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José Pablo Feinmann - El verdugo de Narciso (Sartre)

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El verdugo de Narciso
Por José Pablo Feinmann
A partir de 1966, año en que aparece Las palabras y las cosas de Foucault, la izquierda francesa trata deseguir siendo “izquierda”, pero dejando de lado a Marx. No le faltaban razones: el bloque soviético caía, elstalinismo ideológico no había sido derrotado, los ideologemas soviéticos seguían siendo torpes, inasimilables,ya impresentables, y con todo esto se caía algo que acaso no debió darse por “caído”, pero así se decidióhacerlo: la filosofía de Marx. Es cierto que cada generación busca su originalidad creadora, y los francesesde los ‘60 estaban hartos de enmendar, emparchar, coser el edificio derruido del viejo marxismo. El fracasode la Escuela de Frankfurt fue notable en esto. El costo de haber girado el eje de la lucha de clases a larelación del hombre con la naturaleza los paralizó en un pastiche heideggeriano-marxista que llevó a textoscaóticos pero fuertes como Dialéctica del iluminismo o al colmo de la confusión en el más que endeble textode Adorno contra Heidegger, La jerga de la autenticidad.¿Cómo salir de Marx, de la caída del bloque soviético, de la dialéctica y de toda la parafernalia de ladogmática marxista? El camino (o un buen punto de partida) era leer de una buena vez la Crítica de larazón dialéctica de Sartre, pero esta (ardua) tarea la filosofía insiste en ahorrársela. Ahí, notablemente,Marx y Heidegger encontraban sus mayores y más ricos puntos de unión bajo la pluma desbordante deSartre. No sirvió. Todos se quedaron con una sola frase: “El marxismo es la única filosofía viva de nuestrotiempo porque aún no han sido superadas las condiciones que le dieron existencia”. (Qué cosa, cada día meparece más actual, aun en su exaltación dogmática.) Buscaron por otro lado. El “otro lado” fue Heidegger.Salgamos de Marx, tomemos a Heidegger y llevémoslo a la izquierda. Al cabo, Heidegger fue siempre untenaz crítico del tecnocapitalismo. El sujeto cartesiano inauguraba la modernidad, se ponía como subjectumde todos los entes y se dedicaba a dominarlos. Esto –que Heidegger lanza ya en Ser y Tiempo– lodesarrolla en sus cursos sobre Nietzsche de mediados a fines de los ‘30, lo radicaliza en su trabajada yriquísima noción de “evento” (texto que Dina Picotti acaba de realizar la hazaña de traducir al castellanopor primera vez) de casi comienzos de los ‘40 y en la fundamental Carta sobre el humanismo (1946,dedicada a su discípulo francés Jean Beaufret).Bien, agregándole algunos textos más (sobre todo “Identidad y diferencia”) tendríamos la base deconceptos suficientes para armar todo el pensamiento francés de Al- thusser, Foucault, Lacan, Deleuze,Derrida y los posmodernos, con quienes no nos tomaríamos ese trabajo. Los anteriores pensadores citadosson, en verdad, filósofos de alta relevancia. Lo fundamental del intento franco-heideggeriano es herir aNarciso. Tomo la expresión (como homenaje a mi querida maestra de Filosofía de los queridos años de lacalle Viamonte) del libro de Nelly Schnaith: Las heridas de Narciso.Se trataba de sacar al cogito de donde Descartes lo pusiera: en la centralidad. Lo hicieron. No puedomostrar aquí cómo lo hizo cada uno de ellos, pero todos lo hicieron con talento. De hecho, el célebre análisisque Foucault hace de Las meninas de Velázquez es ya un clásico de la genialidad filosófica. Hirieron demuerte a Narciso, salieron del sujeto, lo deconstruyeron, lo descentralizaron y unieron la “Carta sobre elhumanismo” (con su célebre fórmula sobre el lenguaje como morada del Ser) con el Curso de lingüísticageneral de Saussure. Lacan, desde aquí, lee a Freud y lo transforma en... Lacan. Todo bien. Todo hechocon gran talento. Sin embargo, ya en los ‘60 Masotta había dicho que le placía el sujeto lacaniano, pero quelamentaba la carencia en él de un compromiso con la historia y la lucha de clases como tenía el sujetosartreano. Ni hablar de la ausencia de historicidad a la que se llega en los derrideanos de las academiasnorteamericanas comandados por Paul De Man (que era antisemita como Heidegger había sido nazi, perono quiero meterme en esto; no es necesario aquí: sólo señalar que a los dos –a De Man y a Heidegger–Derrida los defendió sin mayor éxito).La cuestión es: ¿qué sujeto buscó descentrar la izquierda no marxista francesa? El sujeto cartesiano. Era elsujeto europeo. Ese sujeto (expresión del capitalismo de la técnica) debía ser descentrado. Era un sujetometafísico. Era el más puro logocentrismo. O fonocentrismo, acentuará Derrida. Ese sujeto logocéntrico,fonocéntrico, machista, instrumental, conquistador, iluminista, cargará con todas las culpas de la historia delOccidente capitalista hasta llegar a la máxima: Auschwitz.Bien, mi hipótesis es la siguiente: Sartre (a quien todos los “nuevos” quieren abandonar, a quien acusan de
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