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Peronismo

Peronismo

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Clase 15 Feinnman
Clase 15 Feinnman

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P
eronismo
 José Pablo Feinmann
Filosofía política de una obstinación argentina 
Suplemento especial de
P
ágina
/12
Eva Perón (II)
15
 
General Viamonte (estación LosToldos) es un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, concasas chatas y calles arboladas quemuy pronto se pierden en caminosde tierra. Como muchas otras poblaciones dela República Argentina, Viamonte nació alre-dedor de una estación. Fue inaugurada en1893 y en aquel entonces se la llamó Los Tol-dos por hallarse próxima la toldería del famosocacique Ignacio Coliqueo”, escribe Marysa Navarro en la mejor biografía con que segui-mos contando sobre Eva Perón. (
Nota 
: Marysa Navarro,
Evita 
, Planeta, Buenos Aires, 1994,p. 19). Evita, por decirlo de modo directo y acaso brutal, nace en medio de la nada. Naceen un pueblito ignorado, insignificante, lejosde cualquier centro urbano que pudiera teneralguna importancia en la república, en el paísque habría de gobernar, junto a su marido,con mano de hierro. Nacer en Los Toldos esya nacer bastarda. El que nace en Buenos Airesnace en una gran ciudad. Una ciudad con his-toria. Con linaje, prosapia. Con esa palabra ampulosa que nombra a quienes, no bien vie-nen al mundo, tienen asegurado el Ser:
abolen- go
. Esta es la primera marca de su bastardía.Haber nacido en un lugar también bastardo.Que nada tenía detrás, salvo algunas historiasde malones, indiadas bárbaras, algunas cauti- vas. “¿De dónde sos, nena? ¿Dónde naciste?”“En Los Toldos.” “¿Dónde queda eso? Nena,¡nacer en Los Toldos! Ahí se nace para sirvien-ta.” Sólo las sirvientas nacían en lugares así.Las que estaban condenadas, en el mejor delos casos, si tenían el coraje de hacerlo, a emi-grar a Buenos Aires, ciudad que las recibía congesto áspero, orgulloso, y las destinaba a ofi-cios subalternos: sirvientas, prostitutas, traba- jadoras en algún tallercito textil si sabían algode corte y confección. De esta forma, en LosToldos, “pueblito similar a tantos otros de la República, nació una madrugada de mayo de1919, Eva Perón –así por lo menos lo asegu-ran los vecinos del lugar–, aunque la partida de nacimiento de María Eva Duarte, hija de Juan Duarte y de Juana Ibarguren indique quenació en Junín, el 7 de mayo de 1922. Algu-nas fuentes señalan que tanto el mes como elaño consignados en esta partida son erróneos,pues en realidad Evita habría nacido el 26 deabril de 1919”. Otra vuelta de tuerca sobre subastardía. Otra señal de impureza en su frente,en su carne. Otra marca. Otro dato que nopodrá ofrecer. Ni siquiera se sabe exactamentecuándo nació. Cualquiera sabe el día de sunacimiento. Cualquiera celebra su cumplea-ños. El bastardo, ni siquiera eso. No vamos a entrar en el análisis detallista sobre el porquéde las distintas fechas. Puede que más adelante veamos algo a raíz de su casamiento conPerón. Aquí es otra cosa la que nos interesa. Eltema de la bastardía. Y decimos por qué. La bastardía es el eje central para entender la vida de Eva Perón. La de Evita es la aventura des-lumbrante de una pequeña chica de provinciasque busca darse el Ser. Ser algo. Tener entidadontológica. Derrotar su bastardía. Ella, quenació en un lugar que era nada, que tuvo unpadre ausente, que no la reconoció, ella, la bastarda, buscará a lo largo de su vida lo quenunca poseyó: la densidad del Ser.Para tratar esta cuestión no puedo sinobasarme en la gran obra de Sartre sobre eltema:
San Genet, comediante y mártir.
