Al atravesar Sarajevo, pudimos observar viviendas destruidas, niñoscuyos enormes ojos seguían al autobús girando la mirada a su paso y adultoscon tristeza y el horror de la guerra pintados en la cara.-¿Qué les pasa? –pregunto Nieves.Ekaitz, que está al tanto de las noticias, respondió:-Hace unos años, aquí en los Balcanes, tuvo lugar una gran guerra. Fuetan espantosa, como todas. Murió mucha gentes. El dolor permanece.Tras descansar en la ruta, llegamos de mañana a la frontera griega.Los guardas fronterizos resultaron ser simpatiquísimos, y guapos, segúnNoemí.Conforme avanzamos hacia el sur, el calor y laalegría nos fue envolviendo. En la primera playa que vimos,detuvimos el autobús y nos dimos el gran baño. Allí ungriego muy elegante que manejaba una motora nos propusollevarnos a una maravillosa isla de Egeo con playas delsueño.Aunque las monjas votaron en contra, nosotros ganamos la votación.Acordamos el precio con el griego y zarpamos. El griegos tenían razón. Erauna isla muy hermosa con un hotelito barato y muy blanco junto a una playainmensa y paradisiaca. Nos quedamos, claro.-¡Yupiii! ¡Que maravilla es el Mediterráneo- grito Damaris-¿Os imagináis a Manolo y Javier allá?- apuntó Mari Mar-¡Eso, eso! ¡Allí bajando al instituto con frio, niebla, lloviendo..!Cuando nos acordábamos de nuestros profesores, nos partíamos derisa. Aunque en el fondo, no nos hubiese importado demasiado compartirese, solo un momento, con ellos aquellas playas de ensueño y delicioso ycálido mar azul turquesa.Ekaitz nadaba entusiasmado sin perder de vista el horizonte.Pretendía encontrar a una sirena pero solo descubrió a Carlos nadando comoPoseído, el dios del mar. Los que quedábamos, sin profesores que nos
Leave a Comment