101100
quizá percibía que su amo estaba contento y cuandoel amo estaba contento la carne siempre era de buenacalidad. Graznó de nuevo. El chirriante sonido seperdió en algún lugar del manzanal.El molinero oyó los estridentes berridos del cuer-vo, definitivamente algo había en la noche que noestaba en su lugar. Fuera lo que fuese, no erabueno, lo presentía, el vello de la nuca se le erizópor culpa de un escalofrío. Escuchó atento y avanzómuy despacio.El cuervo miraba sin entender, con sus ojos deturmalina fijos en la sonrisa deformada de su amo. Atento.Un hueco entre las nubes brindó algo de claridada la noche. Alguna bestia correteó por el bosque, se oyeronsus pisadas en la nieve.El montón de tierra recién removida comenzaba aabsorber el agua de los copos, convirtiéndose enpastoso y sucio lodo. Como el estandarte olvidadotras la sangre de la batalla una barra de hierrooxidado había sido clavada en el montículo, era unade esas herramientas de carpintero, uno de losextremos servía de palanca, el otro, bifurcado, comola lengua de los reptiles, era de uso para arrancarclavos por la plana cabeza. Al lado, una pala des-gastada y herrumbrosa intentaba decidirse entre des-plomarse o no, a medio enterrar la parte metálica,el poco peso de la tierra sobre ella parecía dudarentre ser o no suficiente como para contrabalancearla masa del pulido mango de madera de roble.De bruces, el torso en el interior del ataúd, elabdomen apoyado en uno de los fondos, rasgándose lapiel con la áspera madera, las piernas abiertas col-gando, los dedos de los pies golpeteando el barro asepulturas, las cruces de piedra, las modestas lápi-das, los recargados jarroncillos para las flores.Entre esas sombras una discontinuidad, una morteci-na luz esparcida con desgana por una pequeña lámpa-ra de carburo que dormitaba apoyada en la tenue capade nieve que cubría levemente la tapia de piedra deuna de las escasas tumbas en las que el dinero habíasido suficiente como para esconder el lugar de des-canso eterno del ser querido. Sobre la cruz, uno delos cuervos que gustaban de frecuentar el cemente-rio ejercía de noctámbulo, sus plumas negras comouna profunda sima, destellaban a la fría luz de lalamparilla. En uno de esos gestos eléctricos tan delos pájaros escondió su pico, que tanta carne pútri-da había desgarrado, bajo la siniestra de sus alas,buscando, sin duda, acabar con uno de los incómodosparásitos zancudos que se alimentaban de la sangreque corría por las venas a flor de piel del inmun-do ave. Debió conseguirlo porque alzando la cabezaorgulloso graznó alborotando la noche.Era el mismo pájaro que había asistido con desga-na al entierro de la tarde. Era el cuervo de Calero,el enterrador. El año anterior mientras expoliabalos nidos para hincharse con huevos frescos encon-tró al polluelo sólo y se quedó con él. Lo había cui-dado con toda la atención de la que un idiota seme-jante era capaz, en el éxito de la educación de laemplumada bestia también había influido la experien-cia, los tres anteriores se le habían muerto, uno dehambre, el otro de sed y al último se lo llevó pordelante de un pisotón una noche que se emborrachó.Calero quería a su modo a aquel cuervo, aquelbicho era su amigo, y era su secreto, nadie losabía, y los secretos le gustaban mucho a Calero,tenía tantos… y tan sólo los compartía con su mas-cota carroñera. El cuervo, Moro, para Calero, debíade intuir lo especial de aquella noche de nevada,
Los lobos del centeno 3/11/08 23:14 Página 100
Add a Comment
Miguel Justo Central LIbreraleft a comment