CONSOLACIÓN A HELVIA3
I. Muchas veces, oh madre excelente, he sentidoimpulsos para consolarte, y muchas veces tambiénme he contenido. Movíanme varias cosas a atrever-me: en primer lugar, me parecía que quedaría librede todos mis disgustos si lograba, ya que no secartus lágrimas, contenerlas al menos un instante: ade-más no dudaba que tendría autoridad para despertartu alma, si sacudía mi letargo; y en último lugar te-mía que, no venciendo a la fortuna, venciese ella aalguno de los míos. Así es que quería con todas misfuerzas, poniendo la mano sobre mi herida, arras-trarme hasta la tuya para cerrarla. Pero otras cosas venían a retrasar mi propósito. Sabía que no se de-ben combatir de frente los dolores en la violencia desu primer arrebato, porque el consuelo solo hubieseconseguido irritarlo y aumentarlo; así como en todaslas enfermedades nada hay tan pernicioso como unremedio prematuro. Esperaba, pues, que tu doloragotase sus fuerzas por sí mismo, y que, preparadopor la dilación para soportar el medicamento, per-mitiese tocar y cuidar la herida. Además, al leer denuevo las lecciones que nos dejaron los grandes ge-nios acerca de los medios para contener y corregir latristeza, no encontraba el ejemplo de alguno que
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