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NuevosCronistas-Clausura-Martin-Caparros

NuevosCronistas-Clausura-Martin-Caparros

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10/13/2012

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Por la crónica 
Martín CaparrósEmpezamos despacio. Superamos custodias y custodios, tomamoscafés, admiramos paisajes, nos empequeñecimos en la grandezadel Imperio, tomamos más cafés. Y, por fin, para empezar al fin,escuchamos a la maestra Elena Poniatowska. Que dijo que escribíasus crónicas –que empezó a escribir crónicas como La noche deTlatelolco– porque los medios silenciaban cosas.La maestra estableció una genealogía: crónicas fundacionalestenían un propósito fundador: hablar de lo que nadie hablaba, darlela famosa voz a los que no la tienen, esas cosas. Ya veremos –yahabremos discutido– si ese propósito sigue siendo el suyo.La maestra, después, definió una condición: “Soy mujer, soysubjetiva y emocional”, dijo Poniatowska. Pero es muy fácil replicar su frase: “Soy cronista, soy subjetiva y emocional”. Los cronistas –tardamos en terminar de descubrirlo– somos periodistas en suverdadero femenino: subjetivos, emocionales, reivindicativos,caprichosos. Periodistas, sí. O quizá no, quién sabe. Pero yo creo quesí, y que ése es el secreto.Hubo un cambio: creo que hace cuatro años, la primera vez quereunimos nuevos cronistas de indias, nuestra preocupación principalera convencernos de que existíamos, de que éramos, de qué eramos.Tratábamos de completar la fundación y, por eso, en esos días,la discusión central consistía, más que nada, en saber de quéhablábamos cuando hablamos de crónicas, y nos dedicábamos areconocernos los unos a los otros. Siempre pasa: cuando uno noestá seguro de ser, sobreactúa. Recuerdo que eso me causó algún problema.Entonces escribí:“Dicen que son cronistas. Ponen cara de busto de mármol, la barbillaelevada, el ceño levemente fruncido, la mirada perdida en lontananzay dicen sí, porque yo, en la crónica aquella. O incluso dicen no, porque yo, en la crónica ésta. O a veces dicen quién sabe porque yo.Son plaga módica, langostal de maceta, marabunta bonsai. Vaya asaber cómo fue, qué nos pasó, pero ahora parece que el mundo estálleno de unos señores y señoras que se llaman cronistas.” Yo reacciono: es lo que hago en la vida, me parece. Entoncesreaccioné contra ese exceso de orgullo que se debía, supongo, anuestra etapa adolescente: queríamos que nos reconocieran. Pero pasaron cuatro años. Nos hicimos más grandes. En el mediotuvimos ese famoso éxito de estima. Se nos pasó –supongo, espero– ese síndrome adolescente. Se han publicado antologías de crónica,
 
abundan los cursos de crónica, aparecen tesis que estudian la crónica,nos reunimos en un castillo del Imperio: ahí están las posibilidades – y el peligro. Aprendimos, entretanto, que aquella función de romper el silencioahora quedó más bien en manos de las redes sociales, de lavirtualidad inmediata. Hace cuatro años la irrupción de esos mediosnos problematizaba; los debatíamos, nos debatíamos, los temíamos.Ahora, tantos twits más tarde, ya no los discutimos: pensamos cómohacer para aprovecharlos.(Con cierta resignación a no seguir buscando, por ahora, formasnarrativas propias de esa virtualidad. Ahora, en este encuentro,varios me sorprendieron diciendo que el mejor uso que podemoshacer, por el momento, de la red, es que sea un buen soporte, fácil dedifundir, para el viejo texto escrito.) Aquella mañana, hace tanto tiempo, anteayer, la maestraPoniatowska, al fin, habló un poco más de quiénes somos: somoslo que escuchamos, somos la confianza que hemos recibido, dijo:las historias que otros nos prestaron, con la esperanza de que lascontáramos, si no mejor, a más personas.Y ahí empezó la discusión. Tres días de discusión, rica, variada,dispersa, agotadora, interesante.Creo que su síntesis es el cambio de pregunta. Ahora la principal yano es de qué hablamos cuando hablamos de crónica; ahora sería dequé hablamos cuando escribimos una crónica.O sea: qué queremos contar, qué nos atrae, qué mundos miramos. Pero antes, para intentar saber qué vamos a contar, nos preguntamos para qué. Por qué nos tomaríamos el trabajo de hacer nuestro trabajo.Una mesa entre tantas me sirve como ejemplo –que de eso se tratatodo esto: usar una parcela de pretendida realidad para crear larealidad que uno pretende.Una mesa, decía, de jóvenes cronistas. Toro, puertorriqueña,dice que lo hace porque quiere que su país sea un país. Martínez,salvadoreño, que su país conozca su país –y que lo cambie. Salinas,nicaragüense, que un país marginal reconozca sus márgenes –y losestreche. Pires, brasileña, que porque sí, sin vocación social; que loque le gusta es escribir historias –aunque no sirvan para nada.Y varios con ella: la tarea de los periodistas es contar bien unahistoria, dijeron muchos, y ya está.Y varios, otra vez: que lo hacen para cambiar algo, para afirmar algo:con una meta externa.A mí me gusta ese deseo –pero ése es mi problema. ¿Es ambicioso,vano, inútil?O, dicho de otro modo: ¿no es mucho más agradable hacerlo sicreemos que sirve? ¿Es un engaño? ¿Es mejor engañarse que no? ¿Ysi fuera verdad? ¿Y si no fuera? La intención se muestra, por supuesto, en la elección. En la pregunta por la historia: ¿de qué escribimos cuando escribimos crónicas?
 
