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esta clase de historias pero nadie quiere ser partícipe de ellas, y, mucho menosprotagonista. Me estaba refiriendo a mis compañeros de clase... ¡Pobres infelices! Perocreedme que no les reprocho nada. No se acaba ahí todo. También tenía que echar demente cuando no aparecía hasta bien entrada la madrugada por casa... ¡Me gustaba tantola calle y las
dudosas
compañías! Pienso que el mayor inconveniente era mi corta edad yla independencia de que gozaba en todos los sentidos. Mi inventiva siempre resultó, almenos con mi padre, hasta mis últimos años de Universidad en los que mi padre, hombredocto y versado en la literatura de su hijo, notaba ya ciertos matices de ciencia-ficción ensus relatos y dejó de creer plenamente en ellos, a pesar de que mi madre —santa mujer—viendo mi declive, lanzaba continuamente cables de salvación para rescatar a su adoradohijo. He de deciros que con mi madre nunca me sirvieron mis argucias ni mis engaños,tampoco es que tuviera que utilizarlos con ella; ella me animó en los peores momentos demi vida, me comprendía, sabía el porqué de mis increíbles historias (que todos creíanexcepto ella). Por la noche, tras la cena, nos reuníamos ella y yo, con la excusa de jugarnuestra partidita de cartas, y comentábamos lo que yo había contado ese día para salirairoso de alguna situación. Nunca le dijo nada a mi padre, lo mantuvo en secreto durantetodos esos años y pienso que todavía mantendrá el secreto. También yo mantenía unoreferente a ella: mi madre también tenía mucha imaginación y la había utilizado en casa,con su padre, pero no con su madre, con la que mantenía charlas respecto a su inventiva.Podéis observar que es cosa de familia. Más tarde hizo uso de ella en su propia casa, consu propio marido —mi padre—, el cual, a pesar de ser catedrático en la Universidad,nunca se percató de estas simpleces. Creo haberos dicho algo sobre mis estudios... sí...algo sobre mis últimos años de Universidad, pues bien. Soy licenciado en Filosofía yLetras, tras nueve años de duro esfuerzo. Como estaréis pensando,con cinco años queduraba esta carrera me hubiera bastado, pero no, yo necesité nueve años y la licenciaturafue el último favor de mi padre, ya que por esos días aún tenía poder e influencia en la
Monstruosidad
digo... Universidad. Gracias a esa licenciatura, a mi apellido y a esamaravillosa máquina, fruto del avance tecnológico, y regalo de mi madre, pudecolocarme en uno de los periódicos de la ciudad. Mi puesto de trabajo consistía en daruna valoración nada subjetiva (si algún caso subjetiva de otros) sobre las películas delcine en cartel de la semana. Con el tiempo y muchas sutilezas por mi parte, me dejaronintercalar opiniones verdaderamente personales sobre las películas en cuestión, pero durópoco tiempo la libre expresión pues se me transparentaban las ideas y eran duros tiempospara tales devaneos. Continué en el periódico pero en una sección diferente. Segúnpalabras textuales del director, fue como recompensa a mi buen comportamiento yobediencia. ¡Si lo hubiese oído mi padre!, aunque supongoque estaría al corriente pueseran íntimos amigos... De ahí os explicáis mi empleo, ¿no? Pues bien, la nueva secciónera la página literaria. Todavía recuerdo mi expresión de júbilo al oír de aquella sebosa yarrugada boca “La página literaria”. Tal fue mi emoción que no supe qué decir. ¡Con lafama de hablador que yo tenía! Automáticamente mi mente fue recorriendo a fugazvelocidad un sinfín de temas que de mis manos saldrían. De súbito, una lastimera (paramí) noticia salió de aquel ingente cuerpo: “Naturalmente tus relatos pasarán por eldepartamento de censura, aunque si eres buen chico, no te recortarán apenas nada. ¡Ah!Y cuida tu vocabulario y así no los obligarás a variar vocablos... Tú ya me entiendes,¿verdad?” “Sí, señor” me limité a contestar, y, para probarme a mí mismo que a pesar detodo, mi opinión también contaba, le propuse cambiar el nombre de la sección que apartir de ahora se llamaría “El rincón del escritor”, a lo cual no puso ninguna objeción,incluso le pareció una buena idea, y lo que no sabía era que aquel “Rincón del escritor”llevaba consigo unas connotaciones que tarde o temprano quedarían al descubierto.
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