podía alegar esto ante cristianos descontentos. ¿No era Alarico arriano? ¿Y tenía que caer laCiudad eterna precisamente ahora cuando estaba ceñida por una corona de sepulcros demártires? El viejo pecado bíblico de la murmuración volvía a levantar cabeza entre aquellosfieles, presa del abatimiento, y no era permitido al pastor permanecer callado.Cuando, súbitamente y casi sin lucha, sucumbió la Ciudad, recibió Agustín las primerasnoticias, en una casa de campo en que, por prescripción médica, tenía que descansar unverano enteró. Inmediatamente mandó una carta a Hipona, exhortando al pueblo y clero ácooperar en vez de lamentarse, a acoger y vestir a los fugitivos que afluían, y a hacerlomejor de lo que lo hicieran antes. Y a las diversas quejas de los murmuradores les va a salir al paso con argumentos exclusivamente cristianos, que dominan diferentes sermones de losaños 410 y 411. La catástrofe de Roma es una intervención divina. Dios es un médico quecorta la carne podrida de nuestra civilización. Este mundo es un horno en que la paja arde alfuego; el oro, en cambio, sale purificado y ennoblecido. Es una prensa que separa el aceitedel deshecho sin valor; el deshecho es negro y tiene que desaguar por el canal. El canal se pone así más sucio, pero el aceite sale más puro. Los que murmuran son el deshecho; el queentra en sí y se convierte, es el aceite puro. El día de San Pedro y San Pablo del año 411,diez meses después del saqueo, Agustín se dejó caer, como sin pretenderlo, en el tema deldestino de la Ciudad y la lamentación que no enmudecía nunca. Y es su respuesta, quearranca de un pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos sobre la relatividad de todosufrimiento terreno, un soberano ejemplo de improvisación en el púlpito: "Está escrito quelos sufrimientos de este tiempo no pueden compararse con la gloria por venir que ha derevelarse en nosotros. Si es así, que nadie de vosotros piense hoy carnalmente. No es este elmomento. El mundo ha sido sacudido, el hombre viejo despojado, la carne prensada: dad, por tanto, libre curso al espíritu.El cuerpo de Pedro está en Roma, dice la gente, el cuerpo de Pablo está en Roma, el cuerpode Lorenzo está en Roma, los cuerpos de otros muchos mártires están en Roma, y, sinembargo, Roma está en la miseria, Roma está devastada, Roma está en la desolación; hasido pisoteada e incendiada. ¿Dónde están ahora las memoriae de los apóstoles? -¿Quédices, hombre? -Lo que he dicho: ¡Cuánta calamidad no está pasando Roma! ¿Dónde estánahora las memorias de los apóstoles? -Allí están, allí están ciertamente, pero no en ti. ¡Ojaláestuvieran en ti! Tu, quienquiera que. seas, que así te expresas y tan neciamente juzgas,quienquiera que tú seas, ¡ojalá estuvieran en ti las memorias de los apóstoles! ¡Ojalá teacordaras de ellos! Entonces verías si se les ha prometido dicha temporal o eterna. Porquesi la memoria del apóstol es realmente viva en ti, oye lo que dice: La ligera carga de latribulación temporal nos depara un peso grande sobre toda ponderación de gloria eterna; porque lo que vemos es temporal y lo que no vemos es eterno. En Pedro mismo fuetemporal la carne y no quieres tú que sean temporales las piedras de Roma. Pedro reina conel Señor, el cuerpo del apóstol Pedro yace en alguna parte, y su recuerdo ha de despertar enti el amor a lo eterno, para que no sigas pegado a la tierra, sino que, con el apóstol, piensesen el cielo. ¿Por qué estás, entonces, triste y lloras porque se han derrumbado piedras ymaderos, y han muerto hombres mortales?... Lo que Cristo guarda, ¿se lo lleva acaso elgodo? ¿Es que las memoriae de los apóstoles tenían que haberos preservado para siemprevuestros teatros de locos? ¿Es que murió y fue sepultado Pedro para que jamás caiga de losteatros una piedra?" No, Dios obra con justicia y quita a los niños malos las golosinas de lasmanos. Basta ya de pecar y murmurar. ¡Qué vergüenza que anden los cristianos
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