No esalgo que no haya hecho. Todo el guión queescribí para la película 
Eva Perón
, de 1996, está centrado en el texto de Sartre. O acaso notodo, pero sí muchos de sus aspectos esenciales.Tengo que decir algo sobre ese guión. Creoque es uno de los mejores textos que escribí.(Que nadie se preocupe: decir que es uno delos mejores textos que escribí no significa quesea bueno. Puede que sólo sea menos malo queotros. ¿Está bien así?) Tuve la buena fortuna decontar con una actriz que se encarnó en él, quelo hizo suyo, que buscó a Eva a través de esaspalabras y la encontró como nadie en este paísy dudo de que en otros. La dirección de undirector como Juan Carlos Desanzo incidiómucho en el resultado final. Nunca un directorde cine me respetó tanto un guión. Nunca una actriz tuvo la libertad de Goris para entregarleal personaje su dolor y su tragedia. Llegó a pesar los treinta y tres kilos que pesaba Evita.Destaco lo de Desanzo porque es un directorminusvalorado por una crítica que lleva a lasnubes a directores verdes como esos higos que,si te los comés, te dan una diarrea de una sema-na. Desanzo es un gran técnico. Tiene una gran escuela. Nadie le dijo que era un genio,un cineasta autor que tenía que filmar sus pro-pios guiones. No bien juntó la plata para hacerel film, me llamó y me pidió el guión. Lodemás salió fácil. La película tiene defectos,pero todo veintiséis de julio, invariablemente,es la película que se pasa para recordar a Eva Perón. Tardará mucho en aparecer, si es queaparece, una que la supere. Que el guión estélleno de premios no es un mérito que deba sertomado en serio. El cine es un arte del show business y está organizado para el barullo. Hay muchos, demasiados, festivales y en todos sedan premios y se consagra a directores y a acto-res para una eternidad, que, salvo en el caso delos realmente talentosos, dura poco. ¿Saben porqué? Porque se la creen. Tanto les dicen queson “autores” y, peor, que son autores “genia-les”, que, inexpertos, jóvenes, consagradosdemasiado rápido, se la creen. Bien, este guión,en el que me voy a basar tanto como en eltexto de Sartre, tuvo demasiados premios. Algunos importantes. Uno, por ejemplo, en unFestival de Boston, con un jurado exigente y que no está en mis manos. Se lo quedó el pro-ductor, pero tal vez le sirva a él más que a mí. Y otros patéticos. Tengo un premio de la Honorable Cámara de Diputados. Es de 1996y se trata del “Premio Eva Perón a la verdadrevelada”. La película se le entregó en conside-ración al director del Instituto de Cinemato-grafía de ese entonces, el señor Julio Maharbiz.Los productores ansiaban que fuera enviada alOscar. Según fuentes certeras, todo pareceindicar que el señor Maharbiz la derivó al pre-sidente de la República de ese entonces, CarlosMenem, con el siguiente lapidario juicio: “Esbasura montonera”. Yo había puesto en boca de Eva muchos discursos sobre lo que, para ella, era el peor peligro del peronismo: “El sur-gimiento del espíritu oligarca en el corazón delos dirigentes peronistas”. Se trataba de las cla-ses que ofrecía en la Escuela Superior Peronis-ta, lugar en el que simultáneamente Perón dic-taba sus visiones clausewitzianas sobre la con-ducción política. Algunos los había modificadopara que apuntaran más certeramente al plexode la perversión menemista: “Yo, compañeros,ya casi no le temo a la oligarquía que derrota-mos el 17 de octubre. Lo que a mí me preocu-pa es que pueda retornar en nosotros el espírituoligarca (...). Y para que eso no suceda he deluchar mientras tenga vida (...). Para que nosean los peronistas los que entierren al peronis-mo” (J. P. F.,
Dos destinos sudamericanos 
,Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 1999,pp. 54/55). Esto, pensaba, le va a caer pésimoal menemismo. Menem lo absorbía todo. Lellevaron la película, esa “basura montonera”.La vio y dijo: “A mí me gusta”. Y la enviaron alOscar. No entró en la selección. No habíanseleccionado la de Alan Parker con Madonna,menos iban a darnos importancia a nosotros.Pero no importa. Lo del Oscar es un albur quese corren los productores. Lo notable es cómono había discurso ideológico-político quepudiera hacerle cosquillas al cinismo deMenem. Al menos, Maharbiz tenía fresco suodio y sabía qué detestar y qué no. No sé si elfilm era “basura montonera”, pero sin duda era la visión de la izquierda peronista, que, lo digouna vez más y lo voy a decir muchas vecestodavía (pues ni entré en ese tema), no se ago-taba en Montoneros. Era la Evita combativa, la que se quemaba en el fuego de la militancia. A esa Evita la construimos todos en los setenta.Lo raro era traerla en los noventa. Beatriz Sarloescribió en alguna parte: “Volvió la Evita mon-tonera”. No sé. Si todos quieren regalarles la Evita de la pasión, del amor por los pobres, la Evita del traje sastre y el rodete a los Montone-ros, desde aquí nos vamos a oponer. Evita nopuede ser reducida a los Montoneros.
