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Capítulo Noé Hernández. El día de mi vida

Capítulo Noé Hernández. El día de mi vida

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La historia olímpica del marchista Noé Hernández, muerto el 16 de enero de 2013
La historia olímpica del marchista Noé Hernández, muerto el 16 de enero de 2013

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Noé Hernández, Sydney 2000
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Juegos Olímpicos
Sydney 2000
Noé Hernández Valentína
Medalla de Plata
Atletismo, Marcha 20 kilómetros
VIERNES 22 DE SEPTIEMBRE DE 2000
Era la noche del 21 de septiembre.Todo el día había sentido nervios,estaba sumamente ansioso, y medi cuenta de ello porque toda latarde me la pasé en el baño. Nodejaba de orinar, no dejaba depensar que en la competencia nopodía tener esa sensación. “¿Y sime anda en la carrera?”, pensaba,y mejor iba otra vez a tirar todoslos líquidos.Llegué a Sydney un 16 de sep-tiembre de 2000, horas antes deque Soraya Jiménez ganara la me-dalla de oro en levantamiento depesas. No pude estar presente enla inauguración de los Juegos por-que estuve concentrado en mi preparación. Anduve de cam-pamento en Bolivia, entrenando en el lago Titicaca, a másde 4 mil metros de altitud. Estuve ahí dos meses y salimospara Australia una semana antes de la competencia porquequeríamos llegar con poco tiempo de anticipación para quemi cuerpo mantuviera la oxigenación en la sangre que habíadesarrollado entrenando en un lugar tan alto.
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Noé Hernández: Mi marcha hacia el éxito
Noé Hernández, Sydney 2000
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Pedro Aroche, mi entrenador estaba más nervioso queyo. Para llegar a Sydney, tuvimos que hacer escala en el ae-ropuerto de Buenos Aires y hubo alguna confusión con loso
ciales de Migración y por poco no nos dejan salir de Ar-gentina. Para mí todo resultaba muy divertido porque tenía21 años de edad y era la primera gran competencia a la queasistía, nunca había ido a unos Juegos Centroamericanos nitampoco a unos Panamericanos, por lo que quería disfrutartodas y cada una de las cosas que ocurrían; pero Pedro es-taba preocupado, porque todo estaba calculado y perder undía en Argentina suponía no tener tiempo su
ciente paraque me acostumbrara al cambio de horario. Para mí era unagran experiencia, pero creo que no comprendía la verdaderamagnitud del evento al que me iba enfrentar, dentro de miinocencia como novato, veía los Olímpicos como una com-petencia más. Pedro sí sabía a lo que nos íbamos enfren-tar. Como atleta él mismo había vivido en carne propia losOlímpicos de Munich 72. Sabía lo que era soñar, lo que eraesforzarse al máximo y competir en la justa más importantea la que puede aspirar un atleta, codo a codo, con los mejo-res del mundo. Y sabía también lo que era no ganar. Todasesas cosas me las transmitía. Cómo había que comportar-se, cómo reaccionar, demostrar a los demás competidoresque uno estaba preparado. Me contaba de cuando entrenaba junto a Raúl González, Ernesto Canto, Daniel Bautista enel mejor equipo de marcha que ha tenido México. Recor-daba sus días de gloria y eso me daba alegría, pero al mis-mo tiempo, también un poco de tristeza al pensar que él nohabía logrado la medalla que tanto había anhelado. Ahora,Pedro quería que yo lo hiciera.Ya era tarde y no podía dormir. Pero tampoco tenía pri-sa. Estaba concentrado. Mil cosas pasaban por mi cabeza enesos momentos. Pensaba en los rivales. Sabía quiénes eranlos fuertes, porque mi entrenador, ya me los había nombra-do: el ecuatoriano Je
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erson Pérez, Campeón Olímpico de-fensor, el polaco Robert Korzeniowski, medallista de oro en
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Noé Hernández, Sydney 2000
Noé Hernández: Mi marcha hacia el éxito
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50 kilómetros también en 1996, el ruso Vladimir Andreyev,el australiano Nathan Deakes, y por supuesto, los dos mexi-canos, Bernardo Segura, bronce en Atlanta 1996 y DanielGarcía, doble medallista en Campeonatos del Mundo. Éllos conocía y los identi
caba, pero para mí era un poco másdifícil, pues había marchistas de todo el mundo, y no a to-dos los había visto en competencia. Los rusos, por ejemplo.Me habían dicho que eran fuertes, pero a la mayoría no losconocía. Eso no importaba. Lo bueno en ese momento erapensar en todas las cosas que tenía, en lo relevante que erapara mí llegar a ese momento, y lo que representaba; todolo que había sacri
cado, todo lo que había logrado en pocotiempo, después de pasar tantas carencias.Esa noche, tumbado sobre mi cama, recordé aquel tiem-po en el que jugaba futbol, de hecho era bueno. Estaba enlas reservas del club Toros Neza, y el entrenador de ese en-tonces, Alberto Guerra, ya me había echado el ojo porquecorría bien, tenía un buen resorte y era duro en el juego.Jugaba de mediocampista y durante muchos años esa fue miilusión para salir adelante. Mi vida cambió aquel día en queme dijeron que a partir del lunes siguiente entrenaría con elequipo de Primera División, sin embargo, alguien en el clubme dijo que para poder entrenar tenía que “mocharme” condiez mil pesos. Como siempre, hay algún abusivo que quierehacer negocio con la ilusión de los chavos. Y la verdad es queyo no tenía ni para comer, si jugaba era porque mi cuñadome prestaba sus zapatos de futbol. Tenía capacidad, pero nodinero. ¿Y cómo iba yo a conseguir diez mil pesos? Si apenas juntaba 50 pesos por día para comer, y me iba caminandodesde mi casa, en el barrio de Xochiaca, hasta la cancha deentrenamiento para no gastar en transporte.Pero por algo suceden las cosas. Me acuerdo que me des-ilusioné mucho y los mandé al demonio. Decidí no regresarmás al club. Al otro día, me llamó un amigo para que fueraa jugar un partido con un equipo que jugaba en unos cam-pos que estaban cerca del Hipódromo de los Américas. Y fui
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