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26439 Elogio fúnebre Mn. Mariné.pdf

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Published by: José-Apeles Santolaria De Puey Cruells on Jan 08, 2013
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06/15/2014

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Elogio fúnebre en honor de Mn. José Mariné Jorba (1919-2010)Por alguno de esos incomprensibles designios que la Providencia nos tienereservados fui el último sacerdote que tuvo el privilegio de conversar com mosénMariné. En varias ocasiones lo habíamos visitado en estos últimos años en alguno desus ingresos hospitalarios. Intuíamos que esta era la última ocasión en que íbamos averlo.Su pensamiento era lucidísimo. Hablaba con normalidad aunque en variasocasiones se le veía agitado por las molestias que ciertamente le causaban alguno delos aparatos que le ayudaban a mantenerse en vida. El trato que recibió del personalsanitario del Hospital del mar fue excelente. A su lado la fiel señora Amparo,verdadero ángel tutelar, estuvo pendiente de cualquier detalle que pudiera hacer menos dolorosos los momentos por los que atravesaba. También desde el punto devista religioso estuvo bien atendido tanto por el capellán del hospital como por losdiversos sacerdotes que en as anteriores le haan visitado. Detalle deextraordinaria cortesía, que le honra como obispo y como caballero, fue la visita delCardenal-Arzobispo de Barcelona en la noche de Navidad.Mon Marisaa que se estaba muriendo, pero pudimos charlar conabsoluta serenidad, como si de un día cualquiera se tratase. Confiando quizá en lasmuchas ocasiones que en su vida había practicado la comunión de los nueve primerosviernes ó en la asistencia que su santo patrón, que lo es también de la buena muerte,le dispensaría, nuestro querido mosén se tomaba esos últimos momentos de suexistencia con absoluta tranquilidad. Como los santos que, aún advertidos del final desu existencia, no dejan de hacer lo que están haciendo, porque están cumpliendo conla voluntad de Dios, porque están siempre en su presencia.Pocas horas después las nubes derramaban su llanto sobre la ciudad de SanPaciano y Santa Eulalia, como si se hubiesen querido unir al de quienes tanto loestimábamos. No se trataba de un agua de rocío vivificador, pero tampoco de unatormenta estridente, sino de una lluvia resignada como lo fueron las lágrimas de Nuestro Señor ante la muerte de su amigo Lázaro. Noventa años de vida y sesenta y cinco de sacerdocio dan para mucho y máscuando se trata de un infatigable y esforzado sacerdote como lo fue nuestro padre.Tuvimos el placer de conocerlo hace ya muchos años, en la Parroquia quedurante muchos años regentó y materialmente edificó, San Félix Africano. A veces-bromeando- le decíamos que aquello parecía la piscina de Siloé a la que ibanesperando el milagro tullidos, ciegos y paraticos. Alacudía gente de todaBarcelona. No importaba la clase social. Salía una duquesa y entraba un grupo degitanos. Lo llamaban el padre de los gitanos, porque allí los acogía, los bautizaba, loscasaba y respetaba sus antiguas tradiciones. Pero daba igual que se tratase de personas opulentas como de mendigos. Todos se beneficiaban de su ayuda tantoespiritual como material. Y es que mosén Mariné a todos acogía. Aquellos a los quelas puertas de las iglesias se les cerraban encontraban acogida en San Félix. ¡Cuántos bautizos y bodas allí se celebraron de personas a quienes en otras parroquias se habíadespreciado! ¡Cuántos sacerdotes de paso por Barcelona podían allí celebrar la SantaMisa, mientras muchas parroquias estaban siempre cerradas! Y -sobre todo- ¡cuántas
 
vocaciones fructificaron en seminarios de todo el mundo -gracias a mosén Mariné-mientras en la Archidiócesis de Barcelona disminuían aceleradamente! Si el sacerdotees el dispensador de sacramentos, mosén Mariné fue esencialmente eso, sacerdote,como lo fuera el Santo Cura de Ars. Nació al año siguiente de finalizar la Primera Guerra mundial. Como tantos desus coetáneos vivió momentos de sufrimiento. Fue movilizado durante nuestra Guerracivil y conoció a muchos que sufrieron el martirio durante la persecución religiosa.Descubrió en edad muy tierna su vocación sacerdotal y fue siempre fiel a ella.Gustaba mucho de recordar como a sus quince años tuvo la oportunidad de ver  personalmente en Barcelona al cardenal Pacelli, legado pontificio al Congresoeucarístico de Buenos Aires, quien años después sería S.S. el Papa Pío XII, el Pastor Angelicus. Y algo de ese carácter angélico tenía también la personalidad de mosénMariné. Siempre dispuesto, haciéndose todo para todos. Nunca tenía una negativa para nadie: innumerables moribundos recibieron su atención en cualquier lugar y acualquier hora.Llamaba mucho la atención el hecho de que era querido no sólo entre susfeligreses, que incluso acudieron a él para que nos solicitase el pronunciar el pregónde las fiestas del barrio, sino que encontramos personas que le apreciaban mucho encasas regionales, en celebraciones castrenses, en parroquias distantes... Al contrarioque el héroe de Zorrilla, subió a los palacios y bajó a las cabañas pero para enaltecer la virtud y para dejar recuerdo dulce de si. En este Año sacerdotal fallece a uno de losmás eximios modelos de sacerdote que hemos conocido.Con el fallecimiento de mosén Mariné la archidiócesis de Barcelona pierdequizá al último representante de una tradición de eclesialidad. El esplendor de lasgrandes figuras sacerdotales del siglo XIX y comienzos del XX, después delimplacable tamiz del martirio -como el que sufrió el próximamente beato Dr. Samsó-fue recuperado después de la contienda. Ordenado sacerdote por el Dr. Modrego,mosén Mariné vivió el desafío de restaurar la vida religiosa de Barcelona, de apagar los odios, de reconciliar. Él y muchos otros eclesiásticos de gigante talla seempeñaron en ello. ¡Y vaya si lo consiguieron! Basta pensar en lo que eclesial ysocialmente significó el XXXV Congreso eucarístico internacional celebrado enBarcelona en 1952. Mosén Marituvo la suerte de vivir unos momentos-privilegiados en la historia- en los que la Catolicidad se respiraba en el ambiente, enque Dios era debidamente honrado en todas las esferas de la sociedad. Y convencidode su vocación y fiel a la Tradición de la Iglesia, nunca vaciló cuando muchos de susintegrantes iniciaron aquello que con patéticas palabras Pablo VI definió comoautodemolición.Mientras muchos eclesiásticos abandonaban el camino por el que a lo largo dela Historia de la Iglesia los santos habían transitado, mientras corrientes teológicasabsurdas se interrogaban sobre la identidad sacerdotal, mosén Mariné siempre lo tuvoclaro, el sacerdote era el alter Christus, el que renovaba en el altar el sacrificio deCristo.Con el fallecimiento de mosén Mariné evocamos hoy el recuerdo de muchosreligiosos que en torno a la Asociación de sacerdotes y religiosos de San AntonioMaría Claret y la Hermandad sacerdotal española, arropados por monseñor Guerra

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