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RODOLFO MARTINEZSHERLOCK HOLMES Y LA SABIDURÍADE LOS MUERTOS
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There is nothing in which deduction is so necessary as inreligión. It can be buüd as an exact science by the reasoner.Our higkest assurance ofthe goodness of Providence seemsto me to rest in theflowers. All other things, our powers, our desíres, ourfood are really necessary for our eñstence in thefirst instance. But this rose is an extra. Its smelland its colour are an em.bellishment of life, not a condition of it.
Sherlock Holmes en The Naval Treaty"
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I
NTRODUCCIÓN
 
A
 
LA
 
PRIMERA
 
EDICIÓN
En el mes de abril de 1993, mi amigo Juan Luis Montoussé se trasladó aLondres, contratado por el Instituto Cervantes para impartir clases de español. Tardéalgún tiempo en recibir noticias suyas, y cuando lo hice fue a través de una postalen cuyo anverso podía verse el Big Ben al anochecer y en cuya parte posterior meinformaba de que esperaba poder volver a España a finales de junio. Me decíatambién que tenía una pequeña sorpresa preparada para mí. Supuse que lasorpresa en cuestión sería tal vez una edición inglesa de alguna obra de Tolkien, obien la versión original de
Watchmen
por la que yo le había manifestado mi interés aJuan Luis tiempo atrás.El dos de julio me llamó por teléfono. Había llegado a España y se quedaríadurante un par de semanas. Quedamos en vernos en Oviedo al día siguiente y,antes de colgar, dejó caer un comentario un tanto intrigante sobre mi «sorpresa».Bien. El día llegó, pasó la mañana y, después de comer, tomé el autobús condestino a Oviedo. Cuarenta minutos después entraba en la cafetería en la que noshabíamos dado cita. Allí
 
estaba Juan Luis, sonriendo apenas mientras daba unosgolpecitos con la mano a un paquete, algo mayor que una Biblia grande, que había junto a él en la mesa. Me senté e intercambiamos los chismes de rigor. Luego, cogióel paquete y me lo tendió.Pesaría algo más de dos kilos y mis dedos notaron perfectamente el metalbajo el papel. Lo desenvolví y, en efecto, me encontré con una caja metálica, llenade desconchones y abolladuras, cuya cerradura, antigua y más bien simple, parecíahaber sido forzada hacía tiempo. En la parte superior había algo escrito: «Cox &Company. Charing Cross». Y un poco separado y en un tipo de letra algo máspequeño: «John H. Watson, M.D.». Alcé la vista y miré a Juan Luis, intrigado. Él selimitó a sonreír mientras, con un gesto, me indicaba que abriera la caja.Así lo hice. Contenía varios centenares de folios manuscritos en inglés, yaamarillentos por el tiempo. La letra, aunque nerviosa, era perfectamente legible y nome costó mucho trabajo comprender lo que decía. Al segundo párrafo ya no sabíaqué pensar sobre el tema. El estilo me era tan familiar, los nombres tan conocidoscomo si ya hubiera leído todo aquello medía docena de veces. En realidad así era.Se trataba, o eso parecía, del original de la historia del doctor Watson The FinalProblem" y allí estaba todo lo que yo recordaba con total perfección: Moriarty,Holmes disfrazado de cura italiano, la caída en las cataratas de Reichenbach...—¿Qué clase de broma es ésta? —pregunté.—Ninguna.Seguí leyendo. Había otros manuscritos de historias que ya conocía. Luego,éstas terminaban y, sin que la letra o el estilo cambiasen, daban comienzo una seriede narraciones que me resultaban completamente desconocidas, pese a ver enellas los mismos nombres que en las anteriores. Títulos como "The Adventure of theFaked Murderer", The Giant Rat of Sumatra", o "Bert Stevens, Murderer" nuncahabían sido publicados que yo supiera como casos de Sherlock Holmes. Y sinembargo, a la memoria me venía ahora el comentario del doctor Watson en "Elvampiro de Sussex" sobre 4a aventura de la rata gigante de Sumatra, para la que elmundo aún no está preparado». Las historias desconocidas (algunos de cuyostítulos, sin embargo, reconocí como casos de Holmes a los que Watson aludióalguna vez pero nunca llegó a publicar) seguían hasta el final de los folios. La últimaera prácticamente una novela por su extensión y, cosa curiosa, carecía de título.Entretanto, Juan Luis no había dejado de mirarme, siempre con la mitad deuna sonrisa plantada en la boca y un brillo de regocijo en los ojos. Terminé miinspección de los manuscritos y le hice la pregunta evidente
 
e inevitable:—¿Dónde conseguiste esto?Cerca del Soho, me dijo, había una pequeña tiendecita de antigüedades.Juan Luis había entrado en ella una tarde, buscando alguna cosa no muy cara, perocon cierto aspecto de ranciedad que pudiera colocar quizá como pisapapeles en su
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