–Oye, Pasini: ¿no me reconoces? Ven aca; este amigo quiere hablarte. –Tengo sueño –nos contestó; –déjenme marcharme. –Espera, hombre, espera –insistió mi amigo Des Joncquières; –puede que teconvidemos con una copa de
champagne
.Los ojos del mendigo relampaguearon de deseo. Nos miró breve espacio y pareciósatisfecho de su examen. –Son unos caballeros como yo –murmuró para sí; –me convidaran con un buenchampagne. –¿Hace tiempo que no lo bebes? – Sí, hace tiempo. Todos se burlan de mí cuando rechazo otra bebida. Pero yo soy uncaballero y no puedo beber mas que
champagne
.Resultaba, en verdad, casi cómico oír hablar de tal manera d un mendigo de aquellacatadura. Sin embargo, en medio de su deformidad y miseria, se adivinaba en el hombreun ser mas desgraciado que despreciable. Des Joncquières continuó: – Venta con nosotros y te convidaremos con champagne; pero, condición, por supuesto,de que nos cuentes la historia de tu amigo Pasini. – ¿De Pasini?–murmuró. –¡Pobre Pasini! ¡Qué buen chico era! Ahora esta muerto:murió enterrado vivo...En esto, interpeló de mi amigo Des Joncquières –Pero, ¿no dices tú que este hombre es Pasini? –El mismo hombre. Pero el pobre esta trastornado y cree que Pasini es otro. Cuenta su propia historia como si fuera la de un amigo. Anda, vamos a cenar, y le haremos charlar mientras bebe su champagne. Vas a oír algo curioso; por lo menos, lo pasaremos mejor que en compañía de una de esas muñecas pintarrajeadas que no saben otra cosa quecomer ostras y decirte romanticamente, al final de la cena, mientras hacen la digestión:«
T’es mon type
;
viene-tu chas moi, mon chéri
? Veras que en la vida se presentan casosmas terribles que en las novelas y dramas. Vamos.Me cogió del brazo y echamos d andar. El mendigo nos seguía, arrastrandotrabajosamente su pierna y quejandose a cada paso. Dos o tres veces interrumpió nuestraconversación para que le ratificaramos nuestra promesa de invitarle con
champagne
;después volvía d sus roncos gemidos, deslizandose como una sombra a lo largo de las paredes.* * *Concluimos de cenar. Pasini había bebido, con placer inefable, algunas copas de
champagne
, y nos mostraba un rostro agradecido y sonriente. Nos llamaba «sus buenosamigos». Una vez, al beber, se acordó de Pasini, que había sido enterrado vivo, y derramóalgunas lagrimas.Mientras sorbíamos una tacita de moka y el mozo retiraba la vajilla, Des Joncquièresinstó a Pasini para que nos contara la historia. No se hizo, de rogar mas. –Ustedes han cumplido su palabra y ahora yo cumpliré la mía: así se hace entrecaballeros. Voy a narrarles la historia de mi pobre amigo Pasini con toda fidelidad, sinomitir detalle, para que ustedes se den cuenta de su horrible desventura. Les diré laverdad, toda la verdad, y luego ustedes me creeran o no. Pero juro ustedes, por lasalvación de mi alma, que no hay nada de imaginario en los espantosos sucesos quenarraré.
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