de Morgana.— Y una piel tan adorable. — Hizo una pausa.En verdad sé, cariño, que si sonrieras más,serías muchísimo más atractiva.Morgana hizo una mueca. A menudo su tía le había sugerido que, si ella se mostrara más alegre yfuera un poquito más vivaz, sería más linda. Morgana sonrió al imaginar lo que su madre diría sobre laactitud de. su tía incentivándola para que fuera más "atractiva". Atractiva, como una flor que atraeabejas.Al ver que Morgana sonreía, Lacey le palmeó la mano. — Eso está mejor, cariño. — Se levantópara retirarse, deteniéndose con su mano en la puerta.— ¿Te puedo ayuda¡ a vestirte, o quizás aarreglar tu cabello?— No, gracias, tía Lacey. Me parece que voy a dormir un rato.— Bien. Te despertaré en una hora.La puerta se cerró y Morgana volvió a quedarse sola. Se recostó nuevamente y se durmió. Una horadespués, Lacey volvió para despertarla y regresó a su cuarto para completar su propio arreglo.Morgana levantó el vestido de seda marrón, lo miró y volvió á arrojarlo sobre la cama. Tuvo queluchar para evitar convertirlo en jirones. Una vez más, pensó en su padre. Todo esto era su culpa. En susdieciocho años, ella nunca había tenido que preocuparse por su aspecto.Ella y su madre habían vivido solas durante quince años en Trahern House. Trahem House. La solamención del nombre le hacía sentir nostalgia. Trahern House representaba setenta hectáreas de campoverde, con un estanque para patos, senderos para caballos y bosques. Su madre había consentido aMorgana todos sus deseos. Ahora recordaba con añoranza a su pequeña y bonita yegua, Cassandra.Siempre le había dicho que era una muchacha simple, sin atractivo, pero ella sabía que su madrehabía deseado que lo fuera. Nunca le había permitido recibir visitas de varones en la casa. Le habíacontado que los hombres sólo se interesaban por caras bonitas y que, por lo tanto, Morgana estaríamucho mejor manteniéndose así. Si ella era simple, podría vivir en paz en Trahern House. Y Morgananunca había querido vivir en otro lugar.A pesar de ello, la repentina e inesperada muerte de su madre, hacía ya dos años, había llevado aMorgana a la casa de sus tíos. Y el testamento había sido un segundo y terrible golpe. ¿Por qué no lehabía dicho su madre que su padre era el dueño de todo? Ella sabía que Trahern House habíapertenecido a Morgan Trahern, su abuelo materno, por lo tanto, había asumido que su madre le habíaheredado. ¿Qué había sucedido, para que la casa y las tierras fueran cedidas al yerno del abueloMorgan Trahern, antes que a su propia hija?Se acercó al espejo. Tenía los ojos fríos cuando dijo en voz alta. — Puedes haber sido mi padre,Charles Wakefield, pero no me trataste como a una hija, te apoderaste de lo único que poseía: TrahernHouse. Y, para asegurarla, me exigiste algo horrible. — Se acercó más al espejo y su voz se hizo másdura al transformarse en un murmullo profundo.— Sin embargo, nunca conociste a tu hija. Ella esfuerte. Prometo aquí y ahora que ni tú ni ningún otro hombre (y en ese momento recordó a su tíoHorace), me detendrán para alcanzar lo que deseo.Se miró por unos segundos y se sintió admirada de ver que sus ojos, normalmente azules, setornaban de un verde profundo. Tal como su madre le había dicho muchas veces, ella poseía una bellezainterior. Y eso era lo que importaba. La belleza física erasólo para mujeres tontas que no deseaban otra cosa que conquistar a un hombre. Y el último deseode Morgana era conquistar a un hombre.Nuevamente se volvió hacia la cama y el vestido, pensando que esta noche, sólo por una noche, legustaría ser linda. Porque esta noche, Morgana tendría que hacer aquello que nunca había querido:debía conquistar a un hombre.Suspiró y comenzó a vestirse, retirando su cabello de la cara y deslizándose en aquel vestido sueltoy sin gracia.— Te ves adorable, mi querida — dijo el tío Horace cuando entró y le extendió los brazos.Morgana vio complacencia en sus ojos, satisfacción. — Por supuesto que se siente satisfecho, —pensó— . Si yo fuera hermosa y tuviera un vestido escotado de satén rojo, algún hombre me llevaría aNuevo México y él perdería todo el dinero. Pero sabía que su tío no tenía razón alguna para preocuparsepor ello esta noche.Llegaron temprano a la fiesta. Había poca gente todavía. Morgana estaba contenta. De este modotendría oportunidad de apreciar a los invitados a medida que llegasen. Debía considerarlos con sumocuidado: no podía permitirse cometer un error. Sintió que su columna vertebral se endurecía.Cuando entraron al iluminado salón de baile, Horace condujo a Lacey y a Morgana hasta losanfitriones de la fiesta, Matthéw y Caroline Ferguson. Morgana había visto a los Ferguson varias veces.
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