Como los panes estaban a en uno de los flancos del caballo, éste casi cayó de costado a no ser por larapidez de reflejos del muchacho que de inmediato depositó su hato, con las siete ruecas, en el lado dóndeantes estuvieran los panes.Siguió su marcha, el príncipe, sobre su montura.Al poco rato el caballo cabrilleó y paró de golpe. Espantado ante la presencia de unas serpientes. Habíantopado con un nido de serpientes, eran siete y el muchacho de inmediato puso ante ellas los siete odres deleche. Es bien sabido que a las serpientes les encanta la leche. Se cuentan historias de mujeres que handado de amamantar a serpientes. Por descuido, cuando dando de mamar a sus criaturas quedabandormidas. Bebieron las sierpes hasta que no quedo una gota de leche y, como estaban hartas y satisfechas,quedaron dormidas.Luc más confiado repartió la carga que quedaba, tres ruecas en cada costado del caballo y para él una enel hato. Cuando estaba entretenido distribuyéndolas se vieron rodeados por siete brujas greñudas ymalolientes que los miraban con extrañeza y cara de pocos amigos, así le pareció a él. Como era muy listosupo reaccionar con halagos y buenas maneras, no en vano era aleccionado en las mejores artes de ladiplomacia. Presentó ante las damas sus ruecas y les explicó las virtudes de tal instrumento, dándoles lamar de explicaciones de cómo las damas de la corte se afanaban en vestir largor ropajes. Aceptaron suregalo y a cambio lo llevaron con ellas. Se sentaron alrededor del fuego y le pidieron que explicara elmotivo de su viaje. Él que sabía de los encantos de la palabra bordó e ilustro su relato. Ellas placenterasescucharon mientras le fueron pasando dulce líquido de zumo de bayas y miel, y unos pastelitos dealmendras endulzados con el néctar de las flores. Como bien debéis pensar, no eran brujas sino hadas queaparentaban lo que en realidad no eran.Quedaron encantadas. A las hadas les encanta que les cuenten historias con toda suerte de gestos ydetalles y así lo hizo Luc.A sus preguntas, el muchacho, daba toda suerte de explicaciones sin importarle el tiempo, sin prisas. Élsabía que a los seres mágicos del bosque se les había de seguir la corriente. Es decir, darles coba.En un momento dado, cuando ya el fuego se achicaba, le dijeron que podía marchar, que siguiera laestrella de la noche, la que sale justo cuando la luna sustituye al sol en su ocaso y que se quedara a dormir allí donde permaneciera.El muchacho subió a su caballo y marchó siguiendo la señal que ellas le habían dicho, que no es otra cosaque el planeta Venus el que regenta la diosa del amor. Llegó Luc con su caballo al claro del bosque y justoen ese momento vio que la Luna que parecía seguía sus pasos se quedaba quieta acompañada por laestrella del Norte.Tal como le dijeran las hadas, Luc se dispuso a dormir. Cayó en un dulce y profundo sueño. Al principiotodo era algo así como velos blancos que se movían al toque de una suave brisa. Quedó profundamentedormido.Abrió los ojos y con la claridad de la mañana vio ante él el árbol del Paraíso, el de las toronjas de oro.Advirtió que solamente pendían de sus ramas tres toronjitas de oro.Cogió las tres y se guardó una en cada bolsillo y la tercera la miro y remiró. Tenía la uña del dedomeñique muy larga. Los caballeros y senescales del reino tenían la coquetería de dejarse crecer esa uña yél, como todos los muchachos que se miran en los mayores, había hecho un tanto de lo mismo.En la toronjita de oro no había muesca ni ranura. Miraba y remiraba dando vueltas y más vueltas a la preciada fruta. En un descuido su uña la rozó y de pronto ésta se abrió por la mitad y de ella salió un hadamenuda, como una niñita.Ella le exigió de inmediato que le entregara una jofaina para lavarse, una toalla para secarse y un peine para peinarse. No dio tiempo a excusas. Al ver el gesto de sorpresa del muchacho se esfumó.Él quedó consternado. Sacó una de las toronjitas que tenía en el bolsillo y la manipuló, esta vez conmayor cuidado, pero ocurrió otro tanto. Se abrió por la mitad y de ella salió un hada hermosa. Con lamisma exigencia, ésta le pidió que le entregara una jofaina para lavarse, una toalla para secarse y un peine para peinarse. El muchacho se lamentó de no haber previsto tal cosa y ella sin darle lugar a explicarsedesapareció.Ya la cosa se ponía mal así que decidió esperar a solucionarlo en el castillo y metió la que le quedaba, a buen recaudo, en uno de los bolsillos.El caballo lamió su cara y el príncipe despertó del sueño. No había sido algo que ocurriera en ese bosque, el Paraíso sólo se visita en sueños.Luc pensó que había desperdiciado su oportunidad. Metió las manos en los bolsillos y descubrió que unacosa redonda y diminuta se movía entre otras cosas que solía llevar como todos los muchachos: conchas, piedrecitas, piñas, alguna cinta de alguna damisela,...Era la toronjita de oro que quedaba por abrir. Se quedó pensativo sin saber que hacer.en éstas se acercó ronroneando una gata negra. Como suele suceder con los gatos, Luc le acarició el lomoy le hizo mil carantoñas. Ella no paró de hacer monerías.
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