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Traducere „Întunecare”

Traducere „Întunecare”

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Traduce primele 15 pagini din romanul „Întunecare” de Cezar Petrescu
Traduce primele 15 pagini din romanul „Întunecare” de Cezar Petrescu

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Categories:Types, School Work
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05/14/2014

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12.01.2013Aldea Roxana-NicoletaSP-RO, an IICezar Petrescu- OscurecimentoPrimero libroPrólogo. Voló un pájaro negroEl coronel Pavel Vardaru tentaleó en el cajón de madera cafenosa un cigarrillo dehoja seca. De la talla del arból le sonreyó amistosamente, con toda la carrera de dientesde porcelana, una criolla llevando en los hombros, como una ánfora, cesto de hojas detabaco, con la inscripción dorada ”Hanri Clay-Habana”.Era solamente una etiqueta y aún así la mujer le parecía tremendamente conocida.De repente se acordó con mucha alegría: ”Pero son los ojos de Mimi.
¡
Es extraordinariocomo se parcen con los ojos de Mimi!...”Rebozó el resto de la figura con la anchura de la palma. De verdad, desde la tallale miraban ahora los ojos risueños de la bailarina. Vivió un momento la visión fugitiva:las cortinas de terciopelo rojo dejándose suavemente, la mujer repartiendo con ambasmanos besos en la sala, la lluvia de aplausos, una alada de vestidos cortos encima de pantorillas en camiseta rosa…
¡
Todas, de tan lejos!El coronel hurgó los bolsillos de la túnica, buscando el cucillo con la pequeñaguillotina de acero para cortar ápice del cigarrillo. No lo encontró. Como siempre, Vanea,el soldado, había olvidado trasladar de una túnica a otra todos los instrumentosniquelados que componían el botiquín de concentración del señor comandante: la linternaeléctrica, el cucillo para abrir cajas de latas, el pedómetro, el sacacorchos, el mechero congasolína y mecha lenta, la bújula en miniatura. Cuando el último bosillo fue explorado sinresultado, el coronel Pavel Vardaru suspiró con una incomensurable pena por su propiodestino:
¡
estaba, sin duda, el comandante más infeliz de regimento del planeta!Dimitió decapitar con los dientes el ápice del cigarrillo, lo escupió asquerado encima dela barandilla, en el mar, y difundió encima de la mesa, hacía la caja de cerillas, lamano gorda y blanca de prelado.La señora coronel- la tía Laura- amontó los labios granatos con un susto quedaban una semejanza a un niño remilgado a la mejilla de gordita y anciana muñeca rubia,con los pómulos rosados y con pestañas largas, tortuosas hacía arriba:- Pol, ¿empiezas de nuevo con tus orrores?... mueva por lo menos la silla...
¡
Sabesque no puedo soportar este holor de alquitrán!... Como medida defensiva, la tía Laurasacó un cigarrillo egipcio y lo encendió en la llama de un merchero, colgado con unacadena tenue, de plata. El camarero trajo dos fruteros con uvas de Constantinopola,melocotones y peras, entre bolas de hielo, en un cadalecho de hojas de vid entalladas. Unmozo, con el cuello ahogado por el cuello duro y demasiado alto, distibuyó con desterezalos platillos y la cuchillería para el postre. La orquestra había callado.Se oía ahora el alboroto de las voces, el sonido cristalino de las copas, lascarcajadas y las órdenes enfurecidas por el espero, rellenando la terasa des casino con elalborto ininterrumpido de los grandes restaurantes y bares, de que, con pena, como sifuerael último puesto avanzado de la civilización, el coronel Pavel Vardaru, después deun permiso de cuarenta y ocho horas, debía de roperse el siguente día, en la alba... En1
 
