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“Principios de Política aplicables a todos los gobiernos representativos” de Benjamin Constant. www.iestudiospenales.com.ar

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“Principios de Política aplicables a todos los gobiernos representativos” de Benjamin Constant.
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05/10/2014

 
IEP
[WWW.IESTUDIOSPENALES.COM.AR]
 1
 AUTOR: Benjamin Constant 
“PRINCIPIOS DE POLÍTICA APLICABLES A TODOS LOSGOBIERNOS REPRESENTATIVOS”
 
IEP
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 2
PRÓLOGOTiende a reconocerse que la actual Constitución, aun después de haber sido aceptada por elpueblo francés, podría ser mejorada en algunas de sus disposiciones. Creo que, si se estudia bien, se podrá comprobar que casi todos sus artículos se ajustan a los principios preservadoresde las asociaciones humanas y favorecen la libertad. Pero no es menos útil y razonable dejar a los poderes constituidos la facultad de perfeccionar el acto que determina sus atribuciones y fija sus relaciones recíprocas.Sostuve en alguna ocasión que, en la medida en que toda Constitución es la garantía de la libertad de un pueblo, todo lo que está implicito a la libertad es constitucional, y no lo escuanto la ignora; que extender una Constitución a todo implica multiplicar los peligros que la acechan, cercándola de obstáculos; que en la Constitución existen ciertos principiosfundamentales que ninguna autoridad nacional puede alterar, pero que el consenso de todasellas puede hacer todo aquello que no se oponga a dichos principios.No será, pues, superfluo examinar nuestra Constitución, tanto en su conjunto como en susdetalles, puesto que, refrendada por el sufragio nacional, es susceptible de perfeccionamiento.En este libro se hallarán con frecuencia, no solo las mismas ideas, sino las mismas palabras queen mis escritos precedentes. Pronto serán ya veinte años que me ocupo de temas políticos y siempre he profesado las mismas opiniones y he enunciado los mismos principios. Lo quepedía entonces era la libertad individual, la libertad de prensa, el fin de la arbitrariedad, elrespeto de los derechos de todos. Eso mismo es lo que reclamo hoy, con no menos celo y másesperanza.Si nos limitamos a un examen superficial de la situación de Francia, aparecen en primer planolos peligros que la amenazan. Poderosos ejércitos se levantan contra nosotros. Tanto lospueblos como sus jefes, parecen cegados por el recuerdo. El resto del espíritu nacionalista quelos animaba hace dos años, tiñe todavía, con cierto aspecto nacional, el esfuerzo que de ellos seexige. Pero si analizamos con detenimiento, esos alarmantes síntomas pierden mucho de sugravedad. Hoy ya no es su propia patria lo que esos pueblos defienden; atacan a una naciónencerrada en sus fronteras y que no quiere franquearlas, una nación que solo reclama suindependencia interior y el derecho a darse su propio gobierno, como Alemania lo ha hecho alelegir a Rodolfo de Habsburgo, Inglaterra al llamar a la Casa de Brunswick, Portugal al dar la corona al duque de Braganza, Suecia al elegir a Gustavo Vasa; en otras palabras, del mismomodo que todas las naciones europeas lo han ejercido en una determinada época,generalmente la más gloriosa de su historia.
 
IEP
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 3
Hay en las personas una razón natural que acaba siempre por reconocer la evidencia, y lospueblos se cansarán pronto de entregar su sangre por una causa que no es la suya. Respecto a nosotros, hay dos sentimientos en que participa la inmensa mayoría de los franceses: el ansia de libertad y el odio a la dominación extranjera. Todos nosotros sabemos también que la libertad no puede venirnos del extranjero, sabemos también que cualquier gobierno que sereinstaurara bajo sus banderas, se opondría a nuestros intereses y a nuestros derechos. A esta convicción que impregna nuestros espíritus se suman todos los recuerdos capaces dedespertar el orgullo nacional, nuestra gloria eclipsada, nuestras provincias invadidas, losbárbaros a las puertas de París, por no hablar de esa insolencia mal disimulada de los vencedores, que sublevaba a los franceses cuando veían flotar sobre nuestras torres los coloresextranjeros, y cuando, para cruzar nuestras calles, o entrar a nuestros espectáculos, o regresar a nuestros hogares, había que implorar la indulgencia de un ruso o la moderación de unprusiano. Hoy no cabría esperar ni indulgencia ni moderación. No hablan ya de Constituciónni de libertad. Es a la nación a la que se acusa: son los atentados del ejército los que se quierencastigar.Nuestros enemigos tienen poca memoria. El lenguaje que de nuevo emplean derrocó sustronos hace veintitrés años. Entonces, como ahora, nos atacaban porque queríamos tener ungobierno nuestro, porque habíamos liberado del diezmo al campesino, de la intolerancia alprotestante, de la censura al pensamiento, de la detención y del destierro arbitrarios alciudadano, de los ultrajes de los privilegiados al plebeyo. Mas entre las dos épocas hay una diferencia: ayer nuestros enemigos sólo hacían la guerra a nuestros principios, y hoy la hacen a nuestros intereses, a los que el tiempo, la costumbre e innumerables hechos han identificadocon nuestros principios. Lo que en nosotros era entonces presentimiento, ahora es experiencia.Hemos ensayado la contrarrevolución. Hemos intentado conciliarla con las garantías por lasque luchamos. Nos hemos obstinado, y yo más que nadie, en creer en la buena fe, porque sunecesidad era evidente. Al fin se ha comprobado que el odio a la libertad era más fuerte que elamor a la propia sobrevivencia. No inculpamos a la desgracia; respetamos la edad y elinfortunio. Pero la experiencia se ha realizado, los principios son opuestos, los intereses soncontrarios, los lazos se han roto.

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