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La TierraEncantada
Jude Deveraux
 
1
Morgana miró fijamente el horrible vestido marrón extendido sobre la cama. Sintió un escalofrío. Alvolver a recordar lo que debía hacer esa noche, se volvió lentamente y se miró con nostalgia en elespejo, observando sin interés su cabello sin brillo y los ojos azules. Trató de erguir la cabeza y desonreír. Pero no... no era bonita y estaba segura de que nunca lo sería.Se dio vuelta con rapidez cuando oyó un golpe en la puerta y su tío entró en la habitación. Era unhombre bajo, corpulento, y, a todas luces, dado a cometer excesos en la mesa. Le sonrió y se acercópara acariciarle el mentón. Ella retiró la cabeza.— ¿Qué deseas? — le preguntó con frialdad.— ¿Está todo bien? ¿Cómo van los preparativos de tu equipaje?— Bien — contestó mientras mantenía la cabeza vuelta hacia el otro lado.El tío miró a su alrededor y vio los baúles cerrados y, por último, el vestido marrón de seda sobre lacama. Tocó la seda con delicadeza.— ¿Por qué no descansas un poco antes de irnos a la fiesta? Aún tienes unas horas.Ella no le contestó y entonces él se volvió y dejó la habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido.Morgana se quitó el vestido y lo remplazó por una simple bata. Se recostó, pero no podía dormir. Encambio, se vio a sí misma repitiendo una vez más toda su historia.Los problemas habían comenzado antes de que ella naciera. Tanto el padre como la madre habíansido criados en la vida de las ricas plantaciones del sur de Kentucky. Sin embargo, el padre habíadeseado ir en busca de aventuras, encontrando las penurias y desafíos de la frontera.Después del matrimonio, la joven pareja se había trasladado a Nuevo México. Allí nació Morgana.La muchacha casi había muerto al dar a luz. El bebé era prematuro. Habían transcurrido unas dieciochohoras antes de que su padre le trajera una partera a su mujer. Morgana oyó infinidad de veces, de labiosde su madre, la historia del horror y el dolor que ella había pasado estando sola. Al ser una dama, nopodía permitir que ninguno de los lugareños pusiera sus manos en la habitación.Cuando Morgana cumplió un año, su madre y ella volvieron a Kentucky. La señora se había negadoa criarla en el salvaje Nuevo México. Había habido muchas peleas en el matrimonio y el padre habíadicho que, si su mujer se llevaba a su hija y lo abandonaba, él no desearía volver a ver jamás a ningunade las dos. Así había sucedido: ella no lo había visto en diecisiete años.Un rictus de dolor se dibujó en su boca al darse cuenta de que él se tomaba ahora la revancha.Muerto, estaba castigando a su esposa a través de la hija.Trató de mantener lejos de su mente el recuerdo de la lectura de su última voluntad. Dos semanasatrás, aquel horrible testamento la había empujado a tomar la decisión que llevaría a cabo esta noche.Volvió la cabeza hacia la puerta cuando oyó un leve golpe y sonrió al escuchar la voz de su tía.Mientras Lacey entraba, Morgana no pudo evitar un pensamiento acerca de lo bien que le iba elnombre a la vieja mujer. Lacey era frágil y pequeña, como si estuviera a punto de romperse. A Morganale recordaba una servilleta al crochet, almidonada.— Hola, cariño. ¿Te sientes bien? Me imagino que estarás nerviosa por lo de esta noche.La tía Lacey era siempre tan dulce. Ella suponía que, siendo Morgana una joven, debía sentirsenerviosa por ir a la fiesta. Y Morgana lo hubiera estado, también, si las circunstancias hubieran sidodiferentes. Se volvió para mirar el indescriptible vestido marrón, que había apartado hacia un costado dela cama; los ojos de Lacey siguieron a los suyos.Lacey se acercó a la cama, tocó la seda y dijo con gentileza.— El marrón no es realmente tu color, ¿no es cierto, querida?Morgana luchó contra el impulso de volver la cabeza y reír con histeria. — Está bien, tía Lacey. Nome importa. Podría tener un modelo de París y no importaría. Nada podría hacer que fuera bonita, talcomo dice el tío Horace.Lacey tenía los ojos tristes. Se acercó a Morgana y se sentó junto a ella, en la cama. Miró a susobrina con detenimiento. — Sé que Horace dice que no eres bonita. — Mamá también lo decía.— Sin embargo, no puedo dejar de pensar en que, si vistieras ropas de colores más brillantes y sino escondieras tu cabello...; sabes que tienes un cabello encantador. — Acarició con un dedo la mejilla
 
