trasera de una camioneta que conducía un guía nativo y destinada a brindarlesuna sensación de auténtico safari sin perder confort.Él se acordó de mí porque en realidad no tiene tiempo de conocer mucha genteen sus viajes. Había “hecho”, como decía, Etiopía, Kenia, Tanzania ySudáfrica en tres semanas. Ahora, dijo, había “hecho” India y Nepal, y desdeKatmandú volaría a Bangkok para “hacer” Tailandia, Camboya y Vietnam.“Tengo que estar de regreso en Nueva York en diez días”. A mí, tres meses enIndia me habían permitido ver, sólo por encima, apenas una fracción de lostesoros de ese país. “¿Vas un poco lento, ¿no?”, bromeó, “¡apresúrate!,necesito que estés en México cuando yo vaya en el verano”. ¿Pensaba pasar mucho tiempo allí? “No mucho. Como no puedo volar directamente a Cuba,tengo que hacer escala en Ciudad de México y ya de paso voy a hacer Yucatán, Guatemala y Belice”.Las botas de Berndt no deben haberse gastado nada en los pavimentosirregulares de Katmandú. Del aeropuerto al autobús, de ahí al hotel, paseos yescasos minutos en tierra. Cero control de su recorrido. Nada de ir por allí aver mejor lo que le interesó, no existe eso de explorar y perderse por purogusto. Nada de ingeniárselas para buscar dónde comer, cómo pedir, de quéforma combinar los platos. No ha tenido que estudiar una ruta por sí mismo,decidir qué transporte usar, averiguar dónde se encuentra la estación ni hallar la manera de explicarle a la vendedora qué destino, horario y clase desea. Leha faltado la gran interacción cultural que todo esto deja, el placer deentenderse a base de sonrisas con quienes uno está visitando.En su novela corta “Lo recordamos por usted al mayoreo” (“We can remember it for you wholesale”, llevada al cine por Paul Verhoeven con el título “Totalrecall”), Phillip K. Dick describe a un hombre del futuro que, como no puede pagarse unas vacaciones en Marte, acude a una compañía dedicada a“implantar recuerdos” en la memoria de la gente: sus anuncios presentan amuchos clientes contentísimos por las aventuras que nunca tuvieron. Ennuestra época, la gente todavía tiene que ir a los lugares, pero apenas puededecir que
estuvo
allí, y los viajes terminan tristemente convertidos en unarápida sucesión de imágenes bidimensionales.El turismo relámpago que está en plena expansión en nuestros días es unenemigo del viaje. ¿Cómo puede uno decir que conoce que “hizo”, diría
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Berndt un país con cuya gente no habló, en donde sólo comió hamburguesas
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y en el que otros le resolvieron cada pequeño problema? Ver no es suficiente
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