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Jurados y defensa:lo técnico, lo académico, lo político.

Jurados y defensa:lo técnico, lo académico, lo político.

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Published by Guillermo Nicora
Hacia fines de 2008, INECIP promovió (como acción para avanzar en la instauración del juicio por jurados) una serie de presentaciones judiciales por parte de defensores de todo el país. El profesor Víctor Corvalán (de la UNR), conocido juradista con una dilatada trayectoria como abogado defensor, dio a conocer un texto crítico a esa iniciativa. Este es el escrito publicado por el autor en respuesta a esa crítica.
Hacia fines de 2008, INECIP promovió (como acción para avanzar en la instauración del juicio por jurados) una serie de presentaciones judiciales por parte de defensores de todo el país. El profesor Víctor Corvalán (de la UNR), conocido juradista con una dilatada trayectoria como abogado defensor, dio a conocer un texto crítico a esa iniciativa. Este es el escrito publicado por el autor en respuesta a esa crítica.

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Published by: Guillermo Nicora on Dec 26, 2012
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Jurados y defensa:lo tecnico, loacademico, lopolítico
 
(Respuesta a la respuesta negativa del profesorCorvalán a la iniciativa INECIP en pro del juicio por jurados)
Por Guillermo Nicora
En las últimas horas del año 2008 recibí de la generosidad del profesor Víctor C
ORVALÁN
un breve perocontundente documento en el que sienta su posición contraria a la iniciativa promovida desde INECIPsegún la cual el día 16 de marzo del 2009 se presentarán simultáneamente en las 23 provincias delpaís, en el Estado Federal y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sendas excepciones de falta de jurisdicción con el objeto de reclamar en cada caso concreto que el juicio público se efectúe bajo ladirección de un juez profesional y 12 jurados legos de acuerdo al modelo de jurado clásico anglosajón.Aún sabiendo de la firme convicción (y acción) juradista del distinguido colega rosarino, no podría decirque me sorprendió su negativa: bien conocida es su aún más firme vocación polemista, en el mejor delos sentidos: el profesor C
ORVALÁN
tiene la capacidad de mostrar el lado menos obvio de los temas, ysiempre está dispuesto a proponer una mirada alternativa hasta donde parece más difícil disentir. En lopersonal (y sé que muchos lo sienten así), siempre agradezco este ejercicio continuo del pensamientocrítico, aunque, como es lógico, no siempre comparta sus posiciones. Esta es una de esas ocasiones, yprocuraré refutar algunas de las razones que nos ofrece C
ORVALÁN
para no adherir a la iniciativa.
¿La inobservancia de la Constitución genera derechosadquiridos?
Dice bien el documento que Corvalán ha tenido la dedicación de escribir (seguramente con las últimasenergías de un año intenso) que
 
Tengo claro que como defensor penal, debo cumplir con una estrategia que sealo mejor para mi cliente y ello debo hacerlo, sin responder a planes que pretenden cambios de políticas judiciales. De lo contrario subordino mi  práctica profesional a mis intereses ideológicos que si bien defiendo en laacademia, por excelentes que ellos sean, nada tienen que ver con la defensa demi cliente. Dicho de otro modo, el ejercicio profesional que cumplo, no puedesometerse al cumplimiento de objetivos diseñados por instituciones conobjetivos científicos, que pretenden cambios de las políticas estatales.
Esto es, sin dudas, atar el carro donde se debe, detrás del caballo, y coincido en que un defensor quesacrifique el derecho de su cliente a la mejor defensa, es un mal defensor cualquiera sea el altar delsacrificio. Pero no creo que sea éste el caso. El propio C
ORVALÁN
reconoce explícitamente el derechoconstitucional que tiene todo acusado a ser juzgado por sus pares. La increíble mora de un siglo ymedio en hacer efectivo este derecho, no debe llevar a creer que el juzgamiento por jueces a sueldodel gobierno (como gustaba decir C
ARRARA
) resulte más conveniente en ningún caso. Salvo, claro,cuando uno confía en que la común pertenencia de juez y acusado al estrato social de los favorecidosprovoque un hermanamiento o identificación que favorezca indebidamente a éstos.Creo que es ése y no otro el contexto que torna favorable al acusado esta violación constitucional. Meparece, entonces, que bien harán los defensores de los escasos acusados poderosos en no plantear enesos casos la excepción. No estoy tan seguro que sea ésta una opción éticamente apropiada: llevandoeste razonamiento al extremo, también sería posible asegurar la absolución de nuestro clienteimpidiendo mediante un engaño (o matándolos, para ser drásticos) que los testigos de cargo lleguen alTribunal el día del juicio, pero todos sabemos que el violar la ley no integra el deber del abogado parasu cliente. Optar por un juez profesional cuando correspondería un jurado equivale a aprovecharse dela falta de imparcialidad del juzgador. Y es, a mi juicio, éticamente reprochable, quizás hasta trasponerlos límites del mandato legal del defensor. Sólo la inveterada costumbre de aceptar mansamente losveredictos dictados por jueces profesionales torna natural esta claudicación.Pero quiero superar este primer escollo que propone C
ORVALÁN
para adentrarme en el rechazo a dosargumentos que rechazo especialmente: el paternalismo del defensor y la supuesta neutralidadacadémica.
¿Quién debe decidir las estrategias defensistas?
Dice mi colega en su crítica:
dudo que un tema tan polémico y técnico como el que se plantea, puedallegar a ser entendido cabalmente por quien carece de conocimientos jurídicos(el cliente) y por lo tanto seguramente se subordinará a lo que decida suabogado.
No hay dudas de que el elevado tecnicismo de algunas cuestiones jurídicas escapa al entendimientomedio de los legos, pero para eso los defensores son Abogados. No creo que el mismo obstáculo se lepresente a C
ORVALÁN
(sin duda, un muy eficiente defensor) cuando utiliza a favor de sus clientes losalambicados argumentos de la dogmática penal. Ni siquiera su innegable competencia como docentedebe alcanzar para hacer entender a los acusados (en su mayoría legos) el significado de los máscomplejos avances de la Teoría del Delito, que tanto cuesta enseñar en las aulas. Y eso no lo priva deusar la herramienta, cada vez que ese uso procura una mejor defensa.
 
