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El Cuajuco

El Cuajuco

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Published by: Presa Rodrigo Gómez, "La Boca" on Nov 21, 2012
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11/21/2012

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Viernes 1 de Mayo de 1936
 
SOLIDARIDAD__________________________________________________________________________________________
EL CUAJUCO
Por el Lic. Santiago Roel
Gobernaba por segunda vez el Nuevo Reyno de León, como Justicia Mayor, el capitán donDiego Rodríguez, quien ya para entonces llevaba más de cuarenta de prestar en estas tierras susservicios al gobierno de la Península, en las cruentas y azarosas lides de pacificación de los indios yde su conversión a la fe cristiana.El viejo capitán antes en 1611 había sucedido en el mando, en su calidad de teniente degobernador, al hijo de aquel famoso y esforzado don Diego quien fundó y dio nombre a esta ilustreCiudad de Nuestra Señora de Monterrey; y quien, provisoriamente, en el año dicho, primero de sugobierno, dispuso que la población comenzara a edificar a uno y otro lado de los Ojos de Agua y sucañada, se pasara a la parte alta del Sur, pues una voraz avenida destruyó este año más de la mitadde las casas y jacales construid
os junto al “monte de nogales, morales y aguacatales”, centro
indicado por Montemayor para la ciudad fundada en 1596.Corría el año de 1624, último del gobierno de don Diego Rodríguez, y Monterrey eraentonces, con su pomposo título de Ciudad Metropolitana, una extensa ranchería habitada por cercade cuarenta mil indios y apenas cuarenta y siete pobladores hispanos, muchos de ellos con susfamilias, de los cuales once eran capitanes, dos alféreces y uno, sargento mayor. Todos,naturalmente, con luengas tierras labrantías y numerosas congregas o encomiendas. Sólo las deMontemayor, al morir , se componían de doscientas familias de indios huachichiles.
Se había ya fundado el Convento de San Francisco, con su iglesia, pila bautismal y “torre
fuerte con muy bu
enas campanas”, y un amplio cementerio para entierro de naturales, pues a los
españoles los inhumaban en la propia iglesia. A los cuatro vientos de la plaza mayor existían yanumerosas casas de recias paredes, y no pocos jacales de piedra y rama, habitaciones de losaudaces conquistadores iberos.El caudaloso río de las Palmas (hoy humilde y seco de Santa Catarina), con sus márgenesllenas de sabinos seculares, brindaba a los moradores de Nuestra Señora, pesca abundante ypródigos ancones, en donde la semilla mal sembrada producía venturosas cosechas.Años atrás se habían avecindado en la región numerosos indios huachichiles, de una tribunómada y poderosa que se extendía dese Saltillo hasta Zacatecas, quienes huyendo de laspersecuciones de Urdiñola, desde antes de la venida de D. Luis de Carbajal primer gobernador delNuevo Reyno, llegaron a estas tierras a convivir en sana paz con los borrados, aguaceros,malincheños y demás tribus que habitaban en los alrededores de lo que más tarde había de serNuestra Señora de Monterrey, y antes había sido ciudad de San Luis, o de la Cueva.Jefes o caciques de estos huachichiles fueron Napayán, Pinamoqui, Malaqui y Sao, endiversas épocas; y de los borrados, Alguarón, Piopi, Catara, Caguane, Peniguila, Popocan yTenaguana; pero el más célebre de todos ellos, quien llegó a ser cacique de ambas tribus, fue elCuajuco, indio huachichil alto, fornido, de feroz natural, inteligente y ladino como pocos y temidopor todos.Hablaba el dialecto de varias tribus, y es de suponerse que no desconocía el español, puespasaba por amigo de los conquistadores, y hasta llegó una vez a ser llevado a México y presentado
 
