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José Saramago - Qué es exactamente la democracia

José Saramago - Qué es exactamente la democracia

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04/22/2013

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¿Qué es exactamente la democracia?
José Saramago
En su libro Política, Aristóteles nos dice en primer lugar esto: "En democracia, los pobres son reyesporque son mayoría, y porque la voluntad de la mayoría tiene fuerza de ley"
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. En un segundopasaje, parece restringir primero el alcance de esta frase, luego la amplía, la completa y acaba porestablecer un axioma: "La equidad en el seno del Estado exige que los pobres no posean de ningúnmodo más poder que los ricos, que no sean los únicos soberanos, sino que todos los ciudadanos losean en proporción a su número. Éstas son las condiciones indispensables para que el Estadogarantice eficazmente la igualdad y la libertad".Aristóteles nos dice que aunque participen con total legitimidad democrática en el gobierno de lapolis, los ciudadanos ricos serán siempre una minoría en razón de una incontestableproporcionalidad. Sobre un punto, tenía razón: por más lejos que nos remontemos en el tiempo,nunca los ricos fueron más numerosos que los pobres. Pese a esto, los ricos siempre gobernaron elmundo o sostuvieron los hilos de los que gobernaban. Constatación más actual que nunca.Señalemos de paso que, para Aristóteles, el Estado representa una forma superior de moralidad...Todo manual de derecho constitucional nos enseña que la democracia es "una organizacióninterna del Estado por la cual el origen y el ejercicio del poder político incumbe al pueblo,organización que permite al pueblo gobernado gobernar a su vez por medio de sus representanteselectos". Aceptar definiciones como ésta, de una pertinencia tal que roza las ciencias exactas,correspondería, traspuestas a nuestra vida, a no tener en cuenta la gradación infinita de estadospatológicos a los que nuestro cuerpo puede verse confrontado en todo momento.En otros términos: el hecho de que la democracia pueda definirse con mucha precisión no significaque funcione realmente. Una breve incursión en la historia de las ideas políticas conduce a dosobservaciones a menudo descartadas so pretexto de que el mundo cambia. La primera, recuerdaque la democracia apareció en Atenas, hacia el siglo V antes de Cristo; que suponía la participaciónde todos los hombres libres en el gobierno de la ciudad; estaba fundada en la forma directa,siendo los cargos efectivos o atribuidos según un sistema mixto de sorteo y elección; y losciudadanos tenían derecho al voto y a presentar propuestas en las asambleas populares.Sin embargo
ésta es la segunda observación
, en Roma, continuadora de los griegos, el sistemademocrático no consiguió imponerse. El obstáculo procedió del poder económico desmedido deuna aristocracia latifundista que veía en la democracia un enemigo directo. Pese al riesgo de todaextrapolación, ¿podemos evitar preguntarnos si los imperios económicos contemporáneos no son,también, adversarios radicales de la democracia, aunque se mantengan por el momento lasapariencias?
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Aristóteles, Política, Editorial Nacional, Madrid, 1981.
 
