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Clancy Tom - El Oso Y El Dragon 2 [Rtf]

Clancy Tom - El Oso Y El Dragon 2 [Rtf]

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03/31/2015

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E L O S O Y E L D R A G O N
(The Bear and the Dragon)Segunda Parte
T O M C L A N C YVEINTICINCO
DEMOLICIÓN DE LA VERJALa velocidad de las comunicaciones modernas creaba un curiosodesfase. En este caso, el gobierno norteamericano estaba al corrientede lo sucedido en Pekín, mucho antes que el de la República Popular.Lo que apareció en el Departamento de Señales de la Casa Blanca lohizo también en el Centro de Operaciones del Departamento deEstado. Allí, el oficial de guardia había decidido, razonablemente,transmitir la información de inmediato a la embajada estadounidenseen Pekín. El embajador Carl Hitch recibió la llamada en su despacho,por su línea codificada. Obligó a su interlocutor a confirmar dos vecesla noticia, antes de su primera reacción: un silbido. No solía ocurrirque ningún embajador acreditado fuera asesinado en su país anfitrión,y mucho menos por los propios agentes de dicho país. ¿Qué diablosharía Washington al respecto?, se preguntó.—Maldita sea —susurró Hitch.Ni siquiera había conocido todavía al cardenal DiMilo. La recepciónoficial estaba prevista para dentro de dos semanas, en un futuro quenunca llegaría. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? En primerlugar, decidió mandar un mensaje de condolencia a la legación delVaticano. (Probablemente, la central lo notificaría al Vaticano a travésdel nuncio en Washington. Era incluso posible que el secretario Adleracudiera personalmente para dar el pésame oficial. Maldita sea, puedeque lo hiciera el propio presidente Ryan en persona, que era católico,especuló Hitch.) En cualquier caso, pensó el embajador, había cosasque él debía hacer. Ordenó a su secretaria que llamara a la residenciadel nuncio, pero fue un chino quien contestó al teléfono y eso no lesservía absolutamente para nada. Debería dejarlo para más adelante...¿Y si llamaba a la embajada italiana?, pensó a continuación. ¿No era elnuncio un ciudadano italiano? Probablemente. Bien. Consultó suarchivo y llamó al teléfono privado del embajador italiano.
 
—¿Paulo? Habla Carl Hitch. Gracias, ¿y tú? Me temo que tengo unamala noticia... el nuncio del papa, el cardenal DiMilo, ha muerto de undisparo efectuado por un policía chino, en un hospital de Pekín... lotransmitirá pronto la CNN, no sé exactamente cuándo... me temo queestamos bastante seguros... No sé exactamente cómo, pero lo que mehan contado es que intentaba impedir el asesinato de un bebé, o unode esos abortos tardíos que practican aquí... sí... ¿No es cierto quepertenece a una destacada familia? —preguntó Hitch, que haaempezado a tomar notas—. ¿Has dicho Vincenzo? Comprendo...¿ministro de Justicia hace dos años? He intentado llamar, pero me hacontestado un chino. ¿Alemán? ¿Schepke? —Más notas—. Comprendo.Gracias, Paulo. Por cierto, si desde aquí os podemos ayudar en algo...Bien, de acuerdo. Hasta luego.Colgó el teléfono.—Maldita sea. ¿Y ahora qué? —preguntó a solas, con la mirada en elescritorio.Debería comunicar la mala noticia a la embajada alemana, pero no,dejaría que otro se ocupara de ello. De momento... consultó su reloj.Todavía no había amanecido en Washington, donde al despertar seencontraan con una tormenta de fuego. Decidió que su misiónconsistía en verificar lo sucedido, para que Washington dispusiera deinformación fidedigna. ¿Pero cómo diablos hacerlo? Su mejor fuentepotencial de información era ese monseñor Schepke, pero la únicaforma de localizarlo consistia en vigilar la embajada vaticana yesperar a que regresara. ¿Lo tendrían detenido los chinos en algún lu-gar? No, probablemente no. Cuando el ministro de Exterioresaveriguara lo sucedido, seguramente intentarían deshacerse enexcusas. Aumentarían las medidas de seguridad en la residencia delnuncio, para mantener alejados a los periodistas, pero no molestaríana los diplomáticos acreditados, no después de haber matado a uno deellos. Esto era muy extraño. Carl Hitch había pertenecido al cuerpodiplomático desde que tenía poco más de veinte años y nunca se habíaencontrado con nada parecido. 0 por lo menos, no desde que SpikeDobbs fue secuestrado por la guerrilla en Afganistán y murió cuandolos rusos metieron la pata con la misión de rescate. Algunos creyeronque lo habían hecho deliberadamente, pero Hitch creía que ni siquieralos soviéticos eran tan estúpidos. Asimismo, éste tampoco había sidoun acto deliberado. Los chinos eran comunistas y los comunistas no searriesgaban de ese modo. Sencillamente, no formaba parte de sunaturaleza, ni de su formación.Entonces, ¿cómo había podido ocurrir? ¿Y qué era, exactamente, loque había sucedido?¿Y cuándo se lo comunicaría a Cliff Rutledge? ¿Y qué efecto podríasurtir esto en las negociaciones comerciales? Carl Hitch calculó que
 
