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I
F
s
HACERNOS AFRICANOS Y ORIENTALES
faltaría a la sinceridad quea sus lectores, y hasta se engañaría a sí mismo, si dejara de re-gistrar en estas páginas el tema que —pese a sus modestas proporcio-mes materiales— tanto y tan hondamente ha sacudido a los españolesal acabar el año de 1957. Nos referimos a Ifni, hasta entonces nombrede poca resonancia en la masa del país, pero después el más eficaz re-vulsivo nacional que hemos conocido desde hace mucho tiempo. Todopor obra y gracia de las monstruosas agresiones —-más bárbaras quebélicas— de las bandas armadas que se hacen llamar «Ejército de Li-beración» {?), cobardemente espoleadas o amparadas por un Estadorecién emancipado merced a la concesión de sus protectores y, por su-puesto, formando parte el episodio de un vasto plan encaminado a unadoble quiebra: del Occidente en África y Oriente y de los mismospueblos africanos y orientales utilizados como instrumentos, antes deconvertirlos en satélites del nuevo colonialismo, mil veces más duroque el europeo.El tema de Ifni se puede enfocar de varias maneras. Una objetivay fría, a la luz del Derecho' internacional, ya que los responsables delo sucedido se han atrevido a invocarlo y se consideran como repre-sentantes de un miembro de la O. N. U. Es una exposición que no re-huiremos, porque la ejecutoría de España se revalida en este aspecto;pero que no agota ni da idea exacta de la índole de la cuestión. Por-que cuando se derrama la sangre humana, y más la inocente, la frial-dad está a dos pasos de la pusilanimidad, escalón para el «premio a la"agresión» mencionado' por Ministerio de Asuntos Exteriores español.En realidad, Ifni es un problema que, tal como se ha planteado, en-cuentra una respuesta en el campo de la
ultima, ratio,
según el ar-tículo 51 de la Carta de San Francisco. Pero no estorba el tratarlo deoteo modo, para mejor precisión de muchas cosas, ya que no todas seconocen bien.
 
Ya es significativo que España esté en «la Mar Pequeña» desde elsiglo XV, cuando su unidad estatal no tenía la forma actual y, por su-puesto, cuando el Magrib era un nombre geográfico, ocupado por po-deres inestables y pueblos primitivos, en lucha contra el dominio aque pretendían someterlos aquéllos, apoyados en los elementos más•cultos de áreas minoritarias, casi todas urbanas e iluminadas por losaportes humanos y por la civilización llegada desde el otro laclo delEstrecho. Y nos importa mucho subrayar estos rasgos, porque después•de tantos siglos no han desaparecido del país llamado Marruecos oMagrib, a causa de su carencia de nombre propio. Han variado- los•detalles externos; las hordas usan ametralladoras •—suministradas, porsupuesto— en vez de alfanjes, pero siguen siendo hordas. En el Ma-gnb occidental hay visibles rasgos de aglutinación humana y de imi-tación de la existente en Europa, civilizada y criticada, pero es porquedurante cuarenta y cuatro años dos naciones europeas, de cultura latina,han estado presentes, imponiendo su civilización. Y en cuanto su ge-nerosidad ha aflojado las riendas tutelares, han renacido los viejos ins-tintos y, alentados por quienes parecían asimilados a ese grado deeducación indispensable para convivir en el mundo, han empezado aroer el edificio costosamente levantado y a difundir sus niales, ahoramucho más peligrosos. Porque entre tanto el mundo exterior ha se-guido girando; así, por ejemplo, mientras que la piratería berberiscaproducía sólo consecuencias locales hasta entrado en siglo XIX, el gol-pe fallido de Ifm ha repercutido en todo el orbe, ya que, como escri-bió el New
York Times,
sus resultados interesaban a todo el mundolibre.Quede bien claro el convencional significado que cobran entre lospueblos africanos los clásicos conceptos europeos de Patria, Nación yEstado, que no equivalen a la añeja idea de la
Dar-alAslám
rotasen mil pedazos y a las que reemplaza una xenofobia salvaje e irres-ponsable, cuyo comienzo está en los malos recuerdos, el recelo y la an- •tipatía colectiva, para acabar basándose en la miseria la ignorancia yel atraso de la masa, mezcladas con la envidia, la codicia y la ambiciónimpulsivas de los dirigentes. Marruecos no tuvo nunca más base inter-nacional que la vaga jerarquía islámica de los Sultanes, como
imanesY
«comendadores de los creyentes» y la más concreta que las poten-cias europeas, con España a la cabeza, inventaron para tener con quientratar, ya que el suelo marroqse extiende por el Atlántico y el Me- '
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diterráneo, en las espaldas del acceso sudoccidental de Europa, Si enMarruecos hay «nacionalismo», a los protectorados se debe. Si Ma-rruecos tiene en algunas partes fronteras definidas, a la acción de laspotencias extranjeras se debe. Es absurdo parangonar Ifni con las rei-vindicaciones nacionales localizadas en otras partes del mundo. Locierto es que el mapa mundial está cubierto por territorios setniencla-vados —dada la delimitación
de fació
existente al producirse la agre-sión—, esto es, limitados por tierra con un solo vecino, pero dotados.de litoral, y que medio mundo, por no decir todo- él, está lleno defronteras derivadas de un Tratado de paz cuyo respeto, de mejor opeor grado, practican todos los' que necesitan convivir y relacionarse,siguiendo lo que establece el artículo- 2.", 4." de la Caria de SanFrancisco.Ifni no es un caso excepcional; al contrario. Lo consideramos na-tural, dada la
inorgama-dad
de Marruecos frente a una constante his-tórica que ha calado en la realidad humana, y que, siguiendo a uncientífico, Hernández Pacheco-, se corresponde con la realidad geofí-sica de una suerte de islote canario anclado en la «.costa de hierro»africana del mar hespérico. La constante histórica es bastante conociday no precisa de minuciosas exposiciones: bula de Eugenio IV (1443) yReal Cédula de Juan II {1449) sobre el establecimiento en la costa, en-tre los Cabos Guer y Bajador. Ocupación española de la legendariaSanta Cruz de Mar Pequeña, antecedente oficial de I£ni {1476) con re-conocimiento portugués (Tratado de Cintra, 1508). Y no añadimos ma-rroquí porque la autoridad sultaniana quedaba muy lejos de SantaCruz, como lo prueba la sumisión directa a la Corona castellana de lagente de Tagaós (i499). Ese alejamiento persistió mucho- tiempo des-pués de perdida Santa Cruz (1524), pues los Sultanes lo afirmansolemnemente en los Tratados de 1767 (28 de mayo-; artículo 18) y17.99 (1." de marzo; artículo 22).En 1860, el Sultán, como soberano de Marruecos, cede «Santa Cruzla Pequeña» a España {Bases preliminares del 26 de marzo, nú-mero- 2, y Tratado de Paz de 26 de abril, artículo 3.°). Obsérvense doscosas ele aplicación actual. Una, el Tratado era y sigue siendo plena-mente válido. Lo afirmaron los Sultanes en sus repetidas negociacio-nes localizatorias con España antes del Protectorado, incluso por víanegativa —queriendo dilatar su efectividad o reemplazar la -cesiónmediante un nuevo acuerdo—; la última vez en la Carta del 17 de
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