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Crosette - La cultura, los géneros y los derechos humanos

Crosette - La cultura, los géneros y los derechos humanos

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04/27/2014

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B
ARBARA
C
ROSETTE
.
*
 “L 
A CULTURA
,
LOS GÉNEROS Y LOS DERECHOS HUMANOS
”.
En: Samuel P. Huntington y Lawrence E. Harrison (comps.):
La cultura es lo que importa. Cómo los valores dan forma al progreso 
humano, Buenos Aires, Planeta,2001, capítulo 13, pp. 249-261.En la última década, ninguna otra nación ha encarado debates sobre laidentidad cultural y los derechos humanos tan amplios y de una importancia tanprofunda como los Estados Unidos y Canadá. En la prensa, en el ámbito académico,en las comunidades étnicas y entre las principales organizaciones religiosas, existeun palpable sentido de cambio en la civilización de América del Norte. A veces esbienvenido y a veces se le teme.No debería sorprender el hecho de que existan recelos. Ningún país en lahistoria ha modificado su perfil étnico voluntariamente y en tan poco tiempo comolos Estados Unidos. Alcanza con mirar los primeros filmes de Hollywood y losprogramas televisivos de la década de 1950 para ver la imagen mental que evocabala palabra “estadounidense”. En la mayor parte de los Estados Unidos, había engran medida dos clases de caras, la europea y la africana, y en esas cabezas ycorazones la gente compartía, para mejor o para peor, una cultura central principalque era más estadounidense y menos parecida a la de sus ancestros. Sin embargo,a principios del siglo XXI, las caras estadounidenses reflejan prácticamente todaslas comunidades étnicas del mundo, y muchas mentes y corazones están decididosa no perder —o, si es necesario, a reinventar— las culturas ancestrales. ¿Eso nosfragmenta o nos convierte en la primera nación verdaderamente planetaria?En cualquier caso, nuestra cambiante mezcla nos lleva con cada vez mayorfrecuencia a debates sobre definiciones más generales de los derechos humanos ysu relación con los fundamentos culturales básicos. Este nuevo ambiente tambiéndebería producir en nosotros consideraciones más informadas, más nítidas y juiciosas sobre los problemas de derechos humanos en el extranjero. Pero de lamisma manera en que la diversidad lingüística de nuestros ancestros no nos haconvertido en una nación multilingüe, la variedad de trasfondos culturales todavíano nos ha transformado —incluidos los medios— en mejores jueces de prácticas,tradiciones y causas distantes, que también llegan a nuestras costas en el equipajede los inmigrantes. Hay dos imperativos que están en colisión: salvar el núcleo de lacultura estadounidense y al mismo tiempo hacer lugar a diferentes modos de vida,sin disponer siempre de la información necesaria para entenderlos. Así, lasreacciones a las prácticas culturales a veces pueden ser contradictorias endiferentes contextos y lugares; en África y Afganistán, por ejemplo, adonde nosacercamos con actitudes inconsistentes.La era de reexaminación de los Estados Unidos coincide con una nueva era deconciencia cultural en el extranjero, que en el peor de los casos engendra ladestructiva etnicidad (alimentada aún más por problemas económicos eincertidumbre política) que se ve en África, los Balcanes e Indonesia. Al mismo
*
Barbara Crosette es la Jefa de Sección para las Naciones Unidas del New York Times. Excorresponsal en Asia del Sudeste y Asia del Sur, es autora de
India Facing the Twenty-First Century 
 (
India frente al Siglo XXI 
),
So Close to Heaven 
(
Tan cerca del cielo 
),
The Vanishing Buddhist Kingdoms of the Himalayas 
(
La desaparición de los reinos budistas de los Himalayas 
) y
The Great Hill Stations of Asia 
(
Las estaciones de las Grandes Colinas de Asia 
).
 
