Francia: Angers, por Fernando Mora
Ser auxiliar de conversación (o como se conocía entre todos, asistente de conversación) es, ante todo, una gratificante experiencia digna de ser vivida por todo aquel que ha estudiado Filología o Letras o similar, no se ha ido de Erasmus, y esté dispuesto a conocer un fascinante mundo lejos de casa.
Para ello, en diciembre de 2007 solicité lo que se vende como una beca pero que realmente, a efectos legales, es un trabajo más, por suerte. Apenas terminadas mis clases prácticas de Máster ELE, me llegó la carta tan ansiada. La verdad es que al abrirla, entre dedos temblorosos, pensaba qué bella ciudad de las tres zonas posibles elegidas de Francia podría tocarme. Et voilà… ¡¡¡Angers!!! Imaginen lo primero que hice: pues fue googlear este término e ir directamente a Maps. Mi principal miedo era el de que fuera diminuto, un pueblo en plena campiña, pero sólo con las dimensiones que el mapa mostraba, junto a la inmensidad de los ríos que la cruzan (el Maine y el Loira), me di cuenta y me convencí de que merecía mucho la pena. El verde que desprendía la pantalla de Google Maps ponía en evidencia el lustre y el brillo de un país verde en sí mismo.
No me considero un hombre de mundo, pero sí un buen europeo, al menos conocedor de sus tesoros y rincones más preciados gracias a los viajes de tren por Europa vía interrail. Pero a pesar de mis estancias breves en diferentes ciudades, el miedo a enfrentarme a trabajar en Francia durante al menos siete meses quebraba mi pensamiento. No tardé mucho en disipar mis dudas. Enseguida busqué a los otros asistentes de español en Francia de años anteriores e incluso de esta misma ciudad, llegando a dar con la asistente mexicana del mismo liceo al que iría yo en caso de confirmar mi puesto. Y confirmé al Ministerio mi presencia y garantía de ir allá.
Otro temor era el nivel de lengua, aunque ya sabía que era una cuestión de adaptación y estudio. Había estudiado francés de los 12 a los 18 años, pero nunca es suficiente, eso ya se sabe, hasta que no se vive en el país de acogida. Así que a repasar apuntes de la Secundaria, a escuchar música y radios francesas y una gramática actualizada llena de ejercicios. En verano de 2008 todo estaba en preparación, pero no conocía realmente a ningún francés. Ahora podría afirmar que conozco casi a más franceses que españoles. ¡Paradojas de la vida!
Desde Madrid mi punto de mira estaba ya fijado en París y de allí dirección Angers en hora y media directo. Sabía que me iba a enfrentar a franceses de entre 14 y 18 años en dos centros diferentes, donde debería realizar tareas y actividades de conversación y cultura españolas e hispanas. En mi Arreté de Nomination sólo constaban el Collège y el Lycée de enseñanza, así como la posibilidad de poder alojarme un mes en el internado del liceo. Intenté ponerme en contacto con el centro por correo electrónico. Craso error, pues en junio o julio poco caso te van a hacer, así que para la próxima vez llamada directa de teléfono. De nuevo el miedo a no hacerse entender en otra lengua. Ahora lo haría con placer. Después de despedidas varias, sin lamento ninguno, entre familiares y amigos, pues esta partida era, a priori, sólo por siete meses, me encamino a Madrid-Barajas con todo el ánimo francés de vivir la tan caracterizada Francia del Oh la la!, del croissant y el buen foie-gras, del vino de Bordeaux y de las crepes bretonas, de la Torre Eiffel y de Notre Dame de París, del Moulin Rouge y del Voulez-vous coucher avec moi ce soir?, de Asterix y Obelix, Victor Hugo y Jules Verne… Era inevitable llevar en la mente toda una serie de tópicos típicos, clichés, estereotipos, prejuicios e ideas preconcebidas…
Llegué a la estación de Angers Saint-Laud y de allí me fui andando con mi maleta, mi gran bolsa de viajero, bolsas con libros y tantas otras pertenencias. Crucé el río y caminé durante más de una hora. Domingo, sí, domingo era aquel día de finales de septiembre en que todo permanece cerrado, o casi todo, dejando las ciudades casi muertas. Imagino que esta es una estampa habitual en muchas ciudades de Europa, y Angers no lo era menos. Casualmente, al poco de llegar al liceo, encontré a mis futuros vecinos, conserjes del centro. Nada más entrar al liceo, mi vecina me acompañó hasta la puerta de mi futura morada y allí estaba una chica china francamente delgada, de baja estatura, intelectual y muy sonriente. Su francés era mejor que el mío a pesar de la dificultad de los asiáticos hacia nuestras lenguas (como nosotros hacia las suyas). Me instalé, observé por la ventana y me dije que ya estaba en Francia y que ahora no había vuelta atrás. Pasara lo que pasase, tenía que dar lo mejor de mí mismo.
Dicen que un viaje, sea del tipo que sea, tiene tres etapas: el antes, el durante y el después. Yo me había marcado una serie de objetivos profesionales y personales. Estos eran: hacer lo mejor posible mi trabajo; aprender y continuar una formación desde España; preparar el DALF de francés; conocer decenas de asistentes y erasmus y, en especial, un buen grupo de amigos franceses; viajar a lo largo y ancho de Francia, solo o en compañía; y conocer a una chica especial, francesa, que me mostrara todo esto y más, y no solo eso, sino enamorarme de ella al tiempo que de Francia entera y de lo francés.
