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El molinero caminó sin rumbo o destino, vagó pordonde sus piernas quisieron guiarlo, y la noche deinvierno llegó para acompañarle en su luto, denigrán-dolo, humillándolo, haciendo que fuese consciente delas esperanzas que había perdido. En su interior algose había quebrado y la amarga certeza de que nadapodía hacer para remediarlo lo hundía en un tortuo-so purgatorio en vida. Quiso aliviar su pena acudien-do a los buenos recuerdos, a los más bellos momentosque su memoria almacenaba, pero, no sirvió más quepara entristecerlo aún más, cada llamada al pasadoen busca de la suavidad de una caricia, la bondad deun gesto o el ánimo de una frase halagadora loenfrentaba ante un futuro vacío y yermo que anegabade aguas putrefactas lo más hondo de su alma.No tenía a donde ir, y de haberlo tenido nisiquiera sabía si hubiese querido dirigirse haciatal sitio. Quizá por eso, aun sin ser plenamenteconsciente de lo que hacía, acabó encontrándose enel puente de piedra aguas abajo de la aceña. El ríobajaba poderoso, rugiendo en los rápidos, el aguatomada un tanto por la nieves. Y, en el rumor de lacorriente quiso el molinero escuchar el llanto delamigo por sus calamidades.Se sentía como la liebre a la que el lobo acorra-la en el zarzal, sin peligro presente, pero, sinsalida alguna, condenado.La noche era fría, gélida. El molinero sentado ender que podía proceder a tapar el agujero, éste trasel tiempo prudencial que necesitó para entender exac-tamente qué le habían querido indicar, se acercófinalmente hasta la tumba y comenzó a palear la tie-rra empapada y oscura del montón adyacente, sin con-siderar en ningún momento si su sencillo trabajopodía molestar o no al hombre que, con el rostro com-pungido, observaba como su vida se escondía entre losterrones sueltos que caían sobre el humilde ataúd.El molinero tardó en reaccionar, pero, tras un momen-to se caló la boina húmeda y echó a andar sin decirnada, sus andares, ese caminar cansino de los vaga-bundos que saben que nada ni nadie los espera.La nieve seguía cayendo, el atardecer era yapleno, y el mismo cuervo volvió a graznar, frustra-do quizá al comprender que aquel cadáver quedaba yafuera de su alcance bajo las paladas de tierra delenterrador. Camino a la sacristía el padreBernardino se volvió para ver marchar al molinero,los hombros encogidos en el traje oscuro cubierto demanchas de barro, cada paso en un mundo distinto, lacabeza gacha, perdida la mirada en los copos denieve que se fundían en el suelo.El enterrador continuaba con su trabajo, los res-tos revueltos de su cerebro no le permitían seguircompás alguno. Estaba empapado y aunque le costabacomprender la noción del tiempo sabía, a su manera,que aún le quedaba mucho para poder terminar. Lamejilla le dolía, y las manos aunque callosas comen-zaban a resentirse, sin embargo, sonreía.Era una sonrisa macabra, como la cicatriz que elácido derramado hubiese dejado sobre el rostro de unniño.
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se culpaba con una seguridad ácida que le ulcerabalas entrañas.El regreso fue una maldición descarnada, poner unpie delante del otro era una tarea titánica y sóloel estúpido convencimiento de que pasar un rato allado de la tierra recién removida de la tumba deCarmen le haría encontrarse mejor lo animó a conti-nuar. Estaba cansado, todos sus músculos se agarro-taban, su cuerpo quería rendirse a la hipotermia,los labios azules y cianóticos se cuarteaban y acada metro un trozo de su alma se quedaba en elintento. Pero, tenía el convencimiento de que nohabía nada más que pudiese hacer, sonámbulo en lafría oscuridad de la nevada noche de invierno al finllegó hasta el manzanal donde de chiquillo le gus-taba rondar en las tardes plácidas de verano pararobar un par de manzanas a espaldas del predecesorde Bernardino.Deambulaba por entre los árboles desnudos, per-diendo el rumbo a menudo, como un pesado galeón conel timón mordido en la galerna del ochenta y siete.Un lobo aulló en los altos y sin motivo aparente elmolinero se asustó, se detuvo. El viento hilabagemidos de falsa agonía, las sombras se movían des-pacio con las perezosas nubes que continuabanlibrándose de su carga helada. Como todas las nochesde los bosques era una noche hipócrita, todo pare-cía quietud, pero, si uno prestaba atención losoídos se le llenaban de los infinitos murmullos delbosque. Algo no estaba bien, no supo el qué, pero,fuera lo que fuese, algo andaba mal, la monotoníadel bosque estaba rota, las cosas no sonaban comodebían. Camuflado por entre los arrullos del vientoen las ramas se oían gemidos ahogados.Los muertos se lamentaban, algo los incomodaba.La escasa claridad arrancaba largas sombras a lasel puente, con los pies colgando sobre el agua, tem-blaba, no se daba cuenta, pero temblaba. Buscó supetaca, a punto estuvo de que se le cayera. Las tré-mulas manos del molinero rompieron un par antes deacertar a sacar un papel del librillo, lo dejó col-gando de los labios, cogió otro, estaba atontado.Media petaca se vació sobre el río, la otra mediapor