posarlos sobre el cristal reflejante que a lo largo deeste tiempo ha sido testigo del proceso que envejecemi demacrado rostro; para contemplar a ese ser plano, que escuálido se mueve, me pongo de pie, yen intento de sonrisa, siento escapar de pronto una pesada lágrima que se derrama hasta llegar al suelo.Habré de comenzar de nuevo la vida, que no esmás sino el transitorio y agonizante camino a lamuerte. Enciendo otro cigarrillo, esperando que esefantástico y libre humo me sirva de inspiración paraalimentar la perversa ilusión que imperdonable eindetenible inicia.Con la garganta hecha nudo escucho los sonidosdel alba: incansables ir y venir sin destino. Me doycuenta que estoy desnudo, fue una calurosa nocheaumentada en grados por mis ya mencionadosacompañantes: café y cigarro; no me preocupo alseleccionar algo del guardarropa, hace mucho que estodo negro, y en mi, nadie percibirá si es el mismocambio de ayer o hace un año. Al salir de casa,siento un leve mareo, completamente atribuible a mifalta de alimento. Los trozos de mi piel descubiertosno tardan en sentir lo restante del gélido airenocturno, que es delicioso…Los estragos del transporte se colocan frente a misojos, difícil será cruzar el camino lleno de insectosde hojalata: unos más grandes que otros; losgigantes han logrado engullir a decenas de seres quecreen tener un destino, más lo único relativamentesuyo es el camino. Uno de los cientos de insectosmedianos chilló de manera tan aguda que llamó poderosamente mi atención, no tardé en suponer elsignificado de ello: uno de los seres, que más parecen sombras mecánicas yacía esparcido entrozos delante del insecto que profirió tal sonido.Helo ahí… sin más rastro de vida que susconvulsiones y el vapor que desprende su sangrecaliente provocado por el frío que aún reina. Tal vezfuese una sombra soberana o esclava, sabia o idiota,asquerosamente acaudalada o repugnantemente pobre; al final nada de eso importó, con el mismo
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