Milady
ÍNDICE
..............................................................................................................................2l. La transformación de doña Soledad................................................................................22. Las hermanitas ............................................................................................................233. La Gorda......................................................................................................................374. Los Genaros.................................................................................................................565. El arte del soñar ...........................................................................................................736. La segunda atención....................................................................................................91
PREFACIO
Mi último encuentro con don Juan, don Genaro y sus otros dos aprendices, Pablito y Néstor, tuvo comoescenario una plana y árida cima de la vertiente occidental de la Sierra Madre, en México Central. Lasolemnidad y la trascendencia de los hechos que allí tuvieron lugar no dejaron duda alguna en mi mente acercade que nuestro aprendizaje había llegado a su fin y que en realidad veía a don Juan y a don Genaro por últimavez. Hacia el desenlace, nos despedimos unos de otros y luego Pablito y yo saltamos de la cumbre de lamontaña, lanzándonos a un abismo.Antes del salto, don Juan había expuesto un principio de importancia fundamental en relación con todo lo queestaba a punto de sucederme. Según él, tras arrojarme al abismo me convertiría en percepción pura ycomenzaría a moverme de uno a otro lado entre los dos reinos inherentes a toda creación, el tonal y el nagual.En el curso de la caída mi percepción experimentó diecisiete rebotes entre el tonal y el nagual. Al movermedentro del nagual viví mi desintegración física. No era capaz de pensar ni de sentir con la coherencia y lasolidez con que suelo hacer ambas cosas; no obstante, como quiera que fuese, pensé y sentí. Por lo que a mismovimientos en el tonal respecta, me fundí en la unidad. Estaba entero. Mis percepciones eran coherentes.Consecuentemente, tenía visiones de orden. Su fuerza era a tal punto compulsiva, su intensidad tan real y sucomplejidad tan vasta, que no he logrado explicarlas a mi entera satisfacción. El denominarlas visiones, sueñosvívidos o, incluso, alucinaciones, poco ayuda a clarificar su naturaleza.Tras haber considerado y analizado del modo más cabal y cuidadoso mis sensaciones, percepciones e inter-pretaciones de ese salto al abismo, concluí que no era racionalmente aceptable el hecho de que hubiese tenidolugar. No obstante, otra parte de mi ser se aferraba con firmeza a la convicción de que había sucedido, de quehabía saltado.Ya no me es posible acudir a don Juan ni a don Genaro, y su ausencia ha suscitado en mí una necesidadapremiante: la de avanzar por entre contradicciones aparentemente insolubles.Regresé a México con la intención de ver a Pablito y a Néstor y pedirles ayuda para resolver mis conflictos.Pero aquello con lo que me encontré en el viaje no puede ser descrito sino como un asalto final a mi razón, unataque concentrado, planificado por el propio don Juan. Sus discípulos, bajo su dirección -aun cuando él sehallase ausente-, demolieron de modo preciso y metódico, en el curso de unos pocos días, el último baluarte demi capacidad de raciocinio. En ese lapso me revelaron uno de los aspectos prácticos de su condición de brujos,el arte de soñar, que constituye el núcleo de la presente obra.El arte del acecho, la otra faz práctica de su brujería, así como también el punto culminante de lasenseñanzas de don Juan y don Genaro, me fue expuesto en el curso de visitas subsiguientes: se trataba, conmucho, del cariz más complejo de su ser en el mundo como brujos.
1LA TRANSFORMACIÓN DE DOÑA SOLEDAD
Intuí de pronto que ni Pablito ni Néstor estarían en casa. Mi certidumbre era tal que detuve mi coche. Meencontraba en el punto en que el asfalto acaba abruptamente, y deseaba reconsiderar la conveniencia decontinuar ese día el recorrido del escarpado y áspero camino de grava que conduce al pueblo en que viven, enlas montañas de México Central.Bajé la ventanilla del automóvil. El clima era bastante ventoso y frío. Salí a estirar las piernas. La tensióndebida a las largas horas al volante me había entumecido la espalda y el cuello. Fui andando hasta el borde delpavimento. El campo estaba húmedo por obra de un aguacero temprano. La lluvia seguía cayendopesadamente sobre las laderas de las montañas del sur, a poca distancia del lugar en que me hallaba. Noobstante, exactamente delante de mí, ya fuese que mirara hacia el Este o hacia el Norte, el cielo se veíadespejado. En determinados puntos de la sinuosa ruta había logrado divisar los azulinos picos de las sierras,resplandeciendo al sol a una gran distancia.Tras pensarlo un momento, decidí dar la vuelta y regresar a la ciudad, porque había tenido la peculiar impresión de que iba a encontrar a don Juan en la plaza del mercado. Después de todo, eso era lo que había
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