12.01.2013Aldea Roxana-NicoletaSP-RO, an IIunas cuantas horas del viaje, el coche volviera a ahondarlo en el pueblo tátaro, conchozas torzadas y ciegas de arcilla, perros lanosos, burros bramando en el anocheser ycon ese polvo de Dobrogea- que tapa los orificios nasales, araña la garganta y entrecañael pelo- tortuoso en remolinos a lo largo de los campos quemantes, sin cualquier señal desombra.Con emoción de deportado en la víspera del exilio miraba los arbustos exóticos , plantados en cajas de madera en la esquina de la terasa, con sus hojas esmaltadas que, enel rango de la luz crestuda, parcían cortadas artificialmente en cinc; movía sus ojos por los comedores de los desconocidos; contemplaba las mujeres en ropa vaporosa ytransparente; admiraba las vueltas científicas de los camareros entre las silla, balanceandoen las puntas de los brasos con las bandejas carcadas; miraba lánguidamente al pabellónde la capilla vienesa con las mujeres en vestido rojo, adaptando sus violines entre lasrodillas agarradas; desde las grandes ventanas, ornadas por coralles de las bombinas, pasaba para disfrutar de los gigantes carteles, dramáticamente pintadas, representando aun bailarino negro y una famosa cantante. Espectáculo invalorable, de comodidad, demalgasto y buen sustento, que iba a desenfrenba sin parar, bañado en la misma orgía de bombillas eléctricas y aliviado de calor por la brisa húmeda del mar y mañana, entoncescuando él, moverse a tiendas por la oscuridad del pueblo, defendiendose de perrosenemigos y pisando sobre lamas de basura, iba a engañar la insomnía inspeccionando lacentinela de noche.El coronel Pavel Vardaru sintió su pecho ahogado por la tristeza de los alumnosen el final de las vacaciones.- Cafés, ¿por favor?El camarero esperaba, asomado de la cintura, con la cara afeitada, firma y ferma, como sifuera la más grave decisión diplomática.- Claro que sí, ¡cafés también! Sobresaltó el coronel. Niños, ¿cuál sirve cafétambién? Oigame: dos helados, un café con hielo... ¿ Tú prefieres el café con hielo,Luminie
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? Dos cafés turcos con rom … Y licor. ¡Dame la lista!El camarero no se movió. Sólo pestañeó.- Lo se, el anisete del coronel… ¡”Mărie Brizard”!...Pavel Vardaru asió su monóclo en la arcada de la ceja y miró, desde abajo hacia arriba, elservidor en fraque, cual le conocía los gustos. Se iluminó, con un gran felicidad:- ¿Estabas tú, Jean?Y repitió con retraso las palabras, paseando con el recuerdo en el paraiso prohibido.- ¡Jean, de Alcazar!Jean sonrió aceitoso, sacudir la esquina de la mesa con la servilleta.El coronel Pavel Vardaru era famoso en todos los restaurantes de día y de nochede la Capital y en todas las residencias de verano. Su cabeza de temprano cenizosa, con lamejilla y el bigote afeitados siempre fresco, con la cara de militar de broma, de salón y deopereta, había presidido muchos festinos memorables. Era famoso por la elaboración primorosa de los menús, por las recetas de comidas recomendadas a los cocineros yrituales gastronómicos especiales y por el conocimiento sin falta, del primer degustación,de todos los sótanos y cosechas famosas de vinos.Cuando el licor fue revertido, el coronel suspendó en la luz la copa con el pie alto,cojiendólo entre sus dedos gruesos, con atención y el cariño de un savante examinando2
 
12.01.2013Aldea Roxana-NicoletaSP-RO, an IIun elixirio miraculoso. Admiró la pureza de la color, aspiró la aroma con mucha felicidady regodeó de vez en cuando.Después, con el cigarrillo de hojas entre los dientes, giró hacia su hermano,Alexandru Vardaru, el deputado, que, asomado encima de los periódicos de la noche,fumaba uno igual.- Alexandru, ¿sientes la brisa? ¡Hay un aire!... ¡un aire!...Alexandru Vardaru, distraido por la lectura de los telegramos desde la frente oriental, hizoun gesto evasivo de confirmación, con la mano. Pero Mihai Vardaru, el sobrino deellos, desde la esquina de donde terminaba su helado separada en trozos finos, congracia de gato, levantó su mejilla feminina y quiso preguntar como se puede sentir lafrescura y la pureza del aire, aspirado por los tales verdaderas chimeneas delocomotora, asi como parecían los cigarriloos de hojas. Pero se acordó, antes de la partida y, represando la broma, decidió prudentamente apalzarla para otro momentomás adecuado, sonreir por interior.- ¿ Por qué ries, Mihai? Preguntó Luminia.
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Todos los ojos se dirigieron hacia él.- ¡Oh, tía!- ¡Por favor, no molesten a mi niño!... protestó la tía Laura, defendiendo a su nieto,tímido y decente, en el medio de esta familia deportista, donde solamente ella y eladolescente con mejilla de estudiante de internado no tenían costumbres yvocabulario de campanamiento, estadio y campo de carrera.Se recordó de algo, y, abriendo tabaquera de platina, dijo:- Ahora, Mihai, cuando estas bachiller, hombre por todo, creo que puedes fumar...¿ No es así, Pol, Alexandru, que le dan el permiso?Mihai se puso más rojo que antes, suplicando:- Luminia Vardaru sacudió su cabeza negrusca desde la sombra de los arbustos
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 donde se quedó escondida, mirando la oscuridad del mar, encovándolo, imitándolo.- ”¡Ay, tía!... ” ¡Uf, que primo blandujo tengo! ¡Qué, oh, tía?... Di: ”¡Gracias, tía! No fumo cigarrillos egipcios. ¡Son demasiado débiles y contienen opio! ¡ Fumo cigarrillomás de hombres! Por ejemplos: reales!” ¡Mira!...Antes de que pudiera defenderse, Lumnia Vardaru, con exhoración de policia en
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 un registro corporal, sacó del bolsillo de Mihai, el del pecho, una tabaquera de cuero- suregalo de este verano, cuando había celebrado el examen de graduación- le pusó uncigarrillo real entre los dientes, con asco, tomó una ella también, enecndió y le dió unrosco de humo en la nariz.- ¡Toma!Todos sonrieron, y Mihai giró zurdamente, entre los dedos, el cigarrilloencendido. ¡ Qué idea! ¡Y qué lunático! A él le gustaba el cigarrillo solamente si lofumaba solo, sin tantos ojos dirijidos hacia a él. Luminia sacó su sombrero de paja. Lo
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  puso en un pilar de la barandilla, sacudió su pelo cortado y rizado y, con los codos en lamesa, con la mejilla cobriza mate, después de un mes en la playa, cogido en puño,cerrando los ojos negros y un poco oblicuos, para que los protegera del humo delcigarrillo, dio autoritariamente, como si fuera un consejo de familia:- ¡Sólo el ejército lo hará hombre! Tío Pol, en el otoño, inmediatamente hay quedeshelarlo... ¡Yo me declaro vencida!...3

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