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0809 Indira Nagar

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06/16/2009

 
Témoris Grecko
COLUMNA “FRONTERAS ABIERTAS”NATIONAL GEOGRAPHIC TRAVELER Edición de septiembre de 2008www.temoris.org
LA JOVEN DE INDIRA NAGAR 
Un encuentro estimulante en una favela de la India.
Sachin Mutalik es un marati amable, moreno y cachetón de la ciudad india de Pune. Es unode los coordinadores de Muktangan, una ONG que combate las adicciones y el sida, yaceptó llevarme en su moto a conocer el trabajo que llevan a cabo en Indira Nagar, unafavela de 15 mil habitantes. En la entrada nos esperaban Dinesh y Sontosh para llevarnos por los estrechos y sucios pasillos: es un laberinto caótico en el que no parece haber violencia. En India, en general, hay que tener cuidado con los robos, los carteristas, los queesperan que te descuides. Pero son pocos los asaltos.Aunque ya se hacen frecuentes en Indira Nagar. Aparecieron 15 años atrás con la llegada delas drogas a la favela. Las cuentas lo explican: la dosis de “brown sugar”, una mezcla deheroína con químicos nocivos, tipo crack, cuesta 70 rupias (1.50 dólares; un litro de lechevale 20 rupias). Un adicto utiliza cinco dosis diarias, es decir, gasta 350 rupias. Estoequivale 10,500 rupias mensuales. Pero el salario medio en esta zona es de 3,000 a 5,000rupias (67 a 111 dólares) al mes. Tienen que robar.Los 3,000 drogadictos de la favela representan un negociazo de 21 millones de rupiasmensuales (470,000 dólares). En Latinoamérica, los narcos ya les hubieran dado, por lomenos, un muy buen susto a los miembros del equipo de Muktangan, que les quitanclientes. Pero todavía falta mucho para que lleguen a nuestros niveles de locura y secontentan con que no se acerquen a las zonas de venta.Los activistas de la ONG dirigieron la conversación al tema del sida. Sobre las dificultades para convencer a la gente de que se haga el examen de VIH, la desconfianza de los vecinos,los problemas de las esposas con sus maridos. Entonces cambiaron las reglas de laentrevista y se pusieron a preguntarme a mí: qué hago, si estoy casado o tengo hijos (les parecí un fenómeno rarísimo, ¡soltero y sin niños!), cómo son los mexicanos, a qué casta pertenezco, por qué tengo dos nombres y dos apellidos, y si conocía personas VIH positivo.Al final fuimos, como siempre en India, a tomar chai (te con leche). Dos de las tresmujeres, las más jóvenes, con todo el recato que es propio de esta cultura, empezaron a jugar conmigo, a reír y coquetear. Me invitaron a regresar, les dije que estaba pomarcharme al norte, quisieron saber si no me parecía impropio (!) mantener contacto por correo electrónico. Una de ellas, Savita, se fue porque se hizo tarde. La otra, Sumitra, que a pesar de su juventud ya es madre y viuda, me contó que su nombre significa “poema” y que
 
los escribe, versos “de amor y también de cosas tristes”. ¿Como de qué? De los estúpidos prejuicios, por ejemplo. La gente cree que ella está manchada por la mala suerte, ya que suesposo falleció muy pronto. Sachin anunció que nos íbamos. Cuando empezaba a despedirme, me detuve frente a lachica, junté la palmas en posición de rezo y dije:
namaste
(“saludo a dios en ti”). En susojos advertí algo que pugnaba por salir. Sus labios estaban cerrados pero sus músculostemblaban. Durante cinco segundos contuvo lo que quería decir. Alguien más me llamó. Alfinal, Sumitra se acercó otra vez y repetí la ceremonia de despedida. Ocurrió de nuevo,había algo atrapado en su boca, en sus pupilas un grito, creí sentir el bombeo pesado de sucorazón. Pero no pudo hablar. Sachin rumiaba en la moto, subí y nos marchamos.En el caos de las avenidas, esquivando camiones y autorickshaws, mi guía me reveló unsecreto. Cuatro de los siete miembros del equipo tienen VIH. Sumitra es una de ellos. Suesposo murió de sida.Entonces comprendí: la insistencia en hablar sobre el virus, el interés en saber si habíatenido amistad con gente VIH positivo, el impacto de mis respuestas: les había narrado unaexperiencia en Durban (Sudáfrica), cuando participé de una sesión terapéutica con personasVIH positivo que enterraron todas las divisiones de raza y entrelazaron las manos paraapoyarse unos a otros. Había hablado también de las esposas que piden a sus maridos quese hagan el examen de VIH: los hombres se ofenden con la sugerencia y voltean la sartén:si traes esas ideas debe ser porque te andas acostando con alguien y ya me infectaste.Sumitra tiene todo en contra. Es viuda, con un niño de cinco años, VIH positivo y vive enuna sociedad en la que se la culpa por su tragedia. El hinduismo y el sistema de castas ya pesan espantosamente en una chica normal con problemas comunes. Es difícil imaginar cuánto oprimen a una mujer en una situación así. En Occidente ya lo tendría difícil. Pero enun sistema que cree en el karma (uno recibe lo que merece por lo hecho en las vidas pasadas) y castiga a las víctimas, ¿quién quiere a una madre viuda con VIH?Creo que ella sintió que estaba ante una oportunidad, que yo podría darle una respuesta. Yme dolió en el alma, porque pude ver la luz de su esperanza en los ojos, detectar el temblor de los labios que encarcelaban su llamado de ayuda.Me reconfortó pensar que también la había visto en un momento mejor: a lo largo de laconversación en el pequeño cuartel del equipo, ella era la que más hablaba, la que teníaclaridad sobre las tareas y la forma de llevarlas a cabo, la que hacía las preguntas más perspicaces y, además, la que mantenía el ambiente relajado con comentarios y expresionesque hacían reír a todos, incluido yo, a pesar de los obstáculos del idioma.Con VIH, hay que ser positivo. La actitud es fundamental. La suya es genial. Y para encarar los retos de este mundo duro, también. Por eso, halagado por la dulce expresión de estaschicas, adolorido por no poder compartir con el equipo más que un rato amable bebiendochai, me sentí estimulado, entusiasta porque ésta es la gente que nos muestra los caminos,la que enfrenta sus dramas cotidianos con esfuerzo y buen humor. Y si ellos no se dejanaplastar, si son capaces de vencer tanto sufrimiento y seguir adelante, a otros nos toca

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