Es que justamente, la relación entre el acusado y su defensor técnico se basa en que aquél deposita eneste su confianza, especialmente en la dilucidación de las cuestiones técnicas que no es fácilcomprender. Cuando se trate de optar entre dos caminos jurídicamente posibles, siempre es parte deldeber del técnico brindar al titular del interés toda la información necesaria para que sea éste quiendecida (el
consentimiento informado
, que es habitual mencionarlo sólo en el ámbito de la praxismédica, cuando en verdad corresponde a cualquier relación basada en el mayor conocimiento técnicode uno de los contratantes). Y sin duda, ningún defensor (cualquiera sea su grado de compromiso conINECIP o con el juradismo) planteará esa excepción sin previo consentimiento informado de su pupilo,sin faltar a la ética y a sus deberes legales.El problema que plantea C
ORVALÁN
en este punto puede invertirse: ¿es legítimo que el abogadodefensor consienta la integración del tribunal (como se hace de rutina) sin asesorar a su cliente sobre elderecho que tiene a ser juzgado por sus pares? Creo que la iniciativa de INECIP, en este marco, toma suverdadera dimensión cívica.No creo, por otro lado, que sea demasiado difícil hacerle entender al menos ilustrado de los imputadosque él tiene derecho a que lo juzguen personas comunes, del pueblo, y no una élite de universitariosque por lo general no conocen la situación vivencial de los marginales si no es desde la visiónprofesional. Que para decidir si es cierto o no lo que se dice acontecido, tiene derecho a que laspersonas empleen el sentido común, juzguen en base a lo visto y oído en la audiencia del juicio y no através de teorías creadas en las universidades europeas, y discutan su decisión en el lenguaje llano delhombre de a pie en lugar de la hermética jerga de los tribunales.Y una última cuestión sobre este tema: es comprobable la existencia de casos en que la ciencia jurídicaofrece razones para resolver que aparecen contrapuestos al sentido común. En esos casos (que sonmuchos sólo en las aulas, en la vida cotidiana de nuestros tribunales penales, son verdaderas rarezas),el veredicto de un jurado no coincidiría con el de un juez técnico. Dos son las razones para descartareste argumento como obstáculo al jurado: por una parte, no estoy tan seguro de que siempre y entodos los casos las construcciones científicas reduzcan el uso del poder penal; por la otra, siemprehabrá posibilidades de plantear ante el tribunal técnico del recurso contra la condena, un argumentoque demuestre de qué modo el veredicto viola la Constitución o las leyes.
El karma de la neutralidad de la ciencia.
Ya hacia el final del documento, C
ORVALÁN
propone una preocupación que definitivamente no puedocompartir:
Estoy persuadido que este programa le hará mal al propio INECIP ya quedesnaturalizará sus funciones de investigación científica y de divulgaciónacadémica, convirtiéndolo en un órgano con objetivos de cambios políticos,que le incumben a otro tipo de organización, fundamentalmente a los partidos políticos. El INECIP tiene una importante trayectoria en el ámbito de la cultura jurídica y no puede en aras a conseguir que se produzca un cambio en lalegislación, provocar una concertada actividad de abogados dispuestos aseñalar al mismo tiempo que sus clientes tienen derecho a ser juzgados por sus pares.
Vamos por partes: en primer lugar, INECIP tiene el lugar que alude C
ORVALÁN
en el ámbito de la cultura jurídica, justamente porque siempre apostó a la articulación entre el discurso y la acción,
“la reflexión

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