C
uando no tenía carro propio me considerabacomo un ciudadano peatón, esto es una perso-na que utilizaba el servicio público de transpor-te para trasladarme dentro de la ciudad deLima. Siempre considere que había cuanto me-nos dos males que un buen alcalde citadinotenía que combatir:
1.
La falta de un modelo razonable de serviciode transporte público que incluyera un gransistema con cuatro o cinco líneas troncalizadas(de buses o de trenes o de metros) y otraslíneas alimentadoras. Evidentemente, ese siste-ma debería incluir un servicio de primer nivel,con conductores serios, educados y pulcros, yespacios en el vehículo con comodidad y espa-ciosos.
E
n ese marco, el servicio de “taxi” se volveríasubsidiario, esto es lo usarían los que pese a laeficacia del sistema, requerían (o querían) haceruso de un servicio más exclusivo, evidentemen-te a un mayor precio y con mejor calidad, loque a su vez redundaría en la profesionalizacióndel taxista.
2.
La falta de una cultura de respeto al peatónpor parte de los conductores de vehículos, quesupondría un respeto absoluto a las reglas detransito, un uso eficiente de la regla de“paraderos” y, sobretodo, una preferencia altránsito de peatones en las esquinas de las vías,lo que supondría incluso detener el vehículopara que el transeúnte pase.
C
reo que, como ocurre en otros campos, solu-cionar estos problemas (que es una tarea coor-dinada con otras áreas del Estado como el Mi-nisterio de Transportes y Comunicaciones, y elMinisterio de Educación) originarían una revolu-ción sustancial del modo de vivir en la ciudad deLima, desincentivaría el uso del vehículo propio,de modo que la polución disminuiría, la genteharía más ejercicio al caminar y, especialmente,los trabajadores no llegaríamos tarde a las acti-vidades programadas y, zas, de paso soluciona-ríamos el problema de la “hora peruana” quetantos problemas produce.
A
hora, capaz por eso, a mis 13 años, acompañeilusionado la creación del Tren Eléctrico, pro-mesa absolutamente incumplida por Alan Garcíay Jorge Del Castillo, y me pareció miope laopinión de quienes se oponían a su realizaciónpor razones meramente de conveniencia políti-ca. A su vez, apoyé la actuación de RicardoBelmont en completar la pavimentación de laAv. Universitaria hasta el propio Carabayllo ydesarrollar el Trébol de Monterrico, y tambiénaplaudí la decisión de Alberto Andrade de com-pletar el circuito de vía rápida de la Av. JavierPrado.
P
or supuesto que me pareció excelente la deci-sión del Alcalde Castañeda de desarrollar laidea de una reorganización del modelo de trans-porte público de la ciudad, lo que sin duda sabíaque exigiría un “sacrificio” importante por partede todos los ciudadanos que vivimos en Lima.
C
omo entenderán, por la misma razón critiqueácidamente la decisión de Fujimori que ya eraDictador- de liberalizar el transporte urbano,sin planificar las consecuencias futuras de taldecisión. Esto es, capaz fue buena la liberaliza-ción en aquel momento, pero era claro que elmodelo no duraría mucho y por ende había queponer un punto de quiebre a tal decisión libera-lizadora.
N
o hace mucho, cuando me hice un ciudadano“motorizado”, esto es con vehículo propio,empecé a ver el otro lado de la moneda, estoes empecé a sentir en carne propia las peripe-cias y problemas de tener un carro. Lo primeroque hay que comentar es que desde esta posi-ción, el ciudadano peatón no es sino un rival enla captura del “tiempo humano” y, en muchoscasos, un sujeto irresponsable, que no mide elriesgo al cruzar las pistas sin percatarse de si elsemáforo se lo permite, de si hay grass o plan-tas sembradas en los sardineles, o de si se tratade una vía rápida en la que no puede cruzarsino por puentes peatonales o espacios espe-cialmente acondicionados. También vi en el “dea pié” a un enemigo de la civilidad, que cuandopuede arroja desperdicios, escupe contra laslunas de los carros, agrede o golpea o raya elcarro, e incluso asalta.
E
n segundo lugar, para un ciudadano motoriza-do, el transito es desesperante, no solo por ladisfuncionalidad de algunos conductores(especialmente los de las camionetas que sien-ten que pueden actuar con impunidad) sino porla actitud inescrupulosa de conductores detaxis, combis, coaster y demás vehículos quecreen que tienen todas las licencias para hacerexactamente lo contrario a lo que exigen lasnormas de tránsito.
P
ero lo que ha ido a saturar la inconformidades la imposibilidad de uso de las vías porque alAlcalde de la ciudad se le ocurrió necesariosometerlas a reparación, todas casi juntas, sincampañas de prevención y uso de vías alternas,y sin instrumentos de control del tráfico frentea cada corte de vía. Los últimos meses han sidode profundo deterioro del transporte local, conproblemas consecuentes de perdida de horashombres y recursos escasos, que originan ma-yores costos justamente a los peatones y a lospropietarios de los medios de transporte men-cionados.
S
egún lo que vengo diciendo, la constante queorigina la profunda inconformidad de todos losciudadanos es la falta de planificación del desa-rrollo de la vida de la ciudad, esto es de cómohemos de desarrollar sistemas de transporteeficiente y cómo debemos mantener y superarnuestra actual situación de infraestructura“caminera”. Hemos tenido décadas de descuidoen las políticas públicas sobre estos aspectos yno tenemos hoy una ruta clara de la adecuacióna una nueva manera de afrontar el problema yse ha decidido hacerlo de la peor forma profun-da, esto es de sopetón, sin planificación y acosta de todo y todos.
A
sí, los ciudadanos peatones y los ciudadanosmotorizados hemos sufrido el desastre de laspolíticas municipales y nacionales al respecto,sin saber que hacer, como pelear, o en el peorcaso, aceptarlas con la resignación que solo losperuanos tenemos cuando desde el ámbitopúblico agreden nuestra condición de ciudada-nía.
E
sta claro que a este alcalde, como a los ante-riores, poco le importaron los ciudadanos, susvidas y sus proyectos individuales, o importán-doles no tuvieron la capacidad de comandar unproceso de transformación que se haga sobre labase del respeto (y no del uso político) de losciudadanos. Toda la actividad de construccióndel Alcalde Castañeda no ha tomado en cuentalos derechos ciudadanos, seguramente en laespera de que culminada la obra hemos deperdonarle todos los exabruptos actuales.
E
n realidad, a las autoridades locales les hafaltado saber que una ciudad no es una explanade cemento con individuos, que hay que gestio-nar eficientemente, sino que una ciudad es elespacio de realización cotidiano de la vida, espe-ranzas y utopías de personas de carne y hueso;y que por tanto en entorno de lo público debecultivarse, desarrollarse y organizarse de modotal que devuelva al ciudadano a la ciudad y lohaga vivir las experiencias extraordinarias delcotidiano (que incluye la cultura, el deporte, larecreación, entre otros).
P
or eso no me queda más que apoyar la inteli-gente idea de un boletín sobre este tema.
¿y dónde quedan los ciudadanos?
por CC Luis Durán Rojo
Página 2
Necesitamos un alcalde !no un chofer!
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