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Friedrich Nietzsche - Sobre El Porvenir de Nuestras Instituciones Educativas

Friedrich Nietzsche - Sobre El Porvenir de Nuestras Instituciones Educativas

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SOBRE EL PORVENIR DENUESTRAS INSTITUCIONESEDUCATIVAS
Friedrich Nietzsche
 
Primera conferencia
 
Ilustres oyentes, el tema sobre el que tenéis intención de reflexionarconmigo es tan serio e importante, y en cierto sentido tan inquietante, quetambién yo, como vosotros, prestaría atención a cualquiera que prometieseenseñar algo al respecto, aun cuando se tratara de una persona muy joven, yaun cuando debiera parecer totalmente inverosímil que ésta, espontáneamentey con sus propias fuerzas exclusivamente, pudiese ofrecer algo suficiente eidóneo para semejante problema. Sin embargo, es posible que haya oído algoverdadero con respecto al inquietante problema del futuro de nuestrasescuelas, y quiera ahora contároslo nuevamente a vosotros; es posible quehaya tenido maestros importantes, a los cuales convendría ya en mayormedida profetizar el futuro, inspirándose, igual que los arúspices romanos, enlas vísceras del presente.En realidad, debéis esperar algo semejante. Por circunstancias extrañas,pero en el fondo totalmente inocentes, fui una vez testigo de una conversaciónque sostenían precisamente sobre este tema hombres notables, y los puntosesenciales de sus consideraciones, así como el modo de afrontar esteproblema, se quedaron grabados en mi memoria demasiado profundamentecomo para no encaminarme yo también en la misma dirección, siempre quereflexiono sobre cosas semejantes. Sólo que quizá yo no tenga ese valor llenode fe de que entonces, delante de mí y para maravilla mía, dieron pruebaaquellos hombres, al pronunciar audazmente verdades prohibidas y alconstruir sus esperanzas con mayor audacia todavía. Así, pues, me haparecido tanto más útil poner por escrito por fin dicha conversación, paraanimar a otros a emitir un juicio sobre opiniones y declaraciones tansorprendentes. Y para ese fin, por razones particulares, he creído poderaprovechar precisamente la ocasión que me han proporcionado estasconferencias públicas.En efecto, soy consciente de cuál es el lugar en que ahora insto a unareflexión general sobre aquella conversación y a un examen amplio de ella:verdaderamente, se trata de una ciudad que intenta fomentar -en un sentido
 
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incomparablemente grandioso- la cultura y la educación de sus ciudadanos, ental medida que puede incluso provocar rubor a Estados más grandes. Así,pues, en este lugar desde luego que no me equivoco al suponer que donde sehace tanto por estas cosas se debe de
 pensar
 
