I. Sobre unas líneas de Beda el VenerableComienza un nuevo ciclo; a través de las últimas hojas secas del anterior otoñodespuntan como dardos los primeros tallos verdes. Nos encontramos en ese períododurante el cual se derriten las nieves y el viento se hace agrio, cuando uncristianismo casi nuevo todavía, importado de Oriente por mediación de Italia,lucha en las regiones del Norte contra un paganismo inmemorial, se insinúa como elfuego en un viejo bosque donde se acumulan las ramas secas; nos hallamos al albatempestuosa del siglo VII. Las palabras más sorprendentes que hasta nosotros hanllegado relativas al paso de una a otra fe, de los dioses a un único Dios, lohacen por mediación de Beda el Venerable, quien las apuntó a más de cien años dedistancia, probablemente en su monasterio de Jarrow en donde, rodeado de un mundoen caos, componía en latín su gran historia de las instituciones cristianas deInglaterra. Las pronunció un thane (que es tanto como decir un jefe o un noble) deNorthumberland, perteneciente al poderoso grupo sajón mestizo de celta que, poraquellos tiempos, ocupaba el norte de la isla británica.La escena transcurre en los alrededores de York, donde los edificios de laantigua Eburaco capital romana que vio morir a Septimio Severo se hallaban aúnen el primer estadio de su existencia de ruinas, aunque probablemente, al thane ya sus contemporáneos ya les parecían situadas en una antigüedad intemporal. Hacíaalrededor de doscientos años que el emperador Arcadio, en un manifiesto dirigido alos habitantes de Gran Bretaña, les había anunciado que las legiones volvían apasar el mar, dejándolos solos para defenderse contra los invasores. Desdeentonces, se las habían arreglado como podían.Beda puso en latín las palabras del thane; aún habrá de pasar siglo y medio opoco menos para que Alfredo el Grande, en los momentos que le deje libres su luchacontra los invasores daneses, retraduzca ese texto a un inglés todavía muy próximoal antiguo islandés y a las diversas hablas germánicas pero que, entretanto, ygracias a la adopción del alfabeto latino, ha accedido ya a la dignidad de lenguaescrita y tiene un hermoso porvenir por delante. Si yo me tomo el trabajo deanotar estos trastrueques língüísticos es porque pienso que hay muy pocas personasque se percaten de hasta qué punto la palabra humana nos llega del pasado poretapas sucesivas, a trompicones, podrida de malentendidos, roída de omisiones ycon añadidos incrustados, gracias únicamente a ciertos hombres como Beda elcontemplativo o Alfredo el hombre de acción, que intentaron, dentro del desordencasi desesperado de los asuntos del mundo, conservar y transmitir aquello que, ensu opinión, consideraban digno de serlo. El breve discurso del thane como veremosmás adelante, merecía con toda seguridad ser transmitido. Edwin, rey deNorthumberland y por entonces el príncipe más poderoso de la Heptarquía británica,acababa de recibir a un misionero cristiano que le pedía su permiso paraevangelizar el territorio. El rey convocó a su consejo. Como corresponde, el granpontífice de las divinidades locales, un tal Coif, fue invitado el primero aexponer su opinión. El lenguaje de aquel prelado fue más cínico que teológico:«Francamente, rey vino a decir , desde el tiempo en que sirvo a nuestros diosesy presido los sacrificios, jamás fui más favorecido por la suerte ni más dichosoque los demás hombres que no rezan, mis súplicas muy pocas veces fueronescuchadas. Por tanto, doy mi aprobación para que acojamos a otro dios mejor y másfuerte, si es que lo hay.»El sacerdote había hablado como un pragmático; el jefe de clan que luego tomó lapalabra habló como un poeta y un visionario. Llamado a dar su opinión sobre laintroducción en Northumberland de un dios llamado Jesús, aquel thane cuyo nombreignoramos amplió, por decirlo así, el debate:«La vida de los hombres en la tierra, ¡oh rey!, si la comparamos con los vastosespacios de tiempo de los que nada sabemos, se parece, en mi opinión, al vuelo deun pájaro que se introduce por el hueco de una ventana dentro de una espaciosaestancia en la que arde un buen fuego en el centro, que calienta el ambiente, y endonde tú estás comiendo junto a tus consejeros y ligios mientras afuera azotan lasnieves y lluvias del invierno. Y el pájaro cruza rápidamente la gran sala y sale
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