Y muchomenos esa imagen de Evita que es, precisamente,la verdadera.
Porque ella no fue lo que sugería había sido la burla de Halperin Donghi enMaryland, en 1984, cuando chismorreó quelos jóvenes de la JP, siempre tontos, engañados,malentendiendo todo, visitaron a Delia Parodiy le hablaron de Eva y la vieja Parodi les dijo:“Vean, lo siento, pero la señora no era así”.
La Señora era así 
. Y ya vamos a ver por qué
necesi-taba 
ser así.
EL LENGUAJE DELA OLIGARQUÍA
Evita no es la del retrato de Manteola, el queilustra la portada de la edición Peuser de
La razón de mi vida.
Tampoco es la Evita vocife-rante de Carpani, aunque respeto más la visiónde Carpani. Ahora, en esta pictorialidad, inter- viene la Evita excepcional del artista DanielSantoro. Tal vez sea ella. No sé. Cuando veo la Evita de nuestro film me cautivo y me emocio-no. Creo que ella es ésa. Que Goris hizo unmilagro de encarnación. Se metió en el cuerpode un personaje, se adueñó de todas las pala-bras que yo había escrito y las dijo con una jus-teza, una pasión inigualables. Ahora ya está. Sitantos consideran, en todos los 26 de julio, quees nuestro film el que deben proyectar, quizá 
II
 
no nos equivocamos. Más aún: probablementedimos en el corazón del asunto, en el corazónde Eva.Lo que vamos a tratar es la cuestión de la bastardía. Si la vida de Eva fue la búsqueda deun ser, de ser algo, de dejar de ser una nada impecable, una bastarda nacida en un puebloinexistente, el punto más arriesgado de esta lucha estuvo en su ambición por la vicepresi-dencia de la República. Veremos el análisisque Sartre hace de la bastardía en su
SanGenet 
y veremos los más que atinados análisisque desarrolla Juan José Sebreli en el que(para su infortunio y su posible desagrado) es,para mí, el mejor de sus libros:
Eva Perón, ¿aventurera o militante? 
El mejor, quiero decir,
lejos 
. Durante el año 1996, en medio del augede la película de Madonna-Parker, le ofrecie-ron reeditarlo. Deben haber sido varias lasofertas. Se negó. Era tan poderoso el antipero-nismo que había crecido en él desde 1966hasta entonces, que se negó, rechazó todo.Cualquiera hubiera reeditado un libro que es,en rigor, excelente. Con una simple aclara-ción: “Yo pensaba eso entonces. Ya no piensoasí. Pero creo que ese libro enriquece el deba-te”. Pocos, hoy, lo conocen. Menos lo hanleído. Hay que admitir que Sebreli fue fiel a sí mismo: “No quiero ni oír hablar de ese libro”.Pero, ¿tenía razón? ¿Por qué no aceptarlocomo un libro que, si bien no reflejaba su pre-sente, era parte de su historia? ¿Tanto quería negar esa historia? Sarlo se le parece cuandodice que nada de lo que escribió antes de 1984(espero no equivocarme en esta fecha) o de1980, no le pertenece. Somos también lo quehemos sido. No podemos dejar de serlo. Losomos aun en el modo de no serlo. A uno leduelen muchas de las cosas que ha escrito.Pero el motivo de ese dolor no es sólo porqueahora haya cambiado de opinión. A veces ocu-rre que la historia nos ha castigado tanto quenuestros escritos del pasado se han tornadopatéticos. En mi libro de 1974,
El peronismo y la primacía de la política 
, luego de analizar eldiscurso del ministro de Hacienda de Aram-buru, Eugenio Blanco, que terminaba dicién-doles a los jóvenes a los que se dirigía quehabrían de asistir, ahora, con la caída del“régimen depuesto”, “al retorno de la Argenti-na de vuestros padres y abuelos, que vieroncrecer a este país en una atmósfera de libertad,de decoro, de decencia y de austeridad repu-blicana” (
Ibid 
