El campo de la prevención de las drogodependencias ha avanzado mucho en conocimientos y experiencias en lasúltimas décadas. Por ello, disponemos en la actualidad no sólo de esos conocimientos acerca de la etiología de losconsumos de drogas y de las bases teóricas que los sustentan, sino también de programas para conseguir que los ado-lescentes no se inicien en el consumo de drogas, retrasen la edad de inicio o consuman de un modo menos peligro-so. En Andalucía, estos avances han sido especialmente notables porque se han concentrado en un período de tiem-po sorprendentemente corto. Pero la indudable evolución impulsada por nuestra comunidad autónoma en el campoasistencial no había tenido su correspondencia en el ámbito de la prevención. Es verdad que, desde mucho más atrás,se disponía de un estimable número de programas aplicados en diferentes contextos (escolar y comunitario, funda-mentalmente), e incluso que algunos de ellos poseían una dilatada trayectoria y un adecuado desarrollo técnico queincluía elaborados procesos de evaluación. Pero no es menos cierto que estos programas respondían a ciclos que eranfruto de iniciativas institucionales o sociales concretas, en ocasiones muy limitadas en el tiempo, por lo que carecíandel marco y las condiciones necesarias para hacer viable la generalización de las políticas de prevención.
Sin embargo, tal y como también reconoce la Estrategia Nacional, el gran reto en los próximos años no es otro quela generalización de los programas preventivos. Porque, a pesar del incuestionable avance de la extensión de éstosdurante los últimos años, nos encontramos muy lejos de lo que sería una oferta universal a la población escolar y en unestadio muy embrionario si, trascendiendo la comunidad escolar, tenemos en cuenta otros ámbitos tan destacados comola familia o la población laboral. No debemos olvidar la importancia de un aspecto tan decisivo como el nivel de forma-ción y capacitación específica de los profesionales y voluntarios que trabajan en este ámbito. De hecho, la mayoría delos profesionales que trabajan en prevención no han recibido una formación específica sobre esta materia en sus corres-pondientes disciplinas académicas, por lo que han tenido que ir adaptándose a las circunstancias recurriendo a unaactualización de carácter prácticamente autodidacta. De modo similar, entre los voluntarios existe en términos genera-les más disposición y buena voluntad que capacitación adecuada sobre la materia. En este sentido, tenemos la sensa-ción de que existe un divorcio entre los avances que se han producido en el área de la investigación, tal como han plas-mado en documentos distintas instituciones, y el gran colectivo de ejecutores o potenciales ejecutores de los programas.Esto supondría que no estamos siendo capaces de trasladar el alto grado de conocimientos de que efectivamente dispo-ne la ciencia preventiva, algunas instituciones competentes y determinados grupos muy restringidos de expertos a losprofesionales y voluntarios que trabajan directamente con las organizaciones y las comunidades. Y, si revisamos losdiversos déficits existentes, los que se perciben como más habituales cuando se analizan los proyectos aplicados son losde carácter metodológico. Parecería que se comparten los grandes principios y los conceptos más gruesos relacionadoscon la prevención, pero que hay una dificultad para concretarlos en la aplicación real de los programas.
La experiencia de estos años nos ha enseñado también que las actuaciones en solitario y voluntaristas tienen unalcance muy limitado. Por ello nos hemos propuesto, para abordar los problemas asociados al consumo de drogas,desarrollar la vertiente social de las APAs y aunar nuestros esfuerzos con los de otras instancias públicas y privadaspara, entre todos, optimizar los recursos y llevar a cabo acciones formativas e intervenciones preventivas que exce-dan lo coyuntural y que favorezcan una acción múltiple sobre un ámbito comunitario, un pueblo, un barrio, unacomarca, previamente delimitados. Prevenir no es fácil ni sencillo. Sin embargo, es incuestionablemente útil y nece-sario. Cuando se habla de terapias, de intervención y de integración de drogodependientes y exdrogodependientes,no debemos olvidar que lo esencial es impedir que su número crezca. Cuando una acción formativa bien orientada,unos buenos planes de educación para la salud y, sobre todo, unos planes participativos y comunitarios, se ponen enmarcha, sus resultados no son en un primer momento visibles, pero tienen la enorme transcendencia de contribuir a evitar que muchos adolescentes y no pocos adultos de un determinado barrio se dejen atrapar por los lazos invisi-bles pero poderosos y asfixiantes de la drogadicción. Las APAs somos el agente social de proyección preventiva por excelencia y debemos, desde todos y cada uno de nuestros centros, desde nuestras posiciones en los ConsejosEscolares, exigir el desarrollo de las Áreas Transversales y, en particular, de la Educación para la Salud.
Editorial
Drogas: la prevención desde la escuela y las familias
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