Y la intención, insisto, puede ser solo ésa: contar bien una historia,cualquier historia. O puede ser contar bien una historia que, de algúnmodo, se ocupa de un problema del que uno cree que vale la penaocuparse.Se discute, lo discutimos. En esa discusión está, sin duda, la riqueza. Aunque se corren riesgos. El peligro, dijo alguien, de caer en latentación de armar la Freak’s Collection: una galería de raros, desingulares, de atracciones de feria. O el paseo autocomplaciente:la crónica en su formato cuando yo –cada vez mejor escrita, máscompuesta. El peligro de que las maneras de la crónica se vuelvanmanierismos.Otros dijeron que eso no eran peligros sino libertades.En todo caso hubo cierto consenso en huir de un empecinamientoen la miseria que ya no suele cumplir con las metas que busca, y buscarle otros modos. E insistir en contar el poder –de otra manera.Y, entre esos poderes, uno que por aquí se cuenta mucho porquecuenta mucho: el poder de la violencia, bandas, narcos.Por momentos, también, intentamos pensar para quién lo hacíamos,ahora que la audiencia se ve cada vez más, ahora que vemos leyendoa los lectores. Alguien decía que la crónica era para élites. Y quién lecontestaba que los diarios también eran productos de nicho: 120.000ejemplares en un país de 100 millones de habitantes demuestran quela cantidad no siempre es el valor determinante. Y, por otro lado, otra sorpresa: hablamos de soportes, de medios para las crónicas pero ya no hablamos de los grandes medios, de los periódicos más tradicionales. Es como si los hubiésemos descartadocomo vehículo para nuestro trabajo; ahora nos congratulamos – yo también– por la permanencia de nuestras revistas amigas y laaparición de esos medios virtuales donde aparecen nuestros textoscomo si en una hoja de papel: Anfibia, Silla Vacía, FronteraD,Puercoespín, y siguen firmas. Y que no hay por qué innovar en las formas de la crónica, dijeronvarios: hubo cierto consenso raro en que es mejor no cambiar muchola manera en que las crónicas se hacen, se presentan.Y un joven ecuatoriano, Andrade: que el problema no es el génerocrónica y sus cambios; que la pelea es conseguir que seamosdistintos entre nosotros, que cada cual escriba con su voz.Y yo creo que eso sería, si es, una prueba de que hemos llegado aalguna parte. Digo: a un punto de partida.Hubo, también –hubo sobre todo–, cruces, propuestas, contactos,más trabajo de redes. Uno de los cronistas más jóvenes me decíaque ya se había conectado con tres editores con los que quizá podríahacer algo. Otros armaban libros, otros mejoraban sus páginasvirtuales; la fundación García Márquez lanzó su web de cronistas,la fundación TEM su beca en alianza con Soho, más encuentros,cantidad de proyectos.

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