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Témoris Grecko
COLUMNA “FRONTERAS ABIERTAS”NATIONAL GEOGRAPHIC TRAVELER Edición de diciembre de 2008www.temoris.orgUN OCÉANO DE TODOS LOS RÍOS
China está venciendo su desconfianza milenaria hacia lo extranjero. 1400años después, el cosmopolitismo de Chang’an renace en Shanghai
Desirée Wang era militar a los 18 años, usaba uniforme de tonos olivo y unavez marchó frente a la universidad donde tenía el sueño de estudiar. Al verlaahora, a sus 45 o 50, hermosa y vivaz en jeans deslavados y una fina blusaitaliana de color rosa, no podía imaginarla en aquellos días de la “revolucióncultural” de Mao Ze Dong, cuando la nación completa era un mar de cuatrocolores: azul para los obreros, verde para los soldados, gris para los cuadrosdel Partido Comunista y negro para los campesinos. Su inglés recuerda al de lareina y se dedica a instruir a niños extranjeros en costosos colegios deShanghai. Si hubiera anticipado tal futuro cuando era adolescente (no podía,era impensable), hubiese sido severamente castigada, humillada en público,forzada a hacer una “autocrítica”.“Todo lo foráneo era burgués y malintencionado”, conversaba mientrascomíamos pato rostizado en el tren donde la conocí, poco antes de llegar aShanghai. Con una cuchara, se llevaba los fideos a la boca pegada al cuenco, yme miraba con aire estudioso. “Cualquier persona educada en Occidente eratomada por traidora, abrían las cartas para censurar el contenido, le rompieronlos dedos a un pianista que se rehusó a dejar de tocar Mozart”. Las anécdotasno terminaban. “Decían que la influencia extranjera nos podía corromper, que podría conducir a una transformación pacífica de China por el capitalismooccidental, a su triunfo sobre el socialismo, que así nos arrojaría de vuelta alabismo profundo y al fuego llameante, y volveríamos a sufrir”.¿Ceguera comunista? No. Mao sólo reeditó una milenaria actitud de loschinos, un pueblo con 5,000 años de historia y una cultura poderosísima, queha pasado la mayor parte de ese tiempo rechazando y temiendo a los
 
extranjeros. Todavía hoy, muchos de ellos ven a los no chinos como incultos,al tiempo en que se sienten amenazados por las influencias foráneas. No fue el caso de Taizong, uno de los cinco emperadores que Mao admiraba(una selección muy exclusiva de entre los centenares de monarcas que losalumnos chinos tienen que memorizar). Él gobernó del año 626 al 649 desdeXi’an, la famosa ciudad de los guerreros de terracota. Yo la había visitadosemanas atrás y todavía encontré huellas del esplendor que tuvo en aquellaépoca, cuando se llamaba Chang’an y era toda una Nueva York del siglo VII.Tan cosmopolita que una cuarta parte de la población de “la ciudad del millónde personas” era originaria de otros países. “Desde tiempos antiguos, siemprenos hemos amado demasiado a nosotros mismos y despreciado a losextranjeros”, declaró Taizong ante sus oficiales. “Pero yo amo a unos y a otros por igual”.Chang’an era el inicio de la ruta de la seda, la conexión entre Oriente yOccidente, y todo el mundo quería estar allí. “Desde cada país de Asia, tanlejos como Siria, llegaba gente”, me dijo Vera Zhang, una guía de turistas conseriedad de historiadora. “Todos en busca de algo: los embajadores, dealianzas; los mercaderes, de fortuna; los misioneros, de conversos; losaventureros, de fama. Muchos se marchaban con historias de la sofisticación yla opulencia de Chang’an. Pero otros eran bienvenidos al servicio delemperador, que premiaba la aptitud y la lealtad. Cuando la corte sesionaba,todos los funcionarios vestían sus trajes nacionales”.Ese brillante periodo de apertura fue una excepción, no obstante. Los han, laetnia dominante que construyó China, son un pueblo dado a extender susmurallas, cerrar las puertas e imponer su homogeneidad sobre todo lo quequedó dentro. Desde mi punto de vista, es claro que el sentimiento desuperioridad con el que justifican su desprecio hacia lo extranjero en realidadrevela su temor, se sienten inseguros. A pesar de que la historia ha demostradoque abrirse al mundo les trae grandeza, y además que cuando las cosas hansalido mal, los extranjeros han saltado las murallas y los han conquistado(como hicieron los mongoles y los manchúes), la sólida y profunda culturachina ha terminado por asimilarlos e imponerse, enriquecida además por elaporte de los invasores.Shanghai es el ejemplo más dramático de este fenómeno repetido. Conocidadurante siglo y medio como “la ramera del Oriente”, es una ciudad fundada por británicos, japoneses, franceses y estadounidenses como una brutal
 
imposición del enemigo extranjero al debilitado imperio chino, fue un abusocometido sin vergüenza que obligó al “hijo del sol” a aceptar que los bárbarosse instalaran en sus dominios a contrabandear opio y mercancías, a tratar a loschinos como personas inferiores en su propia tierra, a organizar actos deagresión militar contra sus súbditos. En su origen, es exactamente lo opuesto ala luminosa Chang’an.Pero ahí es también donde el Partido Comunista fue creado en 1921, dondesus militantes protagonizaron épicas luchas laborales y de donde vienen losdirigentes que gobiernan desde Beijing: la fidelidad a Shanghai se demuestraen el objetivo de convertirlo, por encima de Hong Kong, en la capitalfinanciera de Oriente y centro neurálgico para la economía global.¡Cómo se nota! La tarde en que llegué, mientras caía la oscuridad, caminéentre las multitudes por las estrechas avenidas del barrio llamado el Bundhasta la orilla el Huang Pu, el río que divide la ciudad. No lo esperaba, pero seme cayó la mandíbula: estaba admirando uno de los mayores espectáculosurbanos del mundo. ¡Los chinos lo planearon todo para dejarnos con la bocaabierta!El Bund fue construido por los occidentales y sus elegantes edificiosrecuerdan el Londres del fines del siglo XIX y el Nueva York de los años 30.Desde su paseo fluvial, miraba Pudong en la ribera contraria, un lugar dondela mentalidad abierta y la altura de miras del emperador Taizong se abrieron paso hasta el siglo XXI: brillaba la per-vanguardia, el futurismo enrascacielos como un gigantesco código de barras de colores, en contraste conlos edificios victorianos y neocsicos del Bund. Como esto no es unademocracia liberal, un burócrata le dio a un artista el poder para coordinar lailuminación de cientos de edificios, desde el nivel del agua hasta la antena másalta, a 420.5 metros de altura, y jugar con potentes cañones de luces púrpuras,verdes, blancas, azules...Es increíble que hace tan solo 15 años, todo en Pudong eran granjas. Una tardede otoño me senté a descansar en las bancas del lago artificial del CenturyPark, donde uno no se siente en China: en lugar de la espesa contaminación desus ciudades, grandes y pequeñas, allí hay oxígeno y cielo azul; las avenidasson anchas, el tráfico, fluido; uno no se siente atrapado entre edificios que seaprietan unos contra otros y parece que se nos vienen encima, como en HongKong: los planificadores de Pudong se preocuparon por abrir espacios entrelas torres súpermodernas --los edificios Jina Mao, Oriental Pearl y decenas
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