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AGUASFUERTES
Víctor Pérez Petit 
EL BESO DE LA MUERTE
 A Francisco Sicardi
Aún vibraba en mis oídos la última frase de Mimí:
on peut ce qu’on veut, dans la vie
,cuando el telón cayó sobre la comedia de Maurice Vaucaire, y el rumor de los aplausosllenó toda la sala del Théâtre Français. Hubo el zumbido de una colmena que se dispersa;las luces oscilaron, y al dejar mi butaca, la marea de brazos por el aire enfilandosobretodos y de mujeres vistiendo sus abrigos llenos de blondas y gasas, me volvió laespalda en una huida. Salí silenciosamente, siguiendo la corriente de los espectadores queabandonaban la sala, cambiando frases y saludos, con un murmullo de pies cansados por una larga inacción, y alcancé el peristilo. Frente al busto de Balzac, me topé con DesJoncquières. –¿Vas a tu redacción? –No, –le repliqué; –me voy a dormir. –Mejor así porque no debes entonces estar apurado. El piso esta seco, la noche hermosay Ma... ¿qué te parece que nos retiremos pie?Me ofreció un habano, escogió otro para él en su cigarrera de cuero de Rusia, ycogiéndome del brazo, me arrastró bajo las arcadas de la calle Rivolí. Caminabamosapresuradamente para no sentir el aire frío de la noche, mientras comentabamos elsacrificio de Mimí en la comedia
 Petit chagrin
que acababamos de oír, y aquella valientefrase:
on peut ce qu’on veut, dans la vie
, que apenas había llamado la atención de losespectadores, preocupados con el ajetreo de la partida. De pronto, un bulto informe,hombre 6 bestia cubierto de harapos, se nos cruzó al paso. –¡Calle! –dijo Des Joncquières, –el loco Pasini... Creí que había muerto. –¿Pasini? ¿Quién es Pasini? –pregunté a mi amigo, volviéndome para observar aquellamiseria humana, deforme y contrahecha, que se arrastraba a lo largo de las paredesmurmurando con voz ronca y sorda extraños monosílabos. –¿No conoces a Pasini? ¡Hombre! Vale la pena de que le conozcas. Ven.Volvimos hacia atras y alcanzamos al hombre. Era un andrajo viviente. Su caraescualida, sucia por una barba inculta, desaparecía bajo la sombra de un sombreromugriento. Era cojo y contrahecho, y sus ropas estaban reducidas a jirones. Con unamano larga y fina –verdadera mano de aparecido– sostenía un grueso palo. El pelo le caía por detras en forma de melena, disimulando la falta de camisa. Andaba casi arrastrandouna pierna, quebrando todo el cuerpo a cada paso, y lanzando al hacerlo un roncogemido. –¡Eh, Pasini! ¿Dónde vas? –le interpeló Des Joncquières. No nos hizo caso; siguió andando trabajosamente. Entonces nos le pusimos delante y pude verle mejor. Era un hombre sin duda joven aún, pero que representaba cincuenta ycinco años. Parecía un esqueleto, tan delgado era; y algún accidente debía de haberlecontrahecho una pierna y el busto do aquella horrible manera. Un ronquido sordo hervíaen su garganