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HENRY CORBIN - El Hombre de Luz en El Sufismo Iranio

HENRY CORBIN - El Hombre de Luz en El Sufismo Iranio

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07/23/2013

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Henri Corbin
 
El hombre de luz en el sufismo iranio, en traducción de María Tabuyo y Agustín
 
López, Ediciones Siruela, 2000
 
Orientation
 
1. El polo de orientación
 
La orientación es un fenómeno primario de nuestra presencia en el mundo. Lo propio de lapresencia humana es espacializar un mundo a su alrededor, y este fenómeno implica unacierta relación del hombre con, el mundo, con su mundo, de tal manera que esa relaciónestá determinada por el modo mismo de su presencia en el mundo. Los cuatro puntoscardinales, este y oeste, norte y sur, no son cosas que esta presencia encuentre, sinodirecciones que expresan su sentido, la aclimatación a su mundo, su familiaridad con él.Tener este sentido es orientarse en el mundo. Las líneas imaginarias de oriente a occidente,de septentrión a mediodía, forman una red de evidencias espaciales a priori, sin las que nohabría orientación geográfica ni antropológica. Los contrastes entre el oriental y eloccidental, entre el hombre del norte y el del sur, regulan también nuestras clasificacionesideológicas y caracterológicas.
 
La organización, el plan, de toda esta red depende, desde tiempos que desbordan lamemoria de los hombres, de un punto único: el punto de orientación, el norte celeste, laestrella polar. ¿Basta decir entonces que la espacialización desarrollada horizontalmentehacia los cuatro puntos cardinales se completa con la dimensión vertical de arriba abajo, delnadir al cenit? ¿No habrá quizá diferentes modos de percepción de esta misma dimensiónvertical, tan diferentes entre sí que modifiquen la orientación de la presencia humana nosólo en el espacio sino también en el tiempo? La orientación en el tiempo nos remite a lasdiferentes maneras en que el hombre experimenta su presencia en la tierra, a la continuidadde esa presencia en algo así como una historia y al problema de si esa historia tiene unsentido; pero, en caso afirmativo, ¿cuál es ese sentido? Ello equivale a preguntarse si lapercepción del polo celeste, de la dimensión vertical que apunta al norte cósmico, es unfenómeno uniforme, fisiológicamente regulado por leyes constantes, o si se trata de unfenómeno no regulado y diversificado por el modo mismo de la presencia humana que seorienta. De ahí, entonces, la importancia primordial del norte y del concepto de norte:según la manera en que el hombre experimente interiormente la dimensión «vertical» de supresencia, adquirirán su sentido las dimensiones horizontales.
 
Uno de los leitmotiv de la literatura del sufismo iranio es la «búsqueda de Oriente»; pero senos advierte, por si acaso no lo comprendemos desde el primer momento, que se trata de unOriente que no se encuentra en nuestros mapas geográficos ni puede ser situado en ellos.Este Oriente no está incluido en ninguno de los siete climas (los keshvar); es, de hecho, eloctavo clima. Y la dirección en la que este «octavo clima» debe ser buscado no está en lahorizontal sino en la vertical. Ese Oriente místico suprasensible, lugar del Origen y elRetorno, objeto de la búsqueda eterna, está en el polo celeste; es el polo, un extremo norte,tan extremo como el umbral de la dimensión del «más allá». Por eso se revela sólo en undeterminado modo de presencia en el mundo, y no puede revelarse más que por ese modo
 
 
de presencia. Hay algunos a los que no se revelará nunca. Ese modo de presencia esprecisamente lo que caracteriza el modo de ser del sufí, tanto de su persona como de toda lafamilia espiritual a la que se vincula el sufismo, y especialmente el sufismo iranio. ElOriente que busca el místico, Oriente no situable en nuestros mapas, está en direcciónnorte, más allá del norte. Sólo una marcha ascendente puede acercar a ese norte cósmico,elegido como punto de orientación. (1)
 
Una primera consecuencia que ya se intuye es la dislocación de los contrastes que regulanlas clasificaciones de la geografía y la antropología exotéricas, es decir, que no van más alláde las apariencias. No se podrá hablar ya de orientales y occidentales, de nórdicos yhombres del sur, según los caracteres que les eran atribuidos; no serán ya situables enfunción de las coordenadas habituales. Queda por preguntarse en qué momento el hombrede Occidente pierde la dimensión individual irreductible a las clasificaciones basadas en elmero sentido geográfico exotérico. Puede entonces ocurrir que así como hemos aprendido aentender la alquimia como algo muy distinto a un capítulo de la historia o la prehistoria delas ciencias, también la cosmología geocéntrica nos revele su verdadero, sentido, un sentidoque tampoco corresponde a la historia de nuestras ciencias. Quizás, habida cuenta lapercepción del mundo y la concepción del universo en que descansa, convendría meditar yvalorar esencialmente el geocentrismo a la manera de un mandala.
 
Este mandala es, pues, lo que debemos meditar para encontrar la dimensión del norte en supotencia simbólica, potencia capaz de abrir el umbral del más allá. Este norte «se perdió»cuando por una revolución de la presencia humana, revolución del modo de esta presenciaen el mundo, la tierra se encontró «perdida en el cielo». «Perder el norte» es no poderdistinguir entre el cielo y el infierno, el ángel y el demonio, la luz y la sombra, lainconsciencia y la transconciencia. Presencia sin dimensión vertical, reducida a buscar elsentido de una historia que impone obligatoriamente los términos de referencia, impotentepara captar las formas en el sentido de la altura, para renovar el impulso inmóvil de losarcos de ojivas, pero experta en superponer absurdos paralelepípedos. Y el occidental seasombra ante la espiritualidad islámica, fascinada por la rememoración del «pacto
 preeterno» y por la asunción celestial (mi‘râj) del Profeta; no sospecha siquiera que, por el
contrario, su obsesión por lo histórico, su materialización de los «acontecimientos en elcielo», pueda provocar otros asombros. De la misma manera, los «cielos de luz» de quehabla el sufismo serán por siempre inaccesibles a las ambiciones de la «astronáutica», que nisiquiera los presiente. «Si quienes os guían os dijeran: ¡Mirad, el Reino está en el cielo!,entonces los pájaros del cielo os precederán... Pero el Reino está en vuestro interior y envuestro exterior.» (2)
 
2. Los símbolos del norte
 
Así pues, nos equivocaríamos por completo si cuando escribimos las palabras Ex Orientelux creyéramos estar diciendo lo mismo que los espirituales de que aquí se va a tratar, y si,buscando esa «luz de Oriente», nos contentáramos con volvernos hacia el orientegeográfico. Pues cuando decimos que el sol se levanta por oriente, nos referimos a la luzdel día que sucede a la noche. El día alterna con la noche, como alternan dos contrastes que,por esencia, no pueden coexistir. Luz que se levanta por oriente y luz que declina poroccidente: dos premoniciones de una opción existencial entre el mundo del día y sus
 
 
normas y el mundo de la noche con su pasión profunda e insaciable. Todo lo más, en sulímite, un doble crepúsculo: crepusculum vespertinum, que no es ya el día y no es todavía lanoche; crepusculum matutinum, que no es ya la noche y no es todavía el día. Por medio deesta imagen penetrante Lutero, como es sabido, definía el ser del hombre.
 
Pero, detengámonos a meditar lo que puede significar una luz que no es ni de oriente ni deoccidente, la luz del norte: sol de medianoche, resplandor de la aurora boreal. No es el díaque sucede a la noche, ni la noche que sucede al día. Es el día que estalla en plena noche yconvierte en día esa noche que sin embargo está siempre ahí, pero que es noche de luz. Etnox illuminatio mea in delicus meis. Ya esto nos sugiere la eventualidad de una innovaciónen la antropología filosófica: la posibilidad de situar e interpretar de forma completamentenueva la oposición entre Oriente y Occidente, luz y tinieblas, para dar finalmente susignificado pleno, imprevisto, a la luz del norte, y por tanto al hombre nórdico, el hombreque «está en el norte», o bien va hacia el norte porque ha venido del norte.
 
Pero el norte sólo puede ser llevado a su significado pleno por un modo de percepción quelo eleva en una dirección simbólica, es decir, a una «dimensión del más allá» que no puedeser mostrada sino por algo que «simboliza con» ella. Así pues, se trata de imágenesprimordiales que preceden y regulan toda percepción sensible, no de imágenes construidas aposteriori sobre un dato empírico. Pues allí donde se da el fenómeno, su sentido depende deesta imagen primordial: polo celeste en la vertical de la existencia humana, norte cósmico.Y allí mismo donde la latitud geográfica apenas permite suponer el fenómeno dado, suimagen arquetipo existe. El «sol de medianoche» aparece en numerosos rituales dereligiones mistéricas, lo mismo que resplandece, en la obra de Sohravardî, en el centro deun éxtasis cuyo héroe es Hermes. Otros maestros del sufismo iranio hablarán de «noche deluz», «mediodía oscuro» o «luz negra». Y éstos son los resplandores de aurora boreal quevisualiza la fe maniquea en la columna gloriae formada por todas las partículas de luz queascienden del infernum a la Tierra de luz, la Terra lucida, situada, como el paraíso deYima, al norte, es decir, en el norte cósmico.
 
Precediendo a todos los datos empíricos, las imágenes arquetipo son los órganos de lameditación como imaginación activa; operan la transmutación de estos datos confiriéndolessu sentido, y en esta misma operación anuncian el modo de una presencia humanadeterminada y la orientación fundamental que le es indisociable. Orientándose respecto delpolo celeste como umbral del más allá, es entonces un mundo distinto al del espaciogeográfico, físico, astronómico, el que permite que esta presencia se abra a sí misma. La«vía recta» consiste aquí en no divagar ni, hacia el este ni hacia el oeste; en escalar la cima,es decir, tender al centro; es el ascenso más allá de las dimensiones cartográficas, eldescubrimiento del mundo interior que segrega por sí mismo su luz y que es el mundo deluz; es una interioridad de luz que se opone a la espacialidad del mundo exterior que, porcontraste, aparecerá como tinieblas
 
En ningún caso esta interioridad debe ser confundida con nada de lo que pueden connotarlos términos modernos de subjetivismo o nominalismo, ni con lo imaginario que estácontaminado para nosotros por la idea de irrealidad. La impotencia para concebir unarealidad suprasensible concreta está en función de la valoración excesiva de la realidad delo sensible; ésta, con frecuencia, no deja otra alternativa que la de un universo de conceptos
 

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