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Los Atenienses

Los Atenienses

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Denes Martos
LOS ATENIENSES
Un viaje al país de la democracia.Pero tengan cuidado al embarcarse.El viaje termina en la muerte y en lo que hay más allá.
La Editorial Virtual.Primera edición - Buenos Aires - Marzo 2004
I
 
INDICE
 
Esperando a CaronteLa Ciudad, el País y sus HabitantesHistoria a Vuelo de PájaroEl Sistema y sus HombresCrónica de un Condenado a MuertePerdónalos, Señor. No saben lo quehacenEl Barco y las lágrimas de un verdugo
.
Que nos amen quienes nos amany a quienes no nos amanque Dios les dé vuelta el corazón,y si no consigue darles vuelta el corazón,que les dé vuelta la lengua para que los reconozcamos por su tartamudeo.(Antiguo dicho irlandés)
II
 
Esperando a Caronte. La Cárcel
En la semipenumbra de la cárcel, el anciano estaba sentado sobre sulecho y conversaba amigablemente con las personas reunidas a sualrededor.Un observador externo, ajeno a los acontecimientos de algunos díasatrás, no hubiera podido ni imaginar que el anciano estaba, en realidad,condenado a muerte y esperando la ejecución de la sentencia. Susgestos eran sobrios, tranquilos. Su rostro estaba sereno y sonreía confrecuencia mientras hablaba. En sus ojos muchas veces aparecía unapequeña chispa de luz, mezcla de picardía, sabiduría y entusiasmo anteuna nueva idea o ante aln giro especialmente brillante de laconversación. Por el talante y el humor general de las personas reunidasmás parecía que los condenados a muerte eran quienes lo rodeaban. Eldesprevenido observador externo muy probablemente hubieraterminado suponiendo que era el anciano el que estaba entreteniendo yconsolando a un grupo de conjurados a punto de ser ajusticiados.Pero no era así. El anciano se llamaba Sócrates y había sido condenadoa muerte bajo los cargos de apostasía y corrupción. Cargos muy gravesen ese momento, porque la escena que acabamos de describir sedesarrolló hace más de 2.400 años atrás en Atenas, Grecia.
Los discípulos
Si bien estaba rodeado por muchos amigos, el grupo reunido a sualrededor no era sino una ínfima minoría. Quinientas personas lo habían juzgado y, de ellas, 280 lo habían encontrado culpable. Después, 360estuvieron de acuerdo en condenarlo a muerte. Todo lo que le habíaquedado al anciano era ese pequeño grupo de quince o veinte amigos ydiscípulos que pugnaban por ocultar sus grimas y la ira de suimpotencia. Pero, aunque la escena no lo preanunciaba, los discípulos seencargarían de levantar la antorcha que el anciano dejaría caer al moriry uno de ellos en especial - curiosamente el único que no pudo estar asu lado en los últimos momentos - la seguiría llevando y la transportaríaa tales alturas que, al final, las ideas del condenado terminaríaniluminando para siempre a todo el pensamiento de Occidente.
III

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