros-- a los mejores restaurantesfranceses de la capital. Esa actividad formaba parte de mis obligaciones profesionales, ydebo confesar que no era lo más desagradable del trabajo.Estoy convencido, dicho sea de paso, de que el restaurante, la mesa y la comida, ademásdel placer que proporcionan, siguen siendo el lugar ideal para la comunicación. Comoespecialista en relaciones humanas puedo asegurar que las mejores negociaciones conquien sea (un secretario del comité de empresa, un delegado sindical, un trabajador a quiense quiere despedir o contratar), han tenido siempre como marco un restaurante, sea lafonda de la esquina o la cantina de la misma empresa.Pero tres meses después de haberme hecho cargo de mis nuevas responsabilidades habíaaumentado por lo menos siete kilos. Debo aclarar que, durante ese período, tuve que hacer un cursillo de tres semanas en Inglaterra, hecho que no contribuyó precisamente a mejorar
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Comer fuera de casa es un riesgo que podemos evitar si nos entrenamos a comer bien dentro de casa.