Breve autobiografía del autor
Si su Majestad, la reina Isabel de Inglaterra, hubiese tenido más visión de futuro, yo noestaría habitando estas magníficas tierras y el príncipe Carlos jamás habría manifestado através de un teléfono intervenido sus deseos de convertirse en el tampón de su amante. Unade las primeras reglas de Cortesía Sexual indica que los comentarios eróticos de mal gustosólo deben realizarse desde teléfonos públicos.A veces pienso en todos los peligros que podría haberle evitado a la Corona Británica, consólo darles unas cuantas lecciones de protocolo erótico a esos desorientados príncipes.Lamentablemente la Reina no aceptó en su momento mi generoso ofrecimiento. Creyó quesus hijos sabrían cómo comportarse de una forma natural, y los resultados están a la vista.En lugar de la completa indiferencia sexual que la Reina esperaba de ellos, los vástagos dela Corona han demostrado un gran interés en la materia junto con una deprimenteignorancia de las más elementales reglas de cortesía.Mi vocación por la enseñanza de tan sutil materia se despertó en mí siendo aún muy joven. Nací en Badmington Hall, el pequeño castillo del linaje de los Badmington en el condadode Essex, Inglaterra. Mis padres me impusieron una educación muy severa en la que cadauno de mis actos estaba determinado por el protocolo.Lejos de sentir, como otros niños de la aristocracia actual, que ese tipo de educación meresultaba represiva, a edad muy temprana comprendí la esencia y el espíritu de las reglasaparentemente arbitrarias que estaba aprendiendo. La cortesía sirve a dos fines: por una parte, se trata de obtener el aplomo y la tranquila seguridad con que se desempeña quien laconoce a fondo. Pero también y sobre todo, está pensada para brindar placer y alegría a las personas con quienes se trata.Encantado por haber comprendido al fin lo que se esperaba de mí, casi niño aún empecé asentir, como ya lo dije, que se despertaba mi vocación docente. Se despertaba y a veces medespertaba a mí. Después de volverla a dormir, di entonces en reflexionar por las nochesentre las sábanas húmedas: ¿por qué privar a quienes no habían tenido la fortuna de nacer en una casa aristocrática de los beneficios de una buena educación?Así, estaba una tarde enseñándole a la hija de nuestro guardaparques, de mi misma edad, lamanera más elegante de pelar una banana cuando no se dispone de cuchillo y tenedor.Estábamos profundamente entretenidos en nuestra lección, cuando fuimos sorprendidos por mi institutriz alemana, que se quedó extasiada al comprobar lo exquisito de mis modales yme solicitó inmediatamente la posibilidad de tomar, a su vez, algunas lecciones privadas.Pronto nuestra gobernanta sueca y la doncella francesa de mi madre quisieron aprender también. A continuación se inscribieron en mi improvisado curso dos de las cocinerasitalianas, tres mucamas de comedor de origen bretón, la señora del guardaparques, dosDamas de Honor de la Reina (amigas de mi madre) y un grupo de turistas norteamericanasque visitaba el castillo.Dudaba ya de mis posibilidades de satisfacer las ansias de todas estas personas por obtener una correcta educación, cuando, atusándose el profuso bigote que brotaba de su verruga, meexigió un turno de clases la anciana ama de llaves de la mansión.3
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