De Francia puedo decir muchas cosas, y no seré objetivo, si es que acaso existe la objetividad. He de decir que me he enamorado de este país cada día, pero todavía creo que puedo hacerlo aún más intensamente, pues si puedo dejar una conclusión bien clara para todos, es que cuanto más conocemos otra cultura, otro país, otra lengua, más nos damos cuenta de cuánto nos queda aún por conocer, de nuestro propio país y de la propia vida.
Creo firmemente que lo que más caracteriza al francés o a la francesa es su estilo, es decir, un francés junto a un español de las mismas condiciones y clase social se diferencia en el estilo, la clase, el saber ser y estar, hacer y actúar. Generalización, sí, pero es mi visión. Es en los pequeños detalles donde están las grandes diferencias, y entre esta nación y otras conocidas, veo el estilo y la clase como factores diferenciadores que reafirman una identidad propia, aparte de otros muchos hechos culturales. La educación y la cortesía, dos grandes pilares también de esta sociedad, aunque se dice casi todo lo contrario. He de decir que el modelo que se vende al mundo del francés típico es el del parisino. Cierto, pero París no es más que la capital, sólo una pieza más de este enorme y formidable puzle hexagonal que ya apasionaba a Winston Churchill, aunque no tanto por su población. El pueblo francés, el del gallo y la Marsellesa, es mucho más que eso. Es un crisol de culturas y lenguas, un ejemplo de la multiculturalidad que vivimos en un siglo de globalización total, en una Europa con cada vez menos fronteras. Otro ejemplo en el que veo las diferencias entre España y Francia es la manera de trabajar, la actitud y la aptitud que se adopta y se tiene. Al ir a pedir un café o una baguette a cualquier boulangerie el saludo es extraordinario, con una sonrisa. No sólo es eso, sino lo impactante es al despedirse, pues para mí la cortesía y los buenos deseos se han convertido en la norma. Escuchar, después de haber comprado el pan o algo de comer, un ¡Muchas gracias! ¡Que tenga un buen día! no es muy propio de España, o al menos de Madrid. Sé que esto es así en Hispanoamérica o en parte de ella, donde los modales y las buenas maneras forman parte de su esencia.
En pocos días conocí al resto de asistentes de inglés de la ciudad, antes que a los de español, ciertamente. Se hacían muy buenas fiestas, no inferiores a las que puede hacer un reputado español fiestero. No era mi caso aunque yo lo que hacía eran fiestascenaencuentros, una mezcla de todo, pero sin escándalos ni borracheras incontrolables. La mezcla de anglófonos era interesante: estadounidenses, ingleses, irlandeses, australianos, canadienses, jamaicanos.
Vivir en Francia con 786 euros al mes en 2008/09 no era fácil, pero en Angers, con servicio de bicis gratuito, comiendo en el restaurante del liceo por unos tres euros, y recibiendo la ayuda de la CAF (Caisse d’Allocations Familiales) uno puede vivir bastante bien, sin lujos, pero con cierta calidad. Eso sí, es fundamental buscarse los trucos para pagar menos, para viajar barato, muy barato ante el precio de los trenes TGV aun teniendo la 12-25, tarjeta de descuento para jóvenes. Quien quiere, puede, y en Francia busqué, vi y encontré precios baratos y asequibles. Todo es moverse. Incluso clases gratuitas de francés en el Instituto Municipal. En fin, las posibilidades existen, sólo hay que encontrarlas.
En cuanto a las clases, mi experiencia previa con adultos había sido buena, pero con adolescentes apenas existía. La ventaja: todos eran de la misma nacionalidad, pero un problema al mismo tiempo. Ser asistente de conversación no es sólo darles tema para el palique y la charla. Yo creo en la gramática, en todos sus aspectos, en la cultura como elemento motivador y en la conversación como punto definitivo para relucir toda la teoría. Para mí fue chocante escuchar cómo me llamaban “¡Monsieur!” los primeros días, pues ni estoy acostumbrado, aunque me gustaba, y sólo tenía 24 añitos. Ni alumno ni profesor. Tenía que encontrar mi sitio, y no era nada fácil. El mejor contacto, con los de Terminal (2º de Bachillerato) y el peor con los chavales de 14 años.
Pero aun así su nivel de respeto y educación es superior a la media de un centro español. Y eso no se ve solo en clase, se huele y se intuye fuera de clase, en la familia. Dentro de clase, por primera vez solo ante ellos titubeas, les miras a los ojos y ellos a ti con curiosidad, aunque no la tengan por el español. Habría mucho que decir, pero, resumiendo, creo que los lazos que nos unen son enormes y esas diferencias culturales enriquecedoras son mínimas. Gracias a dos alumnas hermanas, mellizas, encontré a mi pareja actual, francesa. Y he escrito todas estas líneas desde un pueblecito muy cercano a Angers. Nunca pensé estar aquí y ahora. Hay que salir de España, y más si eres profesor de español. C´est obligé, quoi!!!