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HERIDAS QUE HERIDAS QUE HERIDAS QUE HERIDAS QUE BENDICEN BENDICEN BENDICEN BENDICEN 
Ric Ric Ric Ricar ar ar ard ddo oo ChigneChigneChigneChigne C.C.C.C.
En un día caluroso de verano en el sur de la Florida un niño decidió ir anadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, setiró en el agua y nadaba feliz. No se daba cuenta de que un cocodrilo se leacercaba. Su mamá desde la casa miraba por la ventana, y vio con horror loque sucedía. Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte quepodía.Oyéndole, el niño se alarmó y miró nadando hacia su mamá. Pero fuedemasiado tarde. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos justo cuando el caimán le agarraba sus piernitas. La mujer jalabadeterminada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte,pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no la abandonaba. Unseñor que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola ymató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante,aún pudo llegar a caminar.Cuando salió del trauma, un periodista le preguntó al niño si le queríaenseñar las cicatrices de sus pies. El niño levantó la colcha y se las mostró.Pero entonces, con gran orgullo se remango las mangas y señalando hacia,las cicatrices en sus brazos le dijo:"Pero las que usted debe ver son estas".Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado confuerza. "Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida".
Introducción
¿Es posible realmente ser bendecidos por Dios a través de lasdolorosas heridas del sufrimiento? La anécdota narrada arriba nos permitepensar que no solo una madre amorosa y dispuesta a dar su propia vida afavor de su hijo, hacen posible vivir la experiencia de la bendición que Diospuede traer a aquellos que le aman. El apóstol Pablo decía “Y
 
sabemos que alos que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los queconforme a su propósito son llamados.” (Romanos 8:28).Con todo, no es fácil plantear el problema del sufrimiento cuando estepareciera que no termina de concretarse en la ansiada
bendición 
sino masbien en una constante de dolor y tristeza. Por ello es necesario plantearnosalgunas reflexiones que nos ayuden a tener una mejor perspectiva de lo quepodemos esperar del sufrimiento. Mas que nunca, hoy, existen voces quepregonan opciones teológicas extremas desde las que
glorifican 
elsufrimiento como ejercicio redentor hasta aquellos que niegan, satanizan yrechazan el sufrimiento y se avocan a una irreductible aceptación de unafelicidad y prosperidad constantes en la vida.Sin embargo, el sufrimiento es una parte esencial e ineludible de laexperiencia cristiana. Tarde o temprano, el creyente se encontrará noliberado del sufrimiento, sino más bien, por el contrario, inmerso en él. Y amenos que tenga un concepto muy claro del tema y del propósito de Dios enel sufrimiento, el barco de su fe corre un serio peligro de naufragio. Parapoder enfocar el tema correctamente, necesitamos profundizar en la
 
enseñanza de la Palabra de Dios acerca del sufrimiento en la vida delcreyente y la puesta a prueba de la fe. Este bosquejo no pretende en ningunamanera agotar ni en mucho, el problema del sufrimiento de los cristianos,pero al menos plantear algunos criterios que nos ayuden a afirmar el por quede nuestra fe.
 Problema difícil de Explicar
Nunca ha sido fácil plantear el tema del sufrimiento y susexplicaciones, menos aun, sostener que hay heridas que lejos de dañarnos odestruirnos, traen bendición para nosotros o los que nos rodean.José el patriarca, después de haber sufrido la amarga experiencia delmaltrato de su propia familia, del dolor y humillación de gente que lo acusófalsamente, en fin, de ser integro en sus acciones, vio en la madurez y finalde su vida el panorama total; va a decirles a aquellos que en vez de amarlo lodespreciaron: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó abien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.”(Génesis 50:20).La existencia del mal y del sufrimiento en nuestro mundo plantea másque un problema meramente filosófico o apologético. Plantea también unproblema religioso y emocional muy personal para la persona que estásoportando una gran prueba. Si bien nuestra experiencia dolorosa puede nodesafiar nuestra creencia en que Dios existe, lo que puede estar en riesgo esnuestra confianza en un Dios que podamos alabar y amar libremente y encuyo amor podamos sentirnos seguros.Podemos hacer mucho daño cuando tratamos de ayudar a unhermano o hermana que está sufriendo, tratando solamente con los aspectosintelectuales de este problema, o cuando buscamos solaz para nosotros deesta forma. Mucho más importante que las respuestas acerca de lanaturaleza de Dios es una revelación del amor de Dios - aun en medio de laprueba. Y, como hijos de Dios, no tiene la misma importancia lo que decimosacerca de Dios como lo que hacemos para manifestar su amor.
Las Fronteras del Dolor y el PecadoPrimero
, es evidente a partir de las Escrituras que cuando sufrimos noes antinatural experimentar el dolor emocional, ni es poco espiritualexpresarlo. Es de destacarse, por ejemplo, que hay prácticamente la mismacantidad de salmos de lamentación como salmos de alabanza yagradecimiento, y estos dos sentimientos se encuentran mezclados enmuchos lugares (cf. Salmos 13:88). Por cierto, el salmista nos alienta a"derramar nuestros corazones ante Dios" (Salmo 62:8). Y, cuando lohacemos, podemos estar seguros que Dios entiende nuestro dolor. Jesúsmismo sintió agudamente el lado doloroso de la vida.Cuando Juan el Bautista fue decapitado se dice que "se retiró a unlugar desierto y apartado" obviamente acongojado por su pérdida (Mateo14:13). Y cuando murió su amigo Lázaro, se registra que Jesús lloróabiertamente ante su tumba (Juan 11:35). Aun cuando estaba comprometidoa seguir la voluntad de su Padre hasta la cruz, confesó estar lleno de tristezaen el alma al contemplarla (Mateo 26:38). Con razón Jesús fue llamado
 
"varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53:3); y nosotrosseguimos en sus pasos cuando reconocemos sinceramente nuestro propiodolor.Cruzamos la raya, sin embargo, de la pena al pecado cuandopermitimos que nuestra congoja apague nuestra fe en Dios, o cuandoseguimos el consejo que le ofreció la esposa a Job cuando le dijo que"maldijera a Dios y se muriera" (Job 2:9b).En
segundo
lugar, cuando sufrimos deberíamos obtener algunaconsolación de la reflexión sobre las Escrituras que nos aseguran que Diosconoce y se preocupa por nuestra situación, y promete estar con nosotrospara consolarnos y sostenernos. El salmista nos dice que "cercano estáJehová a los quebrantados de corazón" (Salmo 34:18), y que cuandoandemos por "el valle de sombra de muerte" es cuando su presencia nos esprometida en forma especial (Salmo 23:4). Hablando a través de su profeta,Isaías, el Señor dijo, "¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar decompadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca meolvidaré de ti" (Isaías 49:15). ¡Él se ocupa más de nosotros que una mujerque está amamantando a su hijo! Es de Aquél que conocemos como el"Padre de misericordias y Dios de toda consolación" que habla Pedro cuandonos invita a echar nuestra ansiedad sobre Él, "porque Él tiene cuidado denosotros" (1 Pedro 5:7). ¡Nuestros cuidados son su preocupación personal!Odiamos el dolor, especialmente cuando aflige a aquellos queamamos. Sin embargo, sin él, los enfermos no irían al médico, los cuerposcansados no descansarían, los criminales no temerían a la ley, y los niños sereirían de la corrección.Sin la acusación de la conciencia, la insatisfacción diaria delaburrimiento o el anhelo vacío de significación, los seres humanos, quefueron creados para encontrar satisfacción en un Padre eterno, seconformarían con mucho menos.El ejemplo de Salomón, atraído por el placer y enseñado por su dolor,nos muestra que hasta los más sabios entre nosotros tendemos a alejarnosdel bien y de Dios hasta que nos detenemos frente al dolor que causannuestras malas decisiones (Eclesiastés 1-12; Salmo 78:34,35; Romanos3:10-18).
Miedo ante el sufrimiento.
 
Si alguien, de quien se pudiera suponer que sufre menos que otros,hablase sobre el sufrimiento, se le podría objetar: «para ti es fácil hablar;deberías antes pasar por una situación de verdadero sufrimiento: se teacabaría entonces el discurso». Pero ésta no es tampoco una réplicarazonable, pues si yo sufriera de manera extrema por un instante, meencontraría entonces, de hecho, en una situación en la que nada podría decirsobre el sentido del sufrimiento.
 
Con todo, cuando hablamos del sufrimiento no lo hacemosnecesariamente como un ciego pudiera hablar del color. Es decir, no haylímites exactos entre sufrir y no sufrir; y no los hay, porque
al hombre 
-como
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hello bueno solo decirte ke este material esta muy bien si me permitis usarlo para beneficios de otros te lo agradeceria.

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