., p. 158), yo había escrito untexto que suele estremecerme porsu candidez, por su esperanza inmediatista, excesiva-mente joven, no tra-bajada por eldesconsuelo ni por los fracasos, por nada, sólonacida al calor de la esperanza, de las ilusionestempranas. Era el que sigue: “No volvió, sinembargo, esa Argentina. Un 17 de noviembrede 1973, el líder de los trabajadores pisaba nuevamente el suelo de la Patria: volvía, traída por la lucha del Pueblo, la Argentina dePerón” (
Ibid 
., p. 158). Carajo, ni sospechaba yo cuál habría de ser la Argentina de Perónque volvía. Imaginaba un país más justo, conun pueblo feliz, un líder viejo y sabio y una  juventud impetuosa. Regresaba, en cambio,algo nuevo. Algo que no regresaba. Que apa-recía brutalmente por primera vez. La Argen-tina de los aparatos represivos del peronismomanejados por el cabo sanguinario, por Lope-cito. Y un Perón duro, que le dio la espalda desde el primer día a la juventud maravillosa y dejó hacer a los mercenarios. Que los mantu- vo quietos, en parte, mientras vivió, pero lespermitió organizarse ante sus propios ojoscomplacientes. El pueblo, lejos de ser feliz, seretiró, asustado, espantado a sus casas, que noeran “fortines montoneros”, eran simpleshogares de trabajadores que sólo sabían ganar-se el pan de cada día para la mesa familiar enun clima de paz, como el peronismo les había enseñado. ¿Qué podía yo hacer con mi textopatético, burlado por una historia de sangre,de cadáveres, de zanjas clandestinas? Duranteaños lo escondí. Saqué otra versión retocada,en la que textos como ése no estaban. Noquiero que sea así. Que se lea. Ahí está. Yotenía treinta años. Todo me ruboriza. Escribir“Patria” y “Pueblo” con mayúsculas. Creerque a Perón lo traía la lucha del pueblo y nosospechar siquiera que si volvía era porquehabía pactado con los militares frenar a la gue-rrilla y manejar un gobierno basado en elempresariado nacional y los sindicatos. Noestoy seguro de muchas cosas. O sí, pero luegode varios quebrantos. Pienso que hablar de “la lucha del Pueblo” es excesivo. El pueblo pero-nista no era un pueblo de lucha. La que peleófue la militancia y las formaciones especialesque enfrentaron a un régimen ilegal, anticons-titucional, al régimen de la “Revolución Argentina” de Onganía y los cursillistas ultra-católicos, queempujaba a la rebe-lión y a la violencia por negarse a auto-rizar algo tan simplecomo que Perónregresara y punto.¡Cuántas vidas sehabrían evitado! Aun en1972 no era todavía tarde.Menos lo había sido en 1964,ahí estuvo el error que hace caersobre el gorilismo militar y político(la cancillería radical del gobierno deIllia) la responsabilidad de haber frena-do el retorno político al líder que los traba- jadores reclamaban. ¡Tanto hubo luego queluchar para traerlo que nadie pudo frenarnada! Canallas, todo por no perder unas elec-ciones. Por seguir prohibiendo dictatorial-mente al peronismo, que reclamaba simple-mente su legalidad. Entonces, en 1972, escribí eso: que a Perón lo traía la lucha del Pueblo,con mayúscula. Eramos casi todos peronistasen esa encrucijada porque Perón
tenía que vol-ver alguna vez 
. Pero, ¿qué lo había impedido? Analicen todo el estiércol gorila y conservadory milico que tiene el final del discurso deEugenio Blanco, pronunciado en noviembrede 1956 en la Facultad de Ciencias Económi-cas de la UBA. “Vosotros, jóvenes (...) vais a asistir al retorno de la Argentina de vuestrospadres y abuelos, que vieron crecer a este paísen una atmósfera de libertad, de decoro, dedecencia y de austeridad republicana.” ¡Cuán-ta basura junta! El estilo del discurso: “voso-tros”, “vosotros vais”, “vuestros padres y abue-los”. ¿A quién le hablaba Blanco? No a losobreros, desde luego. Les hablaba a los univer-sitarios del Cristo Vence y de los comandosciviles. A los niños universitarios de una uni- versidad para ricos, para pocos. ¿Qué palabrasusaba? ¿Qué palabras nos enseñaron a odiarestos gorilas represores, conservadores jurási-cos que se adueñaron del poder luego de echara Perón, con el cual uno también tiene susbuenas broncas porque no los enfrentó comoera necesario? “Atmósfera de libertad.” “Deco-ro.” “Decencia.” Y la cifra perfecta del lengua- je reaccionario argentino: “austeridad republi-cana”. Esta es la 
