Los dirigentes de la iglesia disfrutaron del favor de la corona y de la prosperidad queellos implicaba. Sólo unos pocos valoraban la independencia de la iglesia. A medidaque el emperador se mezclaba más en asuntos religiosos, la iglesia se fuesecularizando. Pronto desapareció así la autodisciplina, el celo y el sacrificio quehabían caracterizado a la iglesia de los primeros tres siglos.Ahora, en el siglo XI, surge una voz atrevida.(El reflector ilumina la fecha 1075). PAPA GREGORIO VIIMe llamo Gregorio, y soy hijo de un carpintero. Me hice monje y por 35 añosdesempeñé cargos importantes en la Iglesia Católica Romana. Primero fui consejero dealgunos papas y luego yo mismo fui papa.Siemipre creí que en el papado debería residir más autoridad y poder que en cualquier otro cargo en la tierra. Acerca de la autoridad del papa, escribí en cierta oportunidad losiguiente: "El solo puede usar la insignia imperial; sólo los pies de él deben ser besados por los príncipes; él puede deponer emperadores; a él mismo nadie puede juzgar; laiglesia romana es infalible, y lo será por toda la eternidad; el pontífice romano puedeabsolver a los súbditos de la lealtad que deben a señores impíos".Por supuesto, no todos los príncipes y emperadores de mi tiempo estuvieron de acuerdoconmigo, pero pronto aprendieron que el disentir con mi autoridad les acarreaba pérdidade prestigio y autoridad. Bajo mi reinado, el papado alcanzó la supremacía absolutasobre los dirigentes políticos.Uno de los asuntos más problemáticos fue el derecho de investiduras. Como sabéis, bajo el sistema feudal, la posesión de tierra implicaba también poder y autoridad.Puesto que la iglesia tenía grandes posesiones de tierra, desarrolló un enorme poder político y gran autoridad, que eran ejercidos por los obispos que administraban lastierras de la iglesia. Todos los terratenientes, sin embargo, tenían que pagar impuestos y prometer alianza a un rey o emperador. Cuando moría el terrateniente, el rey oemperador se atribuía el derecho de nombrar quién lo reemplazase en virtud de suinvestidura imperial. A mí me pareció que solamente el papa tenía derecho de elegir sucesores para las tierras papales. En una reunión celebrada en Roma en 1075, todoslos eclesiásticos rechazamos la investidura otorgada por la autoridad laica.El primer rey que desafió este decreto fue Enrique IV, quien asignó obispo para Milán ehizo varios otros nombramientos. Lo reprendí; pero él, testarudo, dijo que yo "no era papa, sino un monje falso". Tal insubordinación era intolerable. Firmé, entonces, undecreto mediante el cual lo deponía y ordenaba a sus súbditos que dejasen de servirlo.Mi acción tuvo el efecto deseado. En uno de mis viajes, me detuve en la fortaleza deCanosa. Al oír que me encontraba allí, el "poderoso" gobernante del mundo cristianooccidental, el mismo Enrique IV, vino a suplicarme misericordia y a pedirme perdón.Por tres día lo hice esperar, no en el ambiente cálido de la fortaleza, sino afuera en la
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