"varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53:3); y nosotrosseguimos en sus pasos cuando reconocemos sinceramente nuestro propiodolor.Cruzamos la raya, sin embargo, de la pena al pecado cuandopermitimos que nuestra congoja apague nuestra fe en Dios, o cuandoseguimos el consejo que le ofreció la esposa a Job cuando le dijo que"maldijera a Dios y se muriera" (Job 2:9b).En
segundo
lugar, cuando sufrimos deberíamos obtener algunaconsolación de la reflexión sobre las Escrituras que nos aseguran que Diosconoce y se preocupa por nuestra situación, y promete estar con nosotrospara consolarnos y sostenernos. El salmista nos dice que "cercano estáJehová a los quebrantados de corazón" (Salmo 34:18), y que cuandoandemos por "el valle de sombra de muerte" es cuando su presencia nos esprometida en forma especial (Salmo 23:4). Hablando a través de su profeta,Isaías, el Señor dijo, "¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar decompadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca meolvidaré de ti" (Isaías 49:15). ¡Él se ocupa más de nosotros que una mujerque está amamantando a su hijo! Es de Aquél que conocemos como el"Padre de misericordias y Dios de toda consolación" que habla Pedro cuandonos invita a echar nuestra ansiedad sobre Él, "porque Él tiene cuidado denosotros" (1 Pedro 5:7). ¡Nuestros cuidados son su preocupación personal!Odiamos el dolor, especialmente cuando aflige a aquellos queamamos. Sin embargo, sin él, los enfermos no irían al médico, los cuerposcansados no descansarían, los criminales no temerían a la ley, y los niños sereirían de la corrección.Sin la acusación de la conciencia, la insatisfacción diaria delaburrimiento o el anhelo vacío de significación, los seres humanos, quefueron creados para encontrar satisfacción en un Padre eterno, seconformarían con mucho menos.El ejemplo de Salomón, atraído por el placer y enseñado por su dolor,nos muestra que hasta los más sabios entre nosotros tendemos a alejarnosdel bien y de Dios hasta que nos detenemos frente al dolor que causannuestras malas decisiones (Eclesiastés 1-12; Salmo 78:34,35; Romanos3:10-18).
Miedo ante el sufrimiento.
Si alguien, de quien se pudiera suponer que sufre menos que otros,hablase sobre el sufrimiento, se le podría objetar: «para ti es fácil hablar;deberías antes pasar por una situación de verdadero sufrimiento: se teacabaría entonces el discurso». Pero ésta no es tampoco una réplicarazonable, pues si yo sufriera de manera extrema por un instante, meencontraría entonces, de hecho, en una situación en la que nada podría decirsobre el sentido del sufrimiento.
Con todo, cuando hablamos del sufrimiento no lo hacemosnecesariamente como un ciego pudiera hablar del color. Es decir, no haylímites exactos entre sufrir y no sufrir; y no los hay, porque
al hombre
-como
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hello bueno solo decirte ke este material esta muy bien si me permitis usarlo para beneficios de otros te lo agradeceria.
Adelante..!!