república 
que yo conocí desdeniño. La república austera de los golpistas, dela derecha, de los conservadores, del poder, dela oligarquía, de la Sociedad Rural y de losmilitares. Caramba, voy a reeditar ese libroingenuo de 1974. Porque entre mis ingenui-dades acerca de la “lucha del pueblo” y la pos-tulación de Perón como el “líder de los traba- jadores” que esa lucha permitía regresar a la patria y las palabrotas viejas, gorilas, golpistas,que todavía se oyen, porque estamos hartos deunos cuatro o cinco años a esta parte de volvera oír a hablar de la “austeridad republicana”,me quedo con mis ingenuidades. Y bueno, escierto: no se me hizo. Ni a mí ni a la mayoría de todos los de mi generación.
Pero no hablá-bamos el lenguaje de Eugenio Blanco ni propug-nábamos el regreso de la patria de nuestros  padres y abuelos.
Porque esa patria no existía.Porque muchos de nosotros
no teníamos abue-los argentinos 
. Ese lenguaje de Blanco es terri-blemente oligárquico porque establece el lina- je del poder. Y aquí es donde volvemos a la bastardía de Evita. Ella nunca podría decir “la patria de nuestros padres y abuelos” porquesus padres no eran sus padres o no la habíanreconocido. Sus abuelos no existían. Y,
sobre todo, nunca la patria había sido de ellos.
 Ahí está mi texto de 1974. Salió el libro en esa fecha, pero yo lo escribí en 1973. En plenoauge de nuestras patéticas esperanzas, de nues-tra desgarrada historia, cuando, en rigor, nocreíamos que volvía ninguna historia, sino que volvía el líder de los trabajadores para que,entre todos, hiciéramos una nueva. Se sabecómo terminó todo. Otra vez volvió la patria de los padres y los abuelos de la oligarquía.Esta vez con más furia que nunca. Veníantambién a defender a la república. Cierta vez,en San Juan, una tarde de terrible calor, enpleno 1977, vi un enorme cartel, ya ni recuer-do qué hacía en San Juan, ni importa, vi,decía, un enorme cartel, un afiche pegoteadoen toda una pared. Exhibía la Pirámide deMayo. Era la República, sí. Y debajo de ella había unos sables que la sostenían. Y arriba,bien visible, con letras enormes, una leyenda:“La venimos salvando desde 1810”. Y abajo,al pie, también con letras enormes: “La volve-remos a salvar ahora”. Ahora esa república rea-parece defendida por una caterva de periodis-tas (periodistas, no teóricos ni ensayistas niacadémicos) que se enfervorizan atacando a ungobierno al que llaman “montonero”, “terro-rista”, “autoritario”. Debo confesar que esa “República”, cuya defensa y cuya excusa comoarma para atacar a sus supuestos agresores viene desde Mitre y Sarmiento, tiene hoy defensores de poca clase, de poca credibilidad,de excesivo hambre de visibilidad mediática.
EVA Y JEAN GENET
Supongo que Sebreli se va a incomodar con-migo porque retome, me haga cargo, busquemateriales valiosos en ese libro, que él se negóa reeditar. Supongo que hay frases, enterospasajes de ese libro que hoy, de la mano deLópez Murphy o de la señora Carrió, le fasti-diarán en grado extremo. Por ejemplo: “Lasrelaciones entre el Ejército y Eva Perón mues-tran al desnudo la mentalidad castrense: suprejuicio de clase, su espíritu de cuerpo, supatriarcalismo, su misoginia y el moralismohipócrita típicamente pequeñoburgués. La supuesta inmoralidad de Eva Duarte era elmodo inconsciente de ocultar el verdadero
III

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