B
ARBARA
C
ROSETTE
 
tiempo, en todas las regiones hay países que están sintiendo los efectos de uncambio social significativo. La floreciente afirmación de los derechos de las mujerestendrá efectos de largo plazo en las prácticas sociales tradicionales. La intensapresión de la superpoblación en las naciones más pobres del mundo ejerce unapresión sobre los elementos esenciales de la vida —el alimento, el agua y el aire—,que cada año es mayor.El mundo está descubriendo tardíamente que las mujeres y los recursosnaturales están relacionados. En países como Bangladesh e Indonesia, un aumentode la autoridad en manos femeninas ha tenido como resultado tasas menores denacimiento, junto con crecientes exigencias de educación, mejores técnicas decultivo y más inversiones en tierras y aldeas. En África, UNICEF (
United Nations Children’s Found 
—Fondo de las Naciones Unidas para la Niñez—) averiguó, segúnsu informe
Estado de los niños del mundo 1999 
, que las madres están comenzandoa agruparse para exigir escuelas, y se ven a sí mismas como la clave para mejorar lavida de sus hijos y con frecuencia también de ellas mismas. En Burkina Faso,donde sólo el 9 por ciento de las mujeres de más de quince años de edad sabe leer,se formaron veintitrés Asociaciones de Madres de Alumnas para controlar lainscripción y asistencia escolar de sus hijas. En Paquistán y Egipto, entre otroslugares, las comunidades locales encontraron formas de preparar maestros para lasescuelas de aldea.Los resultados pueden comprobarse rápidamente: “Puede esperarse que unaumento del lo por ciento en la inscripción de las niñas en la escuela primariadisminuya la mortalidad infantil en 4,1 muertes por cada 1000, y un aumentosimilar en la inscripción de las niñas en la escuela secundaria puede causar unadisminución de 5,6 muertes por cada loco. Eso tendría como resultado concreto, enPaquistán, por ejemplo, que un año extra de escolaridad para 1000 niñasfinalmente impediría alrededor de 60 muertes de infantes”. Pero, en un númeronada pequeño de sociedades tradicionales, escuchar a las mujeres sigue siendo unpaso cultural importante que todavía no se dio.Con el mundo en fermento social, en los últimos años las disputasintelectuales sobre cultura y derechos humanos se han vuelto más frecuentes, enespecial cuando son cuestiones que han tomado dimensiones internacionales. Losprincipales grupos internacionales de derechos humanos, que en una época eranconsiderados por muchos gobiernos activistas marginales, han construido sólidasreputaciones para su trabajo legal e investigativo. Han traído al centro del debatepúblico pactos internacionales que llevaban mucho tiempo ignorados, hanpresionado con éxito para establecer instituciones permanentes (por ejemplo, unacorre penal internacional) y por lo general han entrado en los círculos de la políticainternacional. Ahora los consultan funcionarios del Departamento de Estado, se losinvita a formar centros universitarios, y los escucha el consejo de RelacionesExteriores. Pero estos expertos en derechos humanos, en su mayoría abogados muypreparados, son casi por naturaleza puristas y universalistas que detestan torcersus principios para acomodarse a los pliegues culturales. Más aún, su frecuenteinsistencia en la preeminencia de los derechos civiles y políticos definidos demanera concreta los ha puesto en conflicto con aquellos que creen que los derechoseconómicos y sociales están primero o, de manera más general, que las culturasque están fuera de la corriente occidental ven la política y la sociedad de maneramuy diferente y deben conformarse a sus propios valores a la hora de establecerprioridades y codificar los principios.
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A CULTURA
,
LOS GÉNEROS Y LOS DERECHOS HUMANOS
 
Además de las polémicas sobre derechos y culturas que surgen como hongosen todo el mundo, los que están a favor de excepciones culturales a los modelosinternacionales de derechos humanos se ven atacados por disidentes dentro de suspropias sociedades. En el sudeste de Asia, por ejemplo, algunos famosos defensoresde los “valores asiáticos” están en las calles combatiendo contra las fuerzas de los
reformasi 
, una situación que no muchos habrían anticipado hace algunos años. Losdisidentes, energizados y a la vez furiosos por las malas coyunturas económicas,dicen que están hartos de la clase de valores asiáticos que trajeron corrupción yamiguismo y que truncaron el crecimiento político. En el mundo musulmán, dondeen una época la militancia parecía inexorable, hay una pregunta que se oye cadavez más, desde el norte de África pasando por el Medio oriente hasta el sur de Asia yel Pacífico: “¿Quién habla en nombre del Islam?”. El pluralismo está en el aire, y lasvoces de disenso son tanto femeninas como masculinas.
E
L PAPEL CLAVE DE LAS MUJERES
 
Por cierto, algunos de los esfuerzos más intensos para replantear y realinear lamezcla de religión, derechos y cultura en la actualidad son obra de las mujeresmusulmanas, pero ellas no son las únicas. En los meses previos a la cuartaconferencia Mundial de Mujeres de las Naciones Unidas de 1995, se organizaronasambleas locales y regionales en África, Asia, Europa y en toda América paraescribir agendas para Beijing, donde se llevó a cabo la conferencia formal y tambiénuna reunión no oficial de organizaciones no gubernamentales. En los apasionadosdiscursos y ponencias presentados por las asambleas regionales provenientes dezonas culturales y geográficas muy diferentes, se incluían algunas metassorprendentemente similares. Sobre la base de la conferencia sobre Población yDesarrollo de El Cairo de 1994, las mujeres estaban aclarando y definiendo ungénero de derechos que para ellas es universal.Sus exigencias traspasaban antiguos sectores y declaraban irrelevantesalgunas viejas y gastadas disputas sobre derechos civiles y económicos. Lasmujeres hablaron pragmáticamente sobre el derecho de poseer y heredarpropiedades o de empezar un negocio, y la necesidad de establecer y proteger esasactividades con la ley, una exigencia económica acompañada de un llamamientopolítico a que hubiera más mujeres en las legislaturas. También buscaban cambiosen las leyes de familia para que éstas les otorgaran derechos iguales a los de suscónyuges y padres. Exigían el derecho a decir no a los niños no deseados o al sexono deseado, a poner el control de sus propios cuerpos y vidas reproductivas en lacategoría de las libertades fundamentales. “Los derechos de las mujeres sonderechos humanos” se convirtió en un eslogan familiar. En Beijing, un ama de casade Nepal que invirtió sus pocos ahorros en el viaje a China pudo conocer acampesinas de Tanzania, escritoras de Teherán y a estadounidenses urbanas dediversas ocupaciones. La mayoría de esas mujeres provenientes de entornosdiferentes descubrieron que tenían más en común de lo que esperaban. Cuandoregresaron a su tierra, sostenidas por nuevas redes, muchas de esas mujeresmiraron con nuevos ojos las suposiciones culturales que las rodeaban.Para las mujeres, la interacción entre una cultura o ética dominante y susvidas cotidianas no es una cuestión hipotética. A pesar de haber obtenidoimportantes progresos políticos y económicos en muchos lugares, en todo el mundolas mujeres siguen teniendo buenas razones para mantenerse alerta por la forma enque las afecta la cultura. Por cierto, para muchas mujeres la sensibilidad cultural
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