TESTIMONIOS SELECTOS TOMO 5
Por ELENA G. DE WHITEExtendiendo los Triunfos de la Cruz - 1"EL QUE aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con éltodas las cosas?" (Rom. 8: 32.)Cuando este admirable e inapreciable don fue otorgado, todo el universo celestial fue profundamente conmovido enun esfuerzo por comprender el insondable amor de Dios, y por el anhelo de despertar en los corazones humanos unagratitud proporcionada al valor del don. ¿Podemos nosotros, por quienes Cristo murió, vacilar entre dos opiniones?¿Devolveremos a Dios sólo una parte ínfima de los talentos y fuerzas que nos ha prestado? ¿Cómo podremoshacerlo así sabiendo que él, que era el General de todo el cielo, dejó a un lado su manto y corona reales, yconociendo la impotencia de la raza caída, vino a este mundo, revestido de la naturaleza humana, para hacer posiblela unión de nuestra humanidad con su divinidad? Él se hizo pobre para que pudiésemos entrar en posesión de lostesoros celestiales, "un sobremanera alto y eterno peso de gloria." (2 Cor. 5: 17.) Por redimirnos, él descendió de unahumillación a otra, hasta que él, el divino-humano y paciente Cristo, fue levantado en la cruz, para atraer a sí a todoslos hombres. El Hijo de Dios no pudo demostrar mayor condescendencia; ni haberse rebajado más.Este es el misterio de la piedad, el misterio que ha inspirado a los agentes celestiales a ministrar mediante lahumanidad caída de tal manera que en este mundo se suscitara un intenso interés por el plan de salvación. Tal es elmisterio que movió al cielo entero a unirse a la humanidad para llevar adelante el gran plan de Dios para la salvaciónde un mundo perdido.10LA OBRA DE LA IGLESIAA los agentes humanos ha sido encomendada la obra de extender los triunfos de la cruz de un lugar a otro. Comocabeza de la iglesia, Cristo está llamando con autoridad a cada uno que profesa creer en él a seguir su ejemplo deabnegación y sacrificio, trabajando por la conversión de aquellos sobre quienes Satanás y su gran ejército estánejerciendo su poder para destruirlos. Los hijos de Dios están llamados a congregarse sin tardanza bajo la banderamanchada de sangre de Jesucristo. Ellos deben continuar incesantemente su lucha contra el enemigo, apresurando la batalla hasta las puertas mismas. Y cada nuevo recluta, añadido a las filas mediante la conversión, debe ocupar su puesto asignado. Cada cual debiera tener voluntad de ser o hacer cualquier cosa en este combate. Cuando losmiembros de la iglesia realicen esfuerzos fervientes para el adelanto del mensaje, ellos vivirán en el gozo del Señor y obtendrán éxito. El triunfo corona siempre el esfuerzo decidido.EL ESPÍRITU SANTO, NUESTRA EFICIENCIACristo, en su cargo de Mediador, da a sus siervos la presencia del Espíritu Santo. Es la eficiencia del Espíritu lo quehabilita a los agentes humanos para ser representantes del Redentor en la obra de salvar almas. A fin de poder unirnos a Cristo en esta obra, debemos colocarnos bajo la influencia modeladora de su Espíritu. Mediante el poder así impartido, podremos cooperar con él por los lazos de la unión como colaboradores suyos en la salvación de lasalmas. A cada cual que se ofrece al Señor para su servicio, sin reserva alguna, es dado poder para alcanzar resultadosinmensurables.El Señor está ligado por una promesa eterna de proveer poder y gracia a cada cual que es santificado por laobediencia a la verdad. Cristo, a quien es dado todo poder, así en el cielo como en la tierra, coopera con su simpatíacon sus agentes, -las almas sinceras 11 que día tras día participan del pan de vida, "que desciende del cielo." (Juan 6:50.) La iglesia de la tierra, unida a la iglesia del cielo, puede cumplir todas las cosas.EL PODER DADO A LOS APÓSTOLESEn el día de Pentecostés, el Infinito se reveló a su iglesia mediante su poder. Por su Espíritu Santo, él bajó de lasalturas del cielo como un fuerte e impetuoso viento que penetró en el aposento en que los discípulos estabanreunidos. Fue como si por siglos esta influencia hubiese sido retenida y el cielo se regocijase ahora de poder derramar sobre la iglesia las riquezas del poder del Espíritu. Bajo la influencia del Espíritu, las palabras de confesión
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