1El teniente Dunbar no se sentía realmente ahogado, pero ésa fue la primera palabra que acudió a su mente.Allí, todo era inmenso.El enorme cielo sin nubes. El océano de hierba ondulante. Mirara a donde mirase,no había nada más. Ningún camino. Ningún rastro de rodadas que pudiera seguir el gran carromato. Sólo espacio puro y vacío.Se hallaba abandonado a su suerte. Eso hacía que el corazón le latiera con fuerza,de un modo extraño y profundo.Mientras permanecía sentado en el pescante plano, dejando que su cuerpo se bamboleara al compás de la pradera, los pensamientos del teniente Dunbar secentraron en los latidos de su corazón. Se sentía estremecido y, sin embargo, lasangre no le corría desbocada en las venas, sino que fluía serenamente. Laconfusión que eso le producía mantenía su mente ocupada de una formaencantadora. Las palabras giraban constantemente en su cabeza, al tiempo queintentaba conjurar palabras o frases capaces de describir lo que sentía. Y era difícilacertar.Al tercer día, la voz que resonaba en su cabeza pronunció las palabras: «Esto esreligioso», y ese concepto pareció el más correcto. Pero el teniente Dunbar nuncahabía sido un hombre religioso, de modo que, aun cuando la frase le pareciócorrecta, no supo muy bien qué hacer con ella.Si no se hubiera sentido tan excitado, probablemente habría encontrado unaexplicación, pero en la ensoñación en que se encontraba, se lanzó sobre la frase.El teniente Dunbar se había enamorado. Se había enamorado de este país salvaje yhermoso y de todo lo que contenía. Se trataba de la clase de amor que las personassueñan con sentir por otras: desinteresado y libre de toda duda, reverente y eterno.Su espíritu acababa de elevarse y el corazón le saltaba en el pecho. Quizá fueraésa la razón por la que el anguloso y elegante teniente de caballería había pensadoen la religión.Por el rabillo del ojo, vio a Timmons echar la cabeza a un lado y escupir por enésima vez hacia la hierba, que alcanzaba la altura de la cintura de un hombre. Elescupitajo surgió en forma de una corriente desigual, como sucedía con tantafrecuencia, que luego obligaba al conductor de la carreta a limpiarse la boca.Dunbar no decía nada, pero los incesantes escupitajos de Timmons le hacían enco-gerse interiormente.Se trataba de un acto inofensivo, pero de todos modos le irritaba, como si tuvieraque ver a alguien meterse el dedo en la nariz.Habían estado sentados el uno junto al otro durante toda la mañana. Pero sólo porque el viento soplaba en la dirección correcta. Aunque sólo le separaban un par de pasos, la brisa soplaba hacia donde debía, y el teniente Dunbar no podía oler aTimmons. En sus poco menos de treinta años había olido mucho a la muerte, y nohabía nada peor que eso. Pero la muerte siempre era alejada, o enterrada, ososlayada, mientras que con Timmons no podía hacer ninguna de esas cosas.Cuando la corriente de aire cambiaba de dirección, el olor hediondo de Timmonsenvolvía al teniente Dunbar como una nube apestosa e invisible.Así que cuando la brisa no soplaba correctamente, el teniente se levantaba delasiento y prefería subirse a la montaña de provisiones apiladas en el piso delcarro. A veces, permanecía allí durante horas. Otras veces, saltaba sobre la altahierba, desataba a «Cisco» y exploraba el terreno, adelantándose uno o doskilómetros.
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