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René Descartes
Discurso del método 
Si este discurso parece demasiado largo para ser leído de una vez, se le podrá dividir en seis partes: en la primera se encontrarán diversas consideraciones sobre las ciencias; en la segunda, las principales reglas del método que el autor ha investigado; en la tercera, algunas referentes a la moral, que ha sacado siguiendo este método; en la cuarta, las razones por las que prueba la existencia de Dios y del alma humana, que son el fundamento de su metafísica; en la quinta, el orden de las cuestiones de física que ha investigado, y particularmente la explicación del movimiento del corazón y de algunas otras dificultades que pertenecen a la medicina, además de la diferencia que existe entre nuestra alma y la de los animales; y en la última, algunas cosas que estima que se requieren para avanzar más de lo que él ha conseguido en la investigación de la naturaleza, así como las razones que le determinan a escribir 
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Este texto inicial no se incluye entre los propuestos por la Universidad para las pruebas deAcceso. Se incluye aquí a modo de orientación sobre el contenido de las distintas partes del“Discurso”
 
Descartes: Discurso del Método 2ª y 4ª Parte
SEGUNDA PARTE 
Estaba entonces en Alemania, adonde me había llamado la ocasión de las  guerras que allí no han terminado todavía; y cuando volvía de la coronación del emperador para incorporarme al ejército, el comienzo del invierno me detuvo en un lugar en donde, no encontrando conversación alguna que me distrajera y no teniendo, de otra parte, por dicha, ni cuidados ni pasiones que me turbasen,permanecía todo el día en una habitación con una gran estufa, en la que disponía de tranquilidad para entregarme a mis pensamientos. Entre los cuales, uno de los primeros fue el ocurrírseme considerar que frecuentemente no hay tantperfección en las obras compuestas de varias piezas y hechas por manos de diversos maestros como en aquellas que ha trabajado uno solo. Así se ve que los edificios que un solo arquitecto ha empezado y acabado son habitualmente más bellos y están mejor ordenados que los que varios han tratado de recomponer,sirviéndose de viejos muros, que habían sido levantados para otros fines. Así, esas antiguas ciudades que, no habiendo sido al comienzo más que aldeas, han llegado a ser al cabo del tiempo grandes ciudades, están ordinariamente tan mal dispuestas,si se las compara a esas plazas regulares que un ingeniero traza según su fantasía en una llanura, que, aunque considerando cada uno de sus edificios separadamente,se encuentra en ellos frecuentemente tanto o más arte que en los otros, sin embargo, al ver cómo están alineados, aquí uno grande, allí otro pequeño, y cómo hacen las calles curvas y desiguales, se diría que es el azar, más bien que la voluntad de algunos hombres provistos de razón, quien los ha dispuesto de esta manera. Y si se considera, no obstante, que ha habido siempre algunos funcionarios que han tenido el cargo de cuidar los edificios de los particulares para hacerles servir al ornato blico, se comprende bien que es dicil hacer cosas perfectamente acabadas trabajando sobre las obras de otro. Así me imaginaba que los pueblos que fueron antes semisalvajes y que no se han civilizado sino poco a poco, no han hecho sus leyes sino a medida que la incomodidad de los crímenes y las querellas les ha forzado a ello, no pueden estar tan bien gobernados como aquellos 
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Descartes: Discurso del Método 2ª y 4ª Parte
que desde el punto en que se reunieron han observado las constituciones de algún legislador prudente. Como es muy cierto que el estado de la verdadera religión,cuyas ordenanzas sólo Dios ha hecho, debe estar incomparablemente mejor regulado que todos los demás. Y, para hablar de cosas humanas, creo que si Esparta estuvo antiguamente tan floreciente no fue a causa de la bondad de cada una de sus leyes en particular, visto que varias de ellas eran muy extrañas e incluso contrarias a las buenas costumbres, sino a causa de que habiendo sido inventadas por uno solo, tendían todas al mismo fin. Y así, pensaba que las ciencias de los libros, al menos las de aquellos cuyas razones no son más que probables y no tienen demostraciones, habiéndose compuesto y engrosado poco a poco con opiniones de diversas personas, no se aproximan tanto a la verdad como los simplerazonamientos que puede hacer naturalmente un hombre de buen sentido sobre las cosas que se le presentan. Y así, aún pensaba que porque hemos sido todos niños antes de ser hombres y hemos sido largamente gobernados por nuestros apetitos y nuestros preceptores --que eran frecuentemente contrarios los unos a los otros-- y que ni los unos ni los otros nos aconsejaban acaso siempre lo mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros y lidos como lo sean si hubiéramos tenido el completo uso de razón desde el momento de nuestro nacimiento y nunca hubiésemos sido conducidos sino por ella.Es verdad que no vemos que se derriben todas las casas de una ciudad con el solo objeto de rehacerlas de otra manera y de hacer más bellas las calles; pero se ve que algunos hacen derribar las suyas para reedificarlas y que incluso, en ocasiones, son obligados a ello, cuando amenazan ruina y los cimientos no se conservan bien firmes. A cuyo ejemplo me persuadía de que no sería sensato que un particular se propusiese reformar un Estado cambiando todos sus fundamentos y derribándolo para enderezarlo; ni aun siquiera reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las escuelas para enseñarlas, pero que sobre todas las opiniones que yo había recibido hasta entonces como acreditadas, nada mejor podía hacer que emprender de una vez la tarea de eliminarlas, a fin de poner en su lugar después otras mejores, o bien las mismas, cuando las hubiera ajustado al 
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