sus manos y más por suerte que por acierto sobreel papelillo quedaron suficientes virutas de tabacocomo para liar un cigarrillo. Los dedos, torpes y amedio congelar, quisieron revolverse para enrollarel papel sobre las hojas secas, no salió bien, sólouna parte se quedó en el arrugado cilindro. Lascerillas estaban empapadas por lo que prender aqueladefesio fue imposible, tras dos intentos fallidosse lo arrancó de los labios, con rabia, llevándosede paso el otro papelillo que aún pendía de su boca.La frustración lo condujo a la histeria, lloró denuevo, lloró porque ya nada más podía hacer. Elllanto inútil que llama ansioso a la desesperación,última voluntad del reo.Los hombres, cuando se enfrentan al infortunio sona menudo tan estúpidos como para dejarse hundir porcualquier otro desafortunado hecho. Como la gota quecolma el vaso haciendo que se derrame. Así fue comoel molinero se quebró esa noche sobre el puente depiedra aguas abajo del molino.De las lágrimas que cayeron no supo el número,pero, cuando él mismo se hartó de su propio llantodecidió volver al cementerio y visitar la reciénestrenada tumba de su esposa. Se sintió incompren-siblemente culpable, ella se pudría y él respiraba.Se preguntó mil veces si acaso no podía haberlo evi-tado y mil veces se maldijo por no haber sabido cui-darla. Se había muerto poco a poco, consumiéndoseante sus ojos, y nada pudo hacer para cambiar eldestino de la mujer que amaba, se culpaba por ello,
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quizá percibía que su amo estaba contento y cuandoel amo estaba contento la carne siempre era de buenacalidad. Graznó de nuevo. El chirriante sonido seperdió en algún lugar del manzanal.El molinero oyó los estridentes berridos del cuer-vo, definitivamente algo había en la noche que noestaba en su lugar. Fuera lo que fuese, no erabueno, lo presentía, el vello de la nuca se le erizópor culpa de un escalofrío. Escuchó atento y avanzómuy despacio.El cuervo miraba sin entender, con sus ojos deturmalina fijos en la sonrisa deformada de su amo. Atento.Un hueco entre las nubes brindó algo de claridada la noche. Alguna bestia correteó por el bosque, se oyeronsus pisadas en la nieve.El montón de tierra recién removida comenzaba aabsorber el agua de los copos, convirtiéndose enpastoso y sucio lodo. Como el estandarte olvidadotras la sangre de la batalla una barra de hierrooxidado había sido clavada en el montículo, era unade esas herramientas de carpintero, uno de losextremos servía de palanca, el otro, bifurcado, comola lengua de los reptiles, era de uso para arrancarclavos por la plana cabeza. Al lado, una pala des-gastada y herrumbrosa intentaba decidirse entre des-plomarse o no, a medio enterrar la parte metálica,el poco peso de la tierra sobre ella parecía dudarentre ser o no suficiente como para contrabalancearla masa del pulido mango de madera de roble.De bruces, el torso en el interior del ataúd, elabdomen apoyado en uno de los fondos, rasgándose lapiel con la áspera madera, las piernas abiertas col-gando, los dedos de los pies golpeteando el barro asepulturas, las cruces de piedra, las modestas lápi-das, los recargados jarroncillos para las flores.Entre esas sombras una discontinuidad, una morteci-na luz esparcida con desgana por una pequeña lámpa-ra de carburo que dormitaba apoyada en la tenue capade nieve que cubría levemente la tapia de piedra deuna de las escasas tumbas en las que el dinero habíasido suficiente como para esconder el lugar de des-canso eterno del ser querido. Sobre la cruz, uno delos cuervos que gustaban de frecuentar el cemente-rio ejercía de noctámbulo, sus plumas negras comouna profunda sima, destellaban a la fría luz de lalamparilla. En uno de esos gestos eléctricos tan delos pájaros escondió su pico, que tanta carne pútri-da había desgarrado, bajo la siniestra de sus alas,buscando, sin duda, acabar con uno de los incómodosparásitos zancudos que se alimentaban de la sangreque corría por las venas a flor de piel del inmun-do ave. Debió conseguirlo porque alzando la cabezaorgulloso graznó alborotando la noche.Era el mismo pájaro que había asistido con desga-na al entierro de la tarde. Era el cuervo de Calero,el enterrador. El año anterior mientras expoliabalos nidos para hincharse con huevos frescos encon-tró al polluelo sólo y se quedó con él. Lo había cui-dado con toda la atención de la que un idiota seme-jante era capaz, en el éxito de la educación de laemplumada bestia también había influido la experien-cia, los tres anteriores se le habían muerto, uno dehambre, el otro de sed y al último se lo llevó pordelante de un pisotón una noche que se emborrachó.Calero quería a su modo a aquel cuervo, aquelbicho era su amigo, y era su secreto, nadie losabía, y los secretos le gustaban mucho a Calero,tenía tantos… y tan sólo los compartía con su mas-cota carroñera. El cuervo, Moro, para Calero, debíade intuir lo especial de aquella noche de nevada,
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Miguel Justo Central LIbreraleft a comment

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