otro tanto sobre ellas. Por otrolado, al contar de nuevo aquella conversación, sólo podré ser completamentecomprensible para aquellos oyentes que adivinen al instante lo que puede quese haya indicado solamente, que completen lo que haya debido omitirse, queen general necesiten, no ya recibir instrucción, sino simplemente que se lesrefresque la memoria.Y ahora oíd, ilustres oyentes, mi inocente experiencia y la conversación-menos inocente- de aquellos hombres.Pongámonos en la situación de un joven estudiante, o sea, en unasituación que, en el movimiento impetuoso e incesante del presente, essencillamente algo increíble: hay que haber vivido esa situación para podercreer semejante ilusión despreocupada, en semejante gozo arrancado alinstante, y casi fuera del tiempo. Yo pasé un año en ese estado, junto con unamigo mío de mi edad, en la ciudad universitaria de Bonn, junto al Rin: unaño que por la ausencia de proyecto y objeto alguno, y por la libertad conrespecto a cualquier clase de propósito para el futuro, se presenta a mi modode sentir actual casi como un sueño, delimitado antes y después por dosperiodos de vela. Nosotros dos permanecimos impasibles, a pesar de vivir encompañía de gente que en el fondo tenía otros intereses y otras aspiraciones.Tal vez nos costara trabajo satisfacer o rechazar las exigencias, demasiadovigorosas en cierto modo, de aquellos contemporáneos nuestros. Pero inclusoese juego con elementos contrastantes tiene hoy, cuando trato de recordarlo,un carácter semejante al de los obstáculos de todas clases que encontramos enlos sueños, cuando creemos poder volar, por ejemplo, pero nos sentimoscontenidos por obstáculos inexplicables.Con mi amigo tenía en común numerosos recuerdos de aquel periodoanterior de vela, de la época en que estábamos en el instituto:
uno
de dichosrecuerdos debo precisarlo mejor, ya que explica el paso a mi inocenteexperiencia. En un viaje anterior por el Rin, emprendido a finales del verano,había concebido un proyecto junto con aquel amigo -casi al mismo tiempo yen el mismo lugar, pero cada uno de nosotros lo había pensado por su cuenta-,de modo que ambos nos sentimos obligados a realizarlo, precisamente poraquella insólita coincidencia. Decidimos entonces fundar una pequeñasociedad, rica en frutos, formada por pocos compañeros, con el fin de dar una
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organización sólida y vinculante a nuestras tendencias productivas en el arte yen la literatura. O, por expresarme de modo más sencillo, cada uno denosotros debía comprometerse a enviar cada mes una producción propia, unapoesía, o un ensayo, o un proyecto arquitectónico, o una composiciónmusical: después, cada uno de los otros tenía derecho a pronunciar un juiciosobre dichas producciones, con la franqueza sin reservas que conviene a unacrítica amistosa. De ese modo, vigilándonos mutuamente, pensábamosestimular, y al mismo tiempo refrenar, nuestros impulsos culturales: y enrealidad el éxito fue tal, que nos hizo recordar con sensación de gratitud, o,mejor, de solemnidad, aquel momento y aquel lugar que nos habían sugeridosemejante idea.Aquella sensación de gratitud solemne encontró muy pronto un modo justo de expresarse, cuando prometimos recíprocamente hacer todo lo posiblepara visitar cada año -en aquel día- la localidad solitaria, cerca de Rolandseck,donde en aquella ocasión, hacia el final del verano, sentados pensativamenteuno junto al otro, nos habíamos sentido repentinamente inspirados paraadoptar una misma decisión. La verdad es que no cumplimos aquella promesacon el suficiente rigor; pero precisamente porque teníamos en la concienciavarios pecados de omisión, decidimos los dos con la mayor firmeza -aquelaño de vida estudiantil en Bonn, cuando vivimos a orillas del Rin por un largoperiodo de tiempo- obedecer en aquella ocasión no sólo a nuestra ley, sinotambién a nuestro sentimiento, a nuestro impulso de gratitud, y visitarsolemnemente, el día correspondiente, la localidad cercana a Rolandseck.No fue fácil, ya que precisamente aquel día la numerosa y alegrecompañía de estudiantes, que nos impedía volar, nos dio mucho que hacer, yse aferró con todas sus fuerzas a todos los hilos que podían mantenernosabajo. Nuestra compañía había decidido para aquel día una gran excursiónsolemne a Rolandseck, para cerciorarse una vez más -al final del trimestreestival- de la fidelidad de todos sus miembros, y para enviarlos después a casacon el mejor recuerdo de aquella despedida.Era uno de esos días perfectos que pueden presentarse, por lo menos ennuestro clima, sólo a finales del verano: cielo y tierra estaban uno junto a laotra, plácidamente fundidos en armonía, maravillosamente mezclados por elcalor del sol, por el frescor del otoño y por una infinitud azul. Vestidos delmodo más variopinto y fantástico -es decir, de un modo que ya sólo puededivertir a los estudiantes, dada la tristeza de todos los demás trajes-, subimos aun barco de vapor, festivamente engalanado en nuestro honor, y colocamos
 
