Las ideas del autor sobre religión y cristianismo, teología y filosofía especulativa de la religión, que fueron publicadas endiferentes trabajos -en forma ocasional, aforística y polémica-, las encontrará el lector concentradas en la presente obra en formamás orgánica y fundamentada. El autor las ha ampliado o reducido, moderado o afinado según fuera necesario; pero en ningún casolas ha agotado, por la sencilla razón de que es enemigo de toda generalización categórica; como en todos sus libros, ha perseguidotambién en éste un objeto completamente distinto.La presente obra contiene los elementos, obsérvese bien, solamente los elementos críticos para la creación de una filosofía positivista de la religión o revelación; naturalmente, no de una filosofía en el sentido ingenuo de la mitología cristiana, que aceptacualquier cuento de hadas de la historia como si fuera un hecho, -ni tampoco en el sentido pedantesco de la filosofía especulativa dela religión, que toma los artículos de la fe por una verdad lógico-metafísica, tal como lo ha hecho la escolástica.La filosofía especulativa de la religión sacrifica la religión a la filosofía, y la mitología cristiana sacrifica la filosofía a lareligión; aquélla convierte la religión en un juego de la arbitrariedad especulativa, y ésta convierte la razón en un juego delmaterialismo religioso. La filosofía de la religión sólo permite a la religión decir lo que ella misma ha pensado y lo que sabeexpresar por sí mucho mejor. La mitología deja hablar a la religión en lugar de la razón; aquélla, incapaz de salir de sí misma,convierte las imágenes de la religión en sus propias ideas; ésta, incapaz de volver a sí misma, convierte las imágenes en cosas reales.Se comprende que la filosofía y la religión, en el sentido general, es decir, si se prescinde de su diferencia específica, sonidénticas y, dado que es el mismo ser el que piensa y el que cree, también las imágenes de la religión expresan a la vez ideas y cosas.Más aún: cada religión determinada, cada creencia es a la vez un modo de pensar, pues es completamente imposible que hombrealguno crea algo que contradiga hasta a su propia manera de pensar y de imaginar. Por eso el milagro no contiene para el creyentenada que contradiga a la razón, más bien es algo muy natural, algo así como una consecuencia lógica de la omnipotencia divina, lacual, a su vez, también es para él una idea muy natural. En efecto, para el creyente la resurrección de la carne del sepulcro, por ejemplo, es tan natural como la vuelta del sol después de su puesta, como el despertar de la primavera después del invierno, como laformación de la planta de la semilla sembrada en la tierra. Sólo cuando el hombre ya no armoniza con su fe, es decir, cuando la fe yano es para él una verdad con la que se compenetra, recién entonces nota con más claridad la contradicción entre la fe o la religión yla razón. Por cierto, también la misma fe reconoce sus objetos como inconcebibles, y contradictorios a la razón; pero la fe distingueentre razón cristiana y pagana, entre razón iluminada y razón natural. Esta diferencia, sin embargo, no dice más que sólo para elinfiel los objetos de fe son irracionales; pero el que cree, está convencido de su verdad, y para él constituyen la razón más sublime.Pero también en esta armonía entre la fe cristiana o religiosa y la razón cristiana o religiosa, subsiste todavía una diferenciaesencial entre la fe y la razón, ya que la fe no puede prescindir de la razón natural, y menos todavía, deshacerse de ella. Ahora bien,esta razón natural es nada menos que la razón por excelencia, es la razón general, es la razón basada en verdades y leyes generales;en cambio, la fe cristiana; o lo que es lo mismo, la razón cristiana, es un conjunto de verdades especiales, de privilegios yexenciones especiales; luego, una razón especial. Dicho más claramente todavía: la razón es la regla y la fe es la excepción de laregla. Por eso, hasta cuando hay una armonía perfecta, la colisión entre ambas razones es inevitable; pues el carácter especial de lafe y el carácter universal de la razón no coinciden perfectamente; queda siempre un exceso de razón libre que ha de sentirse, por lomenos en ciertos momentos, en contradicción con la razón ligada a los dogmas de la fe. De esta manera la diferencia entre la fe y larazón se convierte en un hecho psicológico.
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