El lugar del poder
Las instancias del poder político intentan desviar nuestra atención de una evidencia: dentro mismodel mecanismo electoral se encuentran en conflicto una opción política representada por el voto yuna abdicación cívica. ¿Acaso no es cierto que, en el preciso momento en que la boleta esintroducida en la urna, el elector transfiere a otras manos, sin más contrapartida que algunaspromesas escuchadas durante la campaña electoral, la parcela de poder político que poseía hastaese momento en tanto miembro de la comunidad de ciudadanos?Este papel de abogado del diablo que asumo puede parecer imprudente. Razón de más para queexaminemos qué es nuestra democracia y cuál es su utilidad, antes de pretender
obsesión denuestra época
hacerla obligatoria y universal. Esta caricatura de democracia que, comomisioneros de una nueva religión, procuramos imponer al resto de mundo no es la democracia delos griegos, sino un sistema que los mismos romanos no habrían vacilado en imponer a susterritorios. Este tipo de democracia, rebajada por mil parámetros económicos y financieros, habríalogrado sin duda hacer cambiar de idea a los latifundistas del Lacio, transformados entonces en losmás fervientes demócratas...Puede emerger en la mente de ciertos lectores una enojosa sospecha sobre mis conviccionesdemocráticas, dadas mis muy conocidas inclinaciones ideológicas
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...Defiendo la idea de un mundo verdaderamente democrático que finalmente se haga realidad, dosmil quinientos años después de Sócrates, Platón y Aristóteles. Esa quimera griega de una sociedadarmoniosa, sin distinciones entre amos y esclavos, como la conciben las almas cándidas que siguencreyendo en la perfección.Algunos me dirán: pero las democracias occidentales no son censatarias ni racistas, y el voto delciudadano rico o de piel blanca cuenta tanto en las urnas como el del ciudadano pobre o de pieloscura. Si nos fiamos de semejantes apariencias, habríamos alcanzado el
summum
de lademocracia.A riesgo de aplacar esos ardores, diré que las realidades terribles del mundo en que vivimos hacenirrisorio ese cuadro idílico y que, de un modo u otro, acabaremos dando con un cuerpo autoritariodisimulado bajo los más bellos atavíos de la democracia.Así, el derecho de voto, expresión de una voluntad política, es al mismo tiempo un acto derenuncia a esa misma voluntad, puesto que el elector la delega a un candidato. Al menos para unaparte de la población, el acto de votar es una forma de renuncia temporaria a una acción políticapersonal, puesta en sordina hasta las siguientes elecciones, momento en que los mecanismos dedelegación volverán al punto de partida para empezar otra vez de la misma manera.Para la minoría elegida, esta renuncia puede constituir el primer paso de un mecanismo queautoriza muchas veces, a pesar de las vanas esperanzas de los electores, a perseguir objetivos que
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N. de la r.: José Saramago es miembro del Partido Comunista Portugués.
 
no tienen nada de democráticos y pueden ser verdaderas ofensas a la ley. En principio, a nadie sele ocurriría elegir como representantes al Parlamento a individuos corruptos, incluso si la tristeexperiencia nos enseña que las altas esferas del poder, en el plano nacional e internacional, estánocupadas por ese tipo de criminales o sus mandatarios. Ninguna observación microscópica de losvotos depositados en las urnas tendría el poder de hacer visibles los signos delatores de lasrelaciones entre los Estados y los grupos económicos cuyos actos delictivos, e incluso bélicos,llevan a nuestro planeta derecho a la catástrofe.La experiencia confirma que una democracia política que no descansa sobre una democraciaeconómica y cultural no sirve de mucho. Despreciada y relegada al depósito de las fórmulasenvejecidas, la idea de una democracia económica ha dejado lugar a un mercado triunfante hastala obscenidad. Y la idea de una democracia cultural fue reemplazada por la no menos obscena deuna masificación industrial de las culturas,
 pseudo melting-pot 
que se utiliza para enmascarar lapredominancia de una de ellas.Creemos haber avanzado, pero en realidad retrocedemos. Hablar de democracia se volverá cadavez más absurdo si nos obstinamos en identificarla con instituciones denominadas partidos,Parlamentos, gobiernos, sin proceder a un análisis del uso que estos últimos hacen del voto queles permitió acceder al poder. Una democracia que no se autocritica, se condena a la parálisis.No concluyan que estoy en contra de la existencia de los partidos: milito dentro de uno de ellos.No crean tampoco que aborrezco los Parlamentos: los apreciaría si se consagraran más a la acciónque a la palabra. Y tampoco imaginen que soy el inventor de una receta mágica que permite a lospueblos vivir felices sin tener gobierno. Me niego a admitir que sólo se pueda gobernar y desearser gobernado según los incompletos e incoherentes modelos democráticos vigentes.Los califico así porque no veo otra forma de designarlos. Una democracia verdadera, que inundaríacon su luz, como un sol, a todos los pueblos, debería comenzar por lo que tenemos a mano, esdecir, el país en que nacimos, la sociedad en que vivimos, la calle donde moramos.Si esta condición no es respetada
y no lo es
todos los razonamientos anteriores, es decir, elfundamento teórico y el funcionamiento experimental del sistema, estarán viciados. Purificar lasaguas del río que atraviesa la ciudad no servirá de nada si el foco de la contaminación está en lasfuentes.La cuestión principal que todo tipo de organización humana se plantea, desde que el mundo esmundo, es la del poder. Y el principal problema es identificar quién lo detenta, verificar por quémedio lo obtuvo, qué uso hace de él, qué métodos utiliza y cuáles son sus ambiciones.Si la democracia fuera realmente el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, tododebate cesaría. Pero no estamos en ese punto. Y sólo un espíritu cínico se animaría a afirmar quetodo va inmejorablemente bien en el mundo en que vivimos.

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