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sobre la cubierta la bandera de nuestra sociedad. De las dos orillas del Rinresonaba de vez en cuando un disparo, que por orden nuestra comunicaba alos habitantes del Rin o, sobre todo, al posadero de Rolandseck, la noticia deque nos aproximábamos. No voy a contar la bulliciosa entrada, que del lugardel desembarco nos condujo a través del pueblo excitado y curioso, ni lasdiversiones y bromas -no al alcance de todos- que nos permitíamos entrenosotros. Paso por alto el banquete cada vez más agitado, hasta volversesalvaje, y un increíble espectáculo musical, en el que hubieron de participartodos los convidados, ya con ejecuciones de solistas, ya con intervenciones deconjunto, y que yo, como consejero musical de nuestra sociedad, había tenidoque estudiar previamente y entonces tuve que dirigir. Durante el final un pocodesordenado y cada vez más veloz yo había hecho ya una señal a mi amigo, e,inmediatamente después del acorde final -semejante a un alarido-, ambossalimos y desaparecimos, cerrando tras de nosotros, por decirlo así, un abismoaullante.De repente, la quietud reparadora y silenciosa de la naturaleza. Lassombras se habían alargado ya un poco, el sol resplandecía inmóvil, pero yaen el ocaso, y de las ondas verduscas y chispeantes del Rin soplaba un frescohálito sobre nuestros rostros sudorosos. Nuestro solemne aniversario noscomprometía sólo a las horas más avanzadas de aquel día, así que habíamospensado dedicar los últimos momentos de sol a una de aquellas diversiones desolitarios que estaban entonces a nuestra disposición.En aquella época sentíamos pasión por el tiro de pistola, y esa habilidadtécnica fue muy ventajosa para cada uno de nosotros en nuestra posteriorcarrera militar. El sirviente de nuestra sociedad conocía nuestro campo de tiro-algo alejado y en posición elevada- y ya había llevado allí arriba nuestraspistolas. Aquel campo se encontraba en el margen superior del bosque quecubre las bajas colinas de detrás de Rolandseck, sobre una pequeña mesetaaccidentada, y bastante cercano al lugar en que debíamos conmemorar nuestrafundación. Sobre la pendiente boscosa, a un lado de nuestro campo de tiro,había un pequeño claro, que invitaba a sentarse y permitía extender la miradahacia el Rin, por encima de los árboles y de la vegetación: de ese modo, elhorizonte que resaltaba contra el grupo de árboles estaba formadoprecisamente por las líneas bellas y sinuosas del Siebengebirge y, sobre todo,del Drachenfeld, mientras que el centro de aquel sector circular estabaconstituido precisamente por el Rin centelleante, que tenía entre los brazos laisla de Nonnenwörth. Tal era nuestro lugar, consagrado por sueños yproyectos comunes, y allí, en las horas siguientes de la tarde, queríamos
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retirarnos, o, mejor, debíamos hacerlo, si deseábamos concluir el día con elespíritu de nuestra ley.A un lado, sobre aquella pequeña meseta accidentada, se erguía a pocadistancia el tronco poderoso de una encina, destacándose solitario de lasuperficie sin árboles ni matas, y de las colinas bajas y onduladas. Sobre aqueltronco habíamos tallado en colaboración -tiempo atrás- un pentagrama, bienvisible, que los huracanes y temporales de los últimos años habían marcadotodavía más, con lo que ofrecía un excelente blanco para nuestra habilidad detiradores. Cuando llegamos a nuestro campo de tiro, la tarde ya estaba muyavanzada, y el tronco de nuestra encina extendía una sombra amplia y acabadaen punta sobre la meseta inculta y árida. La calma era profunda; los árbolesmás altos que estaban a nuestros pies nos impedían mirar directamente haciael Rin. Tanto mayor fue la sacudida producida en aquella soledad por elsonido lacerante -repetido por el eco- de nuestros pistoletazos. Apenas habíadisparado el segundo proyectil hacia el pentagrama, cuando sentí que meagarraban vigorosamente por un brazo, y al mismo tiempo vi queinterrumpían de igual modo a mi amo mientras estaba cargando su arma.Volviéndome bruscamente, descubrí el rostro irritado de un viejo, y almismo tiempo sentí que un perro robusto me saltaba a la espalda. Antes deque yo y mi amigo -inmovilizado del mismo modo por otro individuo algomás joven- pudiéramos rehacernos, aunque sólo hubiera sido con una palabrade estupor, resonó la voz del viejo, con tono amenazante y violento. «¡No,no!», nos gritaba, «¡aquí no se hacen duelos! ¡Vosotros menos que nadietenéis derecho a hacerlo, jóvenes estudiantes! ¡Abajo las pistolas! Calmaos,reconciliaos, daos la mano. ¡Cómo! Vais a ser la sal de la tierra, lainteligencia del futuro, la semilla de nuestras esperanzas, ¿y ni siquiera sabéisliberaros de ese insensato catecismo del honor, ni de sus reglas, dictadas porel derecho del más fuerte? Con esto no quiero inmiscuirme en los asuntos devuestro corazón, pero todo esto no dice mucho en favor de vuestro cerebro.Vosotros, cuya juventud ha tenido como educadores la lengua y la sabiduríade la Hélade y del Lacio, vosotros, sobre cuyo joven espíritu se han hechodescender precozmente -con una solicitud que no podréis nunca apreciarcomo se merece- los rayos luminosos de los hombres sabios y nobles de lahermosa antigüedad, ¿vais a tomar como norma de vuestra conducta el códigodel honor caballeresco, es decir, el código de la insensatez y de la brutalidad?Pero considerad de una vez por todas dicho código como hay queconsiderarlo, reducidlo a conceptos claros, descubrid su miserable estrechez,y adoptadlo como banco de pruebas, no ya de vuestro corazón, sino de

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