-Pero, espereañadió de pronto-. No tendría inconveniente en compartir unacama con un ballenero, ¿verdad?Le respondí que no me gustaba compartir la cama con nadie, pero que si nohabía más remedio... y que si el ballenero no era alguien repulsivo...-Muy bien, siéntese -me respondió-. La cena estará en seguida.Me senté en el banco común, junto a un marinero joven que se dedicaba a tallar la madera del banco con un cuchillo. Poco después nos llamaron a cuatro o cinco a unasala contigua. No había fuego, hacía un frío polar y la estancia se iluminaba solamente con dos velas.La comida fue buena carne con patatas, té y budín.-¿Dónde está ese arponero? -pregunté al dueño-. ¿Es alguno de éstos?-No. El arponero es una especie de negro, y no tardará.Terminada la cena, pasamos de nuevo a la sala común, que no tardó en llenarsede un grupo de marineros salvajes, que según dijo el dueño era la dotación delGrampuss. Acababan de desembarcar y componían una buena colección de bandidosque se lanzaron inmediatamente al mostrador, dispuestos a acabar con todas lasexistencias de licor, si es que licor podía llamarse al veneno que allí vendían.Pronto estuvieron todos borrachos, excepto uno, que se mantenía aparte. Tendríaunos seis pies de estatura, un pecho como una ataguía y hombros muy anchos. Sumusculatura era la más desarrollada que jamás viera en hombre alguno. El rostro, muyatezado y los dientes muy blancos. En la voz, aunque hablaba poco, se le notaba acentosureño. Cuando el alboroto se hizo insoportable, desapareció, y no le volví a ver hasta...que me lo encontré en un barco, pero eso pertenece a otro lugar de la historia.Sus compañeros le echaron pronto de menos y salieron en su persecucióngritando que dónde estaba Bulkington, su nombre, sin duda.La sala quedó silenciosa tras la marcha de aquellos vándalos. Mientras, yo pensaba que no me gustaba dormir con nadie. Bien es cierto que los marineros duermenen el mismo cuarto, pero cada uno en su hamaca y se tapa con sus propias mantas. Por tanto, cuanto más pensaba en aquel arponero, tanto más detestaba la idea de dormir conél. Era de suponer que fuera sucio y sólo de meditar en ello ya me comenzaba a picar elcuerpo.-Patrón -dije-, he cambiado de opinión. No dormiré con el arponero, sino que loharé en este banco.-Como quiera, pero la madera es bien dura y está llena de nudos y muescas. Sela cepillaré un poco.Y con una garlopa comenzó a alisarla, mientras reía como un mico. Le pedí queno se preocupase más por mí y me dejó, volviendo tras de su mostrador.El banco era un poco corto para mí, y también demasiado estrecho. Y además, por la ventana entraba una corriente de aire frío que helaría a un muerto. Mi idea noestaba resultando tan buena como pensara.-¡Al diablo el arponero! -pensé-. Y pensé también en jugársela. Acostarme antesde que llegara y echar el cerrojo a la puerta. Pero también pensé que muy pro- bablemente el arponero echaría la puerta bajo o, lo que era peor, a la mañana siguienteme esperaría en el corredor para pedirme explicaciones, con un cuchillo en la mano.Esperé un poco. El arponero dichoso no apareció.-Patrón -pregunté-. ¿Qué clase de sujeto es ese arponero?-Pues el caso es que suele acostarse temprano -respondió-. No veo qué es lo quele haya retenido hasta tan tarde hoy, a no ser que no haya podido vender la cabeza.-¿Está usted loco? -pregunté furioso-. ¿Quiere decir que ese hombre anda por lascalles tratando de vender la cabeza?
3
Leave a Comment