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El Emporio de Ulises

El Emporio de Ulises

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Published by: José Carlos Nazario on Oct 30, 2012
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01/25/2013

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El emporio de Ulises
 Josecarlos Nazario“Los jóvenes intoxicados el domingo pasado en el concurso de tragos detequila aún permanecen internos enuna clínica ubicada en el centro dela ciudad. R. A., de 21 años, está enla sala de cuidados intensivos, y O.E., hijo del Jefe de las Fuerzas Armadas, presenta mejoría y fuetrasladado a la suite 418, donderecibe visitas de algunos de susfamiliares y amigos.” Diario El libertino, 19 de marzo de2005
 Todos dijeron salud. Yo observaba atento, me sentía tan ajeno a aquel juegode roles. Estaba tan lejano de la competencia por lamer sus zapatos que nohacía otra cosa que observar. Y ellos lo notaban, ninguno me avisó de lafiesta, ninguno era mi amigo. Hacía menos de dos horas que había visto sunúmero en la pantalla de mi celular. Asombrado, apreté el botón y preguntéquién era. Su voz me respondió, se notaba agitado como siempre. Me dijo quefuera a su casa a las siete. Anduve por las curvas de Cuesta Hermosacuestionando las razones de aquella rara invitación hasta que llegué a la casa.La entrada combinaba diseños orientales, sin embargo, a medida que unoavanzaba, primero a través de unas escaleras de cuatro peldaños y luego porun salón, los ornamentos se hacían más occidentales. De hecho, mi vista sedistrajo por un cuadro que estoy seguro se trataba de un Picasso. El muchachoque me recibió era bajo de estatura, fornido y vestía distinto del resto. Luegosupe que su nombre era Nelson. Me hizo pasar hasta la terraza. Poco tiempodespués ya estábamos todos reunidos alrededor de una mesa. En el tope, unaalfombra de carnes y embutidos mostraba las etiquetas de las mejores marcasdel mercado.
 
Llegó Ulises, nadie que lo viera habría imaginado que hacía tan solo dos horasestuvo a punto de ser fusilado en el borde, arañando la cornisa de un edificiomilitar, ante el cañón de un troglodita que esperaba la orden para disparar.No. Era esa claridad de sus ojos la que esquivaba cualquier conjetura; pero así fue. No lo dijo entonces, habría sido una muestra de debilidad ante sus tantosamigos. Para ellos guardaba relatos que lo haan parecer superior,excepcional. Discutía a menudo sobre temas triviales y los deslumbraba consus destrezas de
bar-tender 
. Una forma de entretenerlos, me había confesado,porque se hacía necesario conservar aquella sarta de descerebrados si sequería lograr lo que él: un emporio.El sonido del aire tras el ¡
 puff!
del corcho me sacó de mi abstracción. Algunasgotas cayeron sobre mi brazo. La espuma brotaba de la boca de la botellaepiléptica. ¡Moët! Gritaban todos y celebraban la liberación de Ulises, mientrasél, callado, fingía una sonrisa con una mueca inmóvil. Y allí, entre toda esatrulla de parásitos, aclaraba calamidades en su mente, horrores que luegovolcaría en un largo relato. No había duda de que no estaba recuperado, peroeso no le impidió continuar con aquel convite improvisado por Raúl, que ledaba la bienvenida tras cinco largos días de incertidumbre y encierro. Elestruendo del tapón fue como si un disparo de bengala hubiera marcado elinicio de una carrera. Desde entonces, todos se empeñaban en distintastareas, mientras yo observaba cada movimiento.A mi derecha estaba la parrilla. Dos de ellos, con delantales fluorescentes, jugaban al asador. Hablaban en inglés e intercalaban algunas frasesgrotescas. A unos cinco pies estaba Juan colocando las sillas en círculo. Habíaubicado una en el centro. No me imaginaba que minutos más tarde aquelespacio se convertiría en la escena de un rito asquerosamente excitante. Atres metros de donde estaba parado, girando para ver a mis espaldas, un parde flacos preparaba la otra mesa: una decena de botellas. Luego noté quedisponían una bandeja plateada, donde organizaban, contándolas, líneas decoca.
 
Ulises, sentado, divagaba. Sus ojos lejanos, cuestionaban alguna razón.Mientras, Nelson lo miraba con la cara de imbécil más sincera que he podidover. Quise distraerme un poco yo también. Caminé unos cuantos pasos haciala farola del patio, en el borde, y me planté frente a las barandas a observar elpaisaje. Qué vida. Aquel jardín, que se coronaba en una balaustrada, daba auna barranca donde millares de árboles frondosos regalaban, junto al río, unpaisaje bestial. Ahí vivía
la crème de la crème
. Así desperdiciaban aquelespacio esas familias que ni siquiera miraban hacia afuera para dignarse losojos. Quedé extasiado, pensativo. Deseaba que alguien me diera la noticia deque había muerto algún familiar desconocido, dejándome todo. Para comprarde inmediato aquella vista e invitar a esos idiotas a la salida.Poco a poco la noche. Los bobalicones fueron haciendo más etílicas sus risas.Las ramas de los árboles agitaban sus hojas. Parecían aplausos. Me acerqué ala mesa de los tragos y me serví un
vodkatónic
. Miré de reojo a los muchachosy vi levantarse el brazo de Ulises. Me llamaba displicente con un movimientode mano, mientras la otra se posaba en su pantalón. Me acerqué tomándomemi tiempo, dándome importancia, en un gesto que descubrí más imbécil quela actitud del resto. Fijaba mi vista en el puro que llevaba en el bolsillo de sucamisa, cuando dijo: No tienes que hacerlo, yo sé diferenciar. Es difícil noparecer un lambiscón entre tanta mierda, pero tú eres otra cosa, remató.Nelson, que escuchaba embelesado sus palabras hizo una mueca, vaciló,volteó la cara y finalmente, no encontrándose en la conversación, se fue arellenar su vaso. Ulises me hizo algunas preguntas personales. Banalidades,prólogos cordiales para entrar en materia.Antes de responderle, me distrajo el sonido de los tacos de una tropa deseñoritas que hacía entrada. Se perdieron en el pasillo, alguno de ellos lascondujo. Y yo seguí conversando con él. O escuchándolo, porque tras labatería de preguntas y respuestas, el se explayó.

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