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PRÓLOGOTiende a reconocerse que la actual Constitución, aun después de haber sido aceptada por elpueblo francés, podría ser mejorada en algunas de sus disposiciones. Creo que, si se estudia bien, se podrá comprobar que casi todos sus artículos se ajustan a los principios preservadoresde las asociaciones humanas y favorecen la libertad. Pero no es menos útil y razonable dejar a los poderes constituidos la facultad de perfeccionar el acto que determina sus atribuciones y fija sus relaciones recíprocas.Sostuve en alguna ocasión que, en la medida en que toda Constitución es la garantía de la libertad de un pueblo, todo lo que está implicito a la libertad es constitucional, y no lo escuanto la ignora; que extender una Constitución a todo implica multiplicar los peligros que la acechan, cercándola de obstáculos; que en la Constitución existen ciertos principiosfundamentales que ninguna autoridad nacional puede alterar, pero que el consenso de todasellas puede hacer todo aquello que no se oponga a dichos principios.No será, pues, superfluo examinar nuestra Constitución, tanto en su conjunto como en susdetalles, puesto que, refrendada por el sufragio nacional, es susceptible de perfeccionamiento.En este libro se hallarán con frecuencia, no solo las mismas ideas, sino las mismas palabras queen mis escritos precedentes. Pronto serán ya veinte años que me ocupo de temas políticos y siempre he profesado las mismas opiniones y he enunciado los mismos principios. Lo quepedía entonces era la libertad individual, la libertad de prensa, el fin de la arbitrariedad, elrespeto de los derechos de todos. Eso mismo es lo que reclamo hoy, con no menos celo y másesperanza.Si nos limitamos a un examen superficial de la situación de Francia, aparecen en primer planolos peligros que la amenazan. Poderosos ejércitos se levantan contra nosotros. Tanto lospueblos como sus jefes, parecen cegados por el recuerdo. El resto del espíritu nacionalista quelos animaba hace dos años, tiñe todavía, con cierto aspecto nacional, el esfuerzo que de ellos seexige. Pero si analizamos con detenimiento, esos alarmantes síntomas pierden mucho de sugravedad. Hoy ya no es su propia patria lo que esos pueblos defienden; atacan a una naciónencerrada en sus fronteras y que no quiere franquearlas, una nación que solo reclama suindependencia interior y el derecho a darse su propio gobierno, como Alemania lo ha hecho alelegir a Rodolfo de Habsburgo, Inglaterra al llamar a la Casa de Brunswick, Portugal al dar la corona al duque de Braganza, Suecia al elegir a Gustavo Vasa; en otras palabras, del mismomodo que todas las naciones europeas lo han ejercido en una determinada época,generalmente la más gloriosa de su historia.
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