CAPITULO IEL REY DEL BOSQUE
1.Diana y Viribio¿Quién no conoce el cuadro de Turner,
La Rama Dorada
? La escena, inmersa en los destellosdorados con que la sublime imaginación de Turner envolvía y transfiguraba hasta el máshermoso paisaje natural, es una visión onírica del pequeño lago del bosque de Nemi "elespejo de Diana", como lo llamaban los antiguos. Quien haya contemplado las tranquilasaguas encajonadas entre las verdes colinas del monte Albano, nunca podrá olvidarlo. Lasdos típicas aldeas italianas que dormitan en sus laderas y el castillo cuyos jardinesdescienden en terrazas hacia el lago, apenas turban la quietud y la soledad de la escena.Diana misma podría surgir aún en la orilla solitaria o incluso aparecer en la espesura delbosque.En la Antigüedad, este paisaje boscoso fue escenario de una tragedia extraña y repetida. Enla orilla norte del lago, precisamente debajo del precipicio del cual pende la moderna villa deNemi, se hallaba el pequeño bosque sagrado y el santuario de Diana Nemorensis o Diana delBosque. El lago y el bosquecillo fueron llamados también lago y bosque de Aricia.Pero el pueblo de ese nombre (hoy La Riccia) se hallaba unas tres millas más allá, al pie delmonte Albano, separado por un brazo del lago que ocupa una concavidad semejante a uncráter en la falda de la montaña. En ese bosque sagrado había un árbol alrededor del cualrondaba una figura siniestra durante todo el día y probablemente también hasta altas horasde la noche.Empuñaba una espada desnuda y miraba cautelosamente a su alrededor como si esperase acada instante el ataque de un enemigo. Era, al mismo tiempo, sacerdote y asesino, y tarde otemprano alguien llegaría para matarlo y ocupar su puesto sacerdotal. Tal era la norma delsantuario. Sólo podía ocuparse el puesto dando muerte al sacerdote para reemplazarlo, hastaser asesinado a la vez por alguien más fuerte o más hábil.El puesto, obtenido de modo tan precario, confería el título del rey, pero seguramente ningúnrey descansó menos que éste ni sufrió pesadillas tan terribles. Año tras año, en verano y eninvierno, con buen o mal tiempo, debía mantener su guardia solitaria, tratando de no dormirsepor el riesgo que ello implicaba para su vida. La menor desatención de su vigilancia, la máspequeña disminución de sus fuerzas o de su destreza lo ponían en peligro, las primeras canassellaban su sentencia de muerte. Los sencillos y piadosos peregrinos que llegaban alsantuario verían oscurecer el hermoso paisaje con su figura, como una nube que cubre depronto al sol un día luminoso. El encanto azul de los cielos italianos, el claroscuro de losbosques en verano, los reflejos del sol en las olas, no se conciliaban con este personaje rudoy siniestro. Sería mejor imaginar este cuadro como podría verlo un caminante retrasado unade esas lúgubres noches de otoño, cuando las hojas secas caen sin cesar y el viento pareceentonar un responso al año que se extingue. Es una escena sombría, con música melancólica:al fondo, el bosque recortándose negro sobre el cielo tempestuoso, el viento silbando entrelas ramas, el crujido de las hojas secas bajo los pies, el azote de las frías aguas del lago contralas orillas y, en primer plano, yendo y viniendo en medio de la luz crepuscular o en laoscuridad, la figura sombría, con destellos acerados cuando la pálida luna asoma entre lasnubes y filtra su luz entre la espesura.Esta extraña costumbre sacerdotal no tiene paralelo en la antigüedad clásica y resultainexplicable en sí misma.Buscaremos su interpretación en otros campos. Probablemente nadie podrá negar que tienereminiscencias de épocas bárbaras que han sobrevivido en la época imperial, fuertementeaisladas de aquella culta sociedad italiana, como una roca primitiva que emerge en medio delbien recortado césped de un jardín. La extrema rudeza y la barbarie de la costumbre nospermite alentar la esperanza de encontrar una explicación. Recientes investigaciones de lahistoria primitiva del hombre revelan la semejanza esencial de la mente humana que, porencima de múltiples diferencias superficiales, ha elaborado su primera y rústica filosofía dela vida. Por consiguiente, si podemos demostrar que una costumbre bárbara como la de lossacerdotes de Nemi existió en otros lugares, si determinamos los motivos que la originaron,si podemos probar que esos motivos han actuado amplia y tal vez universalmente en lasociedad humana, dando origen en diversas circunstancias a una variedad de institucionesdiferentes pero genéricamente similares y, por último, si demostramos que esos verdaderosmotivos, y algunas de las instituciones derivadas de ellos, actuaron en la antigüedad clásica,podremos inferir que, en épocas remotas las mismas causas dieron origen al sacerdocio deNemi.En primer término, presentaremos los pocos hechos y leyendas que han llegado hastanosotros al respecto. Según una de esas leyendas, el culto de Diana en Nemi fue instituidopor Orestes quien, luego de matar a Thoas, rey del Quersoneso Taúrico (Crimea) , huyó consu hermana a Italia, llevando la imagen de Diana Táurica oculta en un haz de leña. Cuandomurió, sus restos fueron trasladados de Aricia a Roma, y sepultados frente al templo deSaturno, en la ladera del Capitolio, junto al templo de la Concordia. El sanguinario ritual, quela leyenda atribuye a la Diana Táurica, es conocido por los lectores de los clásicos: se diceque el extranjero que llegaba a la costa era sacrificado en su altar. Pero, al ser trasladado aItalia, el rito asumió una forma más suave.En el santuario de Nemi crecía un árbol cuyas ramas no podían romperse. Sólo un esclavofugitivo estaba autorizado para romper una de ellas, si podía hacerlo. Si lo lograba, ello ledaba derecho a luchar en un singular combate con el sacerdote, y si lo mataba, reinaba en sulugar con el título de Rey del Bosque (Rex Nemorensis). Según la opinión generalizada de losantiguos, la rama fatal era la Rama Dorada que Eneas, aconsejado por la Sibila, arrancó antesde intentar la peligrosa jornada hacia el Mundo de los Muertos. Se decía que la fuga delesclavo representaba la huida de Orestes y que su combate con el sacerdote era unareminiscencia de los sacrificios humanos ofrendados a la Diana Táurica. Esta ley de sucesiónpor la espada se cumplió hasta los tiempos del Imperio. Calígula, entre otras de susextravagancias, pensó que el sacerdote de Nemi llevaba demasiado tiempo en su puesto ypagó a un bandido para que lo asesinara. Un viajero griego que visitó Italia en la época delos Antoninos ha confirmado que en aquellos tiempos el sacerdocio seguía siendo el premiode la victoria en singular combate.En el culto de Diana en Nemi pueden señalarse aún algunas características importantes. Las
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