Naguib Mahfuz El callejón de los milagros
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Muchos son los detalles que lo proclaman: el callejón de Midaq fue una de las joyasde otros tiempos y actualmente es una de las rutilantes estrellas de la historia de El Cairo.¿A qué El Cairo me refiero? ¿Al de los fatimíes, al de los mamelucos o al de los sultanes?La respuesta sólo la saben Dios y los arqueólogos. A nosotros nos basta con constatar queel callejón es una preciosa reliquia del pasado. ¿Cómo podría ser de otra manera con elhermoso empedrado que lleva directamente a la histórica calle Sanadiqiya? Además tieneel café que todos conocen como el Café de Kirsha, con muros adornados de coloridosarabescos. De los del callejón, actualmente desconchados, todavía se desprenden los oloresde las antiguas drogas, populares especias y remedios de hoy y de mañana...Aunque el callejón está totalmente aislado del bullicio exterior, tiene una vida propiay personal. Sus raíces conectan, básica y fundamentalmente, con un mundo profundo delque guarda secretos muy antiguos.Los ruidos del día se habían apagado y se comenzaban a oír los del atardecer,susurros dispersos, un «Buenas noches a todos» por aquí, un «Pasa, es la hora de latertulia» por allá. «¡Despierta, tío Kamil y cierra la tienda!» «¡Cambia el agua del narguile,Sanker!» «¡Apaga el horno, Jaada!» «Este hachís me duele en el pecho.» «Cinco años deapagones y bombardeos es el precio que hemos de pagar por nuestros pecados.»Dos tiendas, sin embargo, la del tío Kamil, el vendedor de dulces, a mano derecha dela entrada del callejón, y la barbería de enfrente, no cerraban hasta después de la puestadel sol. El tío Kamil tenía la costumbre de sentarse a la puerta de su tienda y de dormircon un matamoscas sobre el pecho. No se despertaba hasta que no entraba un cliente, a noser que Abbas, el barbero, lo hiciera con una de sus bromas. Era un hombre corpulento,con dos piernas como troncos y un enorme trasero redondo como la cúpula de unamezquita: la parte central reposaba en la silla y el resto desbordaba por los lados. Tenía labarriga como un tonel y los pechos parecían melones. El cuello no se veía, pero de entrelos hombros salía un rostro redondo, hinchado e inyectado en sangre, con los rasgosdesdibujados por la dificultosa respiración. Remataba el conjunto una cabeza pequeña,calva y de piel pálida y rubicunda como la del resto del cuerpo. Jadeaba constantemente,como si acabara de correr un maratón, y no era capaz de vender un solo dulce sin quevolviera a vencerle el sueño. La gente le decía que se moriría el día menos pensado, con elcorazón asfixiado bajo la grasa. Y él no los contradecía, sino al contrario. ¿Qué más le dabamorir, si se pasaba la vida durmiendo?La barbería, aunque pequeña, era considerada como algo especial. Tenía un espejo yun sillón, además de los instrumentos propios del oficio. El barbero era un hombre deestatura mediana, tez pálida y con tendencia a echar carnes. Tenía los ojos algo saltones yel pelo liso tirando a amarillo, a pesar de que era de piel morena. Llevaba traje y nunca sequitaba el delantal, quizá para imitar a los grandes de la profesión.Ambos personajes permanecían en sus tiendas después de que el bazar contiguo a labarbería cerrara sus puertas y los empleados hubieran desfilado camino de sus casas. Elúltimo en salir era el dueño, Salim Alwan. Elegantemente arropado con un caftán, sedirigía con paso airoso hacia el final del callejón donde le aguardaba un carruaje. Subía aél con agilidad y llenaba el asiento con su rolliza figura, precedida de unos hermososbigotes caucasianos. El cochero golpeaba con el pie la campana que sonaba con estrépito, y
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