estaría ocupado toda la noche.—La República Popular no permitirá que se le dicten órdenes —concluyó el ministro de Exteriores, Shen Tang.—Sor ministro —respondRutledge—, no es la intención deEstados Unidos dictarle nada a nadie. Ustedes elaboran la políticanacional que conviene a las necesidades de su país. Lo entendemos ylo respetamos. Precisamos, sin embargo, que ustedes entiendan yrespeten nuestro derecho a elaborar también nuestra política nacional,compatible con las necesidades de nuestro país. En este caso, esosignifica invocar las provisiones del Decreto de Reforma del Comercio.Era una espada muy grande y afilada la que se blandía, pensó MarkGant. El Decreto de Reforma del Comercio permitía que el ejecutivoimpusiera las mismas leyes comerciales que cualquier país aplicara alas mercancías norteamericanas y equipararlas exactamente a lasmercancías de dicho país. Era una prueba internacional de que dondelas dan, las toman. En este caso, todo lo que hacía China para excluirmercanas de fabricacn norteamericana del mercado chino,sencillamente se aplicaa con el fin de hacer lo mismo con lasmercancías chinas y con un superávit anual de setenta mil millones dedólares; eso podía equivaler perfectamente a dicha cantidad, todo elloen divisa extranjera. El gobierno de la República Popular dejaría dedisponer del dinero necesario para comprar lo que deseaba enNorteamérica o cualquier otro lugar. El comercio se convertiría enintercambio, uno mío por uno tuyo, que era la teoría que, de algúnmodo, no se convertía nunca en realidad.—Si Norteamérica aplica un embargo al comercio chino, China podráhacer lo mismo a la inversa —replicó Shen.—Lo cual no satisface sus propósitos ni los nuestros —respondióRutledge.Y eso no va a suceder, fue innecesario que dijera. Los chinos losabían perfectamente, sin que se lo recordara.—¿Y nuestro reconocimiento como país sumamente favorecido? ¿Ynuestro ingreso en la Organización Mundial de Comercio? —preguntóel ministro de Exteriores chino.Sor ministro, Estados Unidos no podrá considerar fa-vorablemente ninguna de estas posibilidades, mientras su país espereque se mantengan abiertos los mercados de exportación y mantengacerrados los de importación. El comercio, señor ministro, significaintercambio, el canje igualado de sus mercancías por las nuestras —señaló Rutledge, probablemente por duodécima vez desde la hora delalmuerzo.Puede que en esta ocasión lo entendiera. No, eso no era justo. Ya lo

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