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Beatriz Sarlo - Una Ocurrencia

Beatriz Sarlo - Una Ocurrencia

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12/31/2013

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Co leccio n es
Walter Benjamin fue coleccionista y bibliófi-lo. Siempre envidié a los coleccionistas. Desde que mipadre me desaconsejo que comenzara una colecciónde estampillas argumentando en contra de la filatelia,abandoné cualquier idea de coleccionar algo. Los ar-gumentos de mi padre no atacaban las colecciones ensí mismas, sino la filatelia. Era un hombre arbitrario v
a mí me convencían sus argumentos más caprichososporque me parecían complejos y, por lo tanto, másatractivos que los razonamientos normalesdel tipo:es bueno que una chica coleccione estampillas por-que aprende geografía y a mantener un orden al mis-mo tiempo. Ese motivo didáctico, que se oponía al demi padre, me parecía tan poco original como indignode ser escuchado.Después de desechar la filatelia, tampoco pude te-ner una colección respetable de fotos de actores (ala que mi padre no se oponía sino que, por el con-trario, contribuía comprando revistas ilustradas), por-que no pude decidirme a una organización que mepareciera satisfactoria: ¿por nacionalidad, es decir, argentino* de un lado y norteamericanos del otro? Nome gustaban muchos actores argentinos y sentía, por
 
lo tanto, que la colección iba a estar completamentedesequilibrada, rasgo que molestaba al nacionalismointuitivo de la infancia que, por suerte, luégo~perdí definitivamente. Las colecciones de figuritas tambiénme trajeron sus problemas, ya que con las figuritas se jugaba y era posible ganarlas o perderlas. Yo era una jugadora ambiciosa que, para ganar buenas figuritas,arriesgaba alocadamente las mejores y terminaba, casisiempre, viendo cómo pasaban a integrar la colecciónde alguna otra chica.En mi casa había una colección magnífica de postales europeas. El conjunto, guardado en cajitas de cartón negro brillante con cantos de oro, era la obra maestra de una tía que me las mostraba acompañándolas delargas explicaciones. Esa colección fue mi primer cursode geografía, de usos y costumbres, de arquitectura y depaisaje. Recuerdo bien el retrato de dos chicos napolitanos, que hoy me parecen salidos de un Caravaggio(en aquellos años infantiles no sabía quién era Caravaggio ni pensaba que la realidad puede, eventualmente,parecerse al arte). También había una colecciórTmásreducida de fotografías en blanco y negro, compradasen museos europeos, en una época donde los
souvenirs
 
eran mucho más austeros que los que hoy exhibe el desvarío de reproducciones aplicadas a delantales, anotadores, remeras, platos y tazas ofrecidas en todas partes.Finalmente, había una colección de láminas didácticasque me servían para hacer los deberes escolares, peroque nunca consideré verdaderamente como un tesoroorganizado, esencia que poseían las postales de modoimperativo. Pese a todos estos ejemplos, no pude darcontinuidad a ninguna colección propia, aunque me loproponía y tomaba tibias resoluciones que terminabanahogándose en el remanso que mi padre había agitadocon su condena de la filatelia.
 
Con el paso del tiempo, creí que podía llegar aacumular la suficiente cantidad de libros como paraaspirar, aunque fuera humildemente, a ingresar enla categoría de coleccionista en algún futuro. No esque poseyera libros de colección, salvo una primeraedición de la
 Historia de San Martín
de Mitre y otrade los cuentos de Bret Harte con grabados a pluma.Enseguida me di cuenta de que no sólo no tenía platapara comprar libros que merecieran integrar una co-lección, sino que ni siquiera tenía olfato ni ojo paraencontrar buenas ediciones.Quienes ven por primera vez mi biblioteca disimulanun gesto desilusionado, salvo que se trate de personasno habituadas a encontrar más de trescientos libros juntos bajo el mismo techo. No puedo explicarme larazón, pero, después de haber comprado libros de ma-nera intensa e ininterrumpida durante varias décadas,después de hacerlo sin vacilar ya que siempre fueronun instrumento de trabajo, como las tijeras del sastreo las cuchillas del carnicero, mi biblioteca sigue sien-do relativamente pequeña. Los libros entran y salen,no por ejercicio de generosidad hacia las necesidadesintelectuales de otros, sino en un vaivén que a lo largode los años ha resultado en que el número de ejem-plares se mantuviera relativamente estable. No puedoatribuir esta estabilidad a la dictadura, ya que no des-truí ningún libro, encontré donde depositarlos y tuvela suerte (no puede llamarse a eso de otro modo) deno tener que agregar un capítulo a la memoria de lasfogatas o los entierros de material impreso.Por lo tanto, no hay un dato de la historia políti-ca que explique nada en este caso. Simplemente, mefalta la idea de la conservación ordenada de objetosrelativamente similares. Ahora, tengo ante mí oncecajitas de fósforos: dos provienen de una compañía

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