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ELCALLEJÓNDE LOSMILAGROS
 
Nahguib Mafhuz
 
Naguib Mahfuz El callejón de los milagros 
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 En los primeros años de la década de los cuarenta la situación social y política deEgipto era conflictiva en extremo. A la corrupción en el gobierno del rey Faruk, quefavorecía a los terratenientes mientras las clases bajas morían de hambre, se unía unsometimiento de la nación a los intereses de la Gran Bretaña. El recrudecimiento de laSegunda Guerra había llevado a que se empezaran a incorporar soldados egipcios alejército británico. Las costumbres y los avances de la civilización occidental se abrían pasoen la sociedad de Egipto.Es ése el país en que habitan los protagonistas de esta novela, todos ellos residentesen el Callejón de Midaq, situado en un humilde barrio del centro de El Cairo. Sus vidas sedesarrollan en medio de grandes dificultades económicas, pero ellos saben ingeniárselaspara substituir, rebuscando oficios inverosímiles —como el de fabricar lisiados para quemendiguen por las calles de la ciudad—, o sosteniendo pequeños negocios que producenapenas lo necesario para sobrellevar una existencia tranquila, alejada de la política y de loscambios en la sociedad.En medio de tal aletargamiento, sólo los jóvenes ven la necesidad de salir de esasituación. Sin embargo, el cambio que desean nunca va más alia de buscar una salida parasí mismos, un medio de huir al destino que les espera si se quedan en el callejón. Laposibilidad de entrar al ejército británico se plantea como una tabla salvadora, que lespermitirá conocer las comodidades de la vida occidental y percibir buenos ingresos.Hamida, una muchacha bella y ambiciosa, tomará un camino más peligroso.Para el lector occidental, esta novela brinda el medio de acceder a un mundodesconocido, heredero de un pasado esplendoroso, sometido a una religión llena deexigencias y normas rigidísimas. Un mundo en el que, sin embargo, los conflictos que viveel hombre son los mismos que han ocupado a la humanidad desde el principio de lostiempos. Naguib MaMouz nació en el año de 1911 en Jamaliyyah, una zona del sectorantiguo de El Cairo. De origen humilde, estudió filosofía en la Universidad de esta ciudad,para luego ejercer como funcionario en diversos organismos de la administración de supaís. Ha publicado más de treinta obras, entre novelas y libros de relatos, muchas de lascuales han sido adaptadas al teatro y la televisión. Es considerado el padre de la prosaárabe contemporánea. En 1972 recibió el prestigioso "Premio Nacional de las LetrasEgipcias" y se le otorgó el "Collar de la República", el cual constituye el más alto honor desu nación. Su entrada definitiva al mundo de las letras occidentales se realizó en 1988,cuando se le otorgó el Premio Nobel.Título del original: Midaq AlleyTraducción: Helena ValentíEdiciones Martínez Roca, S.A.Naguib Mahfuz and Trevor Le Gassick 1966 and 1975© Ediciones Martínez Roca, S.A. 1988
 
Naguib Mahfuz El callejón de los milagros 
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Muchos son los detalles que lo proclaman: el callejón de Midaq fue una de las joyasde otros tiempos y actualmente es una de las rutilantes estrellas de la historia de El Cairo.¿A qué El Cairo me refiero? ¿Al de los fatimíes, al de los mamelucos o al de los sultanes?La respuesta sólo la saben Dios y los arqueólogos. A nosotros nos basta con constatar queel callejón es una preciosa reliquia del pasado. ¿Cómo podría ser de otra manera con elhermoso empedrado que lleva directamente a la histórica calle Sanadiqiya? Además tieneel café que todos conocen como el Café de Kirsha, con muros adornados de coloridosarabescos. De los del callejón, actualmente desconchados, todavía se desprenden los oloresde las antiguas drogas, populares especias y remedios de hoy y de mañana...Aunque el callejón está totalmente aislado del bullicio exterior, tiene una vida propiay personal. Sus raíces conectan, básica y fundamentalmente, con un mundo profundo delque guarda secretos muy antiguos.Los ruidos del día se habían apagado y se comenzaban a oír los del atardecer,susurros dispersos, un «Buenas noches a todos» por aquí, un «Pasa, es la hora de latertulia» por allá. «¡Despierta, tío Kamil y cierra la tienda!» «¡Cambia el agua del narguile,Sanker!» «¡Apaga el horno, Jaada!» «Este hachís me duele en el pecho.» «Cinco años deapagones y bombardeos es el precio que hemos de pagar por nuestros pecados.»Dos tiendas, sin embargo, la del tío Kamil, el vendedor de dulces, a mano derecha dela entrada del callejón, y la barbería de enfrente, no cerraban hasta después de la puestadel sol. El tío Kamil tenía la costumbre de sentarse a la puerta de su tienda y de dormircon un matamoscas sobre el pecho. No se despertaba hasta que no entraba un cliente, a noser que Abbas, el barbero, lo hiciera con una de sus bromas. Era un hombre corpulento,con dos piernas como troncos y un enorme trasero redondo como la cúpula de unamezquita: la parte central reposaba en la silla y el resto desbordaba por los lados. Tenía labarriga como un tonel y los pechos parecían melones. El cuello no se veía, pero de entrelos hombros salía un rostro redondo, hinchado e inyectado en sangre, con los rasgosdesdibujados por la dificultosa respiración. Remataba el conjunto una cabeza pequeña,calva y de piel pálida y rubicunda como la del resto del cuerpo. Jadeaba constantemente,como si acabara de correr un maratón, y no era capaz de vender un solo dulce sin quevolviera a vencerle el sueño. La gente le decía que se moriría el día menos pensado, con elcorazón asfixiado bajo la grasa. Y él no los contradecía, sino al contrario. ¿Qué más le dabamorir, si se pasaba la vida durmiendo?La barbería, aunque pequeña, era considerada como algo especial. Tenía un espejo yun sillón, además de los instrumentos propios del oficio. El barbero era un hombre deestatura mediana, tez pálida y con tendencia a echar carnes. Tenía los ojos algo saltones yel pelo liso tirando a amarillo, a pesar de que era de piel morena. Llevaba traje y nunca sequitaba el delantal, quizá para imitar a los grandes de la profesión.Ambos personajes permanecían en sus tiendas después de que el bazar contiguo a labarbería cerrara sus puertas y los empleados hubieran desfilado camino de sus casas. Elúltimo en salir era el dueño, Salim Alwan. Elegantemente arropado con un caftán, sedirigía con paso airoso hacia el final del callejón donde le aguardaba un carruaje. Subía aél con agilidad y llenaba el asiento con su rolliza figura, precedida de unos hermososbigotes caucasianos. El cochero golpeaba con el pie la campana que sonaba con estrépito, y
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