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Extracto Nocturno
García Hernández Ángel
APOLOGÍA DEL SUICIDA
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ostrado de nuevo aquí, atado otra vez a tuangulosa estructura, me cobijo en éste mar de letrasque parecen traer algo similar al consuelo a mi ser compuesto de humo y sangre plagada de cafeína; yacon los ojos enrojecidos observo mi alrededor y noencuentro más que el firme reflejo de mi catástrofeinterno: desechos, tan lo desechos alcanzo a percibir. Las paredes guardan en sí los sonidos queemite la ronca voz que me acompaña en mis diariasnoches de insomnio.El diminuto escritorio me muestra entre cigarrillosy manchas ejas de caun manuscrito casiolvidado, me tienta a leerlo, y pese a estar al puntodel desvanecimiento, de nuevo no puedo resistirme; por fortuna es corto, y antes de plasmarlo en éstas
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incómodamente blancas hojas, pido perdón porqueel grafito de éste viejo lápiz deja de tener fuerzasobre el papel. Vuelvo a encender la llama cerca demi rostro para alimentar el fuego que poco a pocoapaga mi vida, pero me permite estar de pie.La hoja manchada me dice: “Escondido trasvestimentas negras resguardas tu debilidad y pequeñez, olvidando el desastre interno prefieresreflejarlo, y te embanderas en él compartiendo almundo tu impotencia, que eterna prevalece; mientrasse te mira con piedad, entendiendo tu decadenteespíritu producto de la locura, más lo traduces enrespeto, peor aún: miedo por parte de los causantesde tu largo suicidio. ¡Anda! Usa las calles como pasarela y transforma las miradas en burdoconsuelo”El productor de humo se ha extinguido ¡Cómo leenvidio!, posee un mite, concepto que ya heolvidado.Al leer de nuevo el autorretrato literario, me provoca terror saberme tan bil y lleno deinseguridades. Comprendo que en busca profundaarribo de nuevo a superficie.La luz del naciente día se acerca; planeo una vezmás… luchar contra el demonio que mantiene mis párpados alejados, negros e hinchados; más sé queno le venceré, sólo ofrecerá una burlona tregua quese desvanecerá al paso de ínfimos minutos.Inaccesible es el descanso intenso del que presumeel finito hombre que osa de posarse en el infinito delo que a su razón escapa en sus largas horas desuo; s yoyo me resigno al viaje oníricodurante la vigilia; convirtiendo en volátil y lánguidafantasía la realidad circundante.Posado en el umbral de lo místico, veo en los plomizos cristales de mi habitación penetrar los purpúreos rayos, símbolo de la nueva jornada, perola desesperación me obliga a retirar los ojos de laventana momentáneamente teñida en violeta para
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 posarlos sobre el cristal reflejante que a lo largo deeste tiempo ha sido testigo del proceso que envejecemi demacrado rostro; para contemplar a ese ser  plano, que escuálido se mueve, me pongo de pie, yen intento de sonrisa, siento escapar de pronto una pesada lágrima que se derrama hasta llegar al suelo.Habré de comenzar de nuevo la vida, que no esmás sino el transitorio y agonizante camino a lamuerte. Enciendo otro cigarrillo, esperando que esefantástico y libre humo me sirva de inspiración paraalimentar la perversa ilusión que imperdonable eindetenible inicia.Con la garganta hecha nudo escucho los sonidosdel alba: incansables ir y venir sin destino. Me doycuenta que estoy desnudo, fue una calurosa nocheaumentada en grados por mis ya mencionadosacompañantes: café y cigarro; no me preocupo alseleccionar algo del guardarropa, hace mucho que estodo negro, y en mi, nadie percibirá si es el mismocambio de ayer o hace un año. Al salir de casa,siento un leve mareo, completamente atribuible a mifalta de alimento. Los trozos de mi piel descubiertosno tardan en sentir lo restante del lido airenocturno, que es delicioso…Los estragos del transporte se colocan frente a misojos, difícil será cruzar el camino lleno de insectosde hojalata: unos s grandes que otros; losgigantes han logrado engullir a decenas de seres quecreen tener un destino, más lo único relativamentesuyo es el camino. Uno de los cientos de insectosmedianos chilló de manera tan aguda que llamó poderosamente mi atención, no tardé en suponer elsignificado de ello: uno de los seres, que s parecen sombras mecánicas yacía esparcido entrozos delante del insecto que profirió tal sonido.Helo ahí… sin más rastro de vida que susconvulsiones y el vapor que desprende su sangrecaliente provocado por el frío que aún reina. Tal vezfuese una sombra soberana o esclava, sabia o idiota,asquerosamente acaudalada o repugnantemente pobre; al final nada de eso importó, con el mismo
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