de Morgana.— Y una piel tan adorable. — Hizo una pausa.En verdad sé, cariño, que si sonrieras más,serías muchísimo más atractiva.Morgana hizo una mueca. A menudo su tía le había sugerido que, si ella se mostrara más alegre yfuera un poquito más vivaz, sería más linda. Morgana sonrió al imaginar lo que su madre diría sobre laactitud de. su tía incentivándola para que fuera más "atractiva". Atractiva, como una flor que atraeabejas.Al ver que Morgana sonreía, Lacey le palmeó la mano. — Eso está mejor, cariño. — Se levantópara retirarse, deteniéndose con su mano en la puerta.— ¿Te puedo ayuda¡ a vestirte, o quizás aarreglar tu cabello?— No, gracias, tía Lacey. Me parece que voy a dormir un rato.— Bien. Te despertaré en una hora.La puerta se cerró y Morgana volvió a quedarse sola. Se recostó nuevamente y se durmió. Una horadespués, Lacey volvió para despertarla y regresó a su cuarto para completar su propio arreglo.Morgana levantó el vestido de seda marrón, lo miró y volvió á arrojarlo sobre la cama. Tuvo queluchar para evitar convertirlo en jirones. Una vez más, pensó en su padre. Todo esto era su culpa. En susdieciocho años, ella nunca había tenido que preocuparse por su aspecto.Ella y su madre habían vivido solas durante quince años en Trahern House. Trahem House. La solamención del nombre le hacía sentir nostalgia. Trahern House representaba setenta hectáreas de campoverde, con un estanque para patos, senderos para caballos y bosques. Su madre había consentido aMorgana todos sus deseos. Ahora recordaba con añoranza a su pequeña y bonita yegua, Cassandra.Siempre le había dicho que era una muchacha simple, sin atractivo, pero ella sabía que su madrehabía deseado que lo fuera. Nunca le había permitido recibir visitas de varones en la casa. Le habíacontado que los hombres sólo se interesaban por caras bonitas y que, por lo tanto, Morgana estaríamucho mejor manteniéndose así. Si ella era simple, podría vivir en paz en Trahern House. Y Morgananunca había querido vivir en otro lugar.A pesar de ello, la repentina e inesperada muerte de su madre, hacía ya dos años, había llevado aMorgana a la casa de sus tíos. Y el testamento había sido un segundo y terrible golpe. ¿Por qué no lehabía dicho su madre que su padre era el dueño de todo? Ella sabía que Trahern House habíapertenecido a Morgan Trahern, su abuelo materno, por lo tanto, había asumido que su madre le habíaheredado. ¿Qué había sucedido, para que la casa y las tierras fueran cedidas al yerno del abueloMorgan Trahern, antes que a su propia hija?Se acercó al espejo. Tenía los ojos fríos cuando dijo en voz alta. — Puedes haber sido mi padre,Charles Wakefield, pero no me trataste como a una hija, te apoderaste de lo único que poseía: TrahernHouse. Y, para asegurarla, me exigiste algo horrible. — Se acercó más al espejo y su voz se hizo másdura al transformarse en un murmullo profundo.Sin embargo, nunca conociste a tu hija. Ella esfuerte. Prometo aquí y ahora que ni tú ni ningún otro hombre (y en ese momento recordó a su tíoHorace), me detendrán para alcanzar lo que deseo.Se miró por unos segundos y se sintió admirada de ver que sus ojos, normalmente azules, setornaban de un verde profundo. Tal como su madre le había dicho muchas veces, ella poseía una bellezainterior. Y eso era lo que importaba. La belleza física erasólo para mujeres tontas que no deseaban otra cosa que conquistar a un hombre. Y el último deseode Morgana era conquistar a un hombre.Nuevamente se volvió hacia la cama y el vestido, pensando que esta noche, sólo por una noche, legustaría ser linda. Porque esta noche, Morgana tendría que hacer aquello que nunca había querido:debía conquistar a un hombre.Suspiró y comenzó a vestirse, retirando su cabello de la cara y deslizándose en aquel vestido sueltoy sin gracia.— Te ves adorable, mi querida — dijo el tío Horace cuando entró y le extendió los brazos.Morgana vio complacencia en sus ojos, satisfacción. — Por supuesto que se siente satisfecho, —pensó— . Si yo fuera hermosa y tuviera un vestido escotado de satén rojo, algún hombre me llevaría aNuevo México y él perdería todo el dinero. Pero sabía que su tío no tenía razón alguna para preocuparsepor ello esta noche.Llegaron temprano a la fiesta. Había poca gente todavía. Morgana estaba contenta. De este modotendría oportunidad de apreciar a los invitados a medida que llegasen. Debía considerarlos con sumocuidado: no podía permitirse cometer un error. Sintió que su columna vertebral se endurecía.Cuando entraron al iluminado salón de baile, Horace condujo a Lacey y a Morgana hasta losanfitriones de la fiesta, Matthéw y Caroline Ferguson. Morgana había visto a los Ferguson varias veces.
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