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al Virrey quien, en premio a su amistad le dio nombramiento de capitán y le hizo obsequio de variasprendas de vestir.Las principales actividades del Cuajuco consistían en expedicionar por las tierras vecinas,robando indios pequeños para traerlos a vender a Monterrey en donde tenían fácil y lucrativademanda.Los españoles hacían otro tanto, aunque el precio de aquella carne era económico, laabundancia de mercancía constituía excelente negocio. Debe el Cuajuco haber aprendido de losconquistadores esta industria, pues en estos, más que comercio, semejantes actos de crueldadconstituían una prueba de valor, y no se tenía por hombre al que no sabía practicarla.Pero llegó un día en que el Cuajuco, molesto por la competencia de los blancos, determinóacabar con ellos, y convocando a sus tribus cayó en son de guerra sobre Monterrey, el ocho defebrero de 1624, a las primeras horas de la mañana, asaetando a sus defensores con arco y flecha.La plaza asaltada se defendió valientemente, y hasta los religiosos del Convento de San Franciscotomaron parte en la refriega. En la lucha fueron heridos y quedaron muertos numerosos indiosatacantes, y de de parte de los sitiados resultaron con graves lesiones los capitanes AntonioRodríguez y Gonzalo Fernández de Castro, así como Juan Pérez de Lerma y Pedro Rangel. Lavictoria se decidió al final por los españoles, pocas horas después de empezada la pelea; pero elCuajuco y su segundo, el Colmillo, con sus gentes, alcanzaron a llevarse todas las yeguas, caballos,vacas y cabras que lograron atrapar.Nunca pudieron dar alcance al Cuajuco las fuerzas destacadas en su persecución al mandodel capitán Hernando de la Concha, y durante mucho tiempo la rebelión de los nativos se sostuvo,teniendo en constante alarma e inquietud a los pobladores de Monterrey.Los castigos impuestos fueron, sin embargo crueles e inhumanos, como se acostumbraba enaquellos remotos tiempos de aventura y de conquista; y las culpas del Cuajuco y del Colmillo laspagaron con su vida todos los indios que los soldados del Reyno encontraban por los caminos,quienes eran cazados a certeros tiros de arcabuz.El Cuajuco continuó sus correrías y fue su campo predilecto el cañón que forman el Cerrode la Silla y la Sierra Madre, que desde entonces se llamó el cañón del Cuajuco, (más tarde deGuajuco); muchos años después campo de Caballo Blanco, y hoy pacífico lugar de recreo ydistracción de los regiomontanos, quienes domingo a domingo lo recorren por la carreteranacional, muy seguros de que no habrán de ser víctimas de las silbantes flechas de aquellos feroceshuachichiles.Y el Cuajuco, temido por todos, acostumbrado ya a aquella vida de salteador y ladrón deinfantes, y ensoberbecido por el terror que inspiraba en todas partes, siguió en su inhumana tarea,sacando por la fuerza, se sus hogares a niños de ambos sexos, a quienes amarrados en collera,conducía a sus dominios para venderlos.Y así, un día llegó a un rancho situado a la orilla del río Potosí, llamado en aquel tiempotambién del Pilar Chico, sin más compañía que la de un hijo suyo y a un indio huachichil de toda suconfianza. Era a fines de 1625. Pernoctó en el lugar y el siguiente día, muy temprano, continuó sucamino, haciendo saber a los indios moradores de la ranchería que pronto habría de regresar con sufácil y humana presa.
“Estaban ya todos los indios tan hartos de él
- refiere el historiador D. Alonso de León - tanofendidos y deseoso de vengarse, que les fue forzoso, viendo sus tiranías, poner en efecto lo quemuchas veces habían en pláticas propuesto; hicieron llamamientos de muchas naciones al instante
que salió…
Juntáronse muchos. Viéronle una tarde venir con una gran presa, y ellos que tanalentados se mostraban antes, ya la sangre se les hiela en las venas, ya el temor se apodera de suscorazones, ya el miedo les ocupa las potencias, de tal manera que si fuera una bandada de pollosante el milano o una manada de ovejas en presencia del lobo; quedaron yertos e inmóviles, que niaún los alientos para mirarle a la cara tenían; tal era su vil ánimo. Apeóse, puso su presa en orden, yfue servido, como otras veces lo había sido: no extrañó ver tanta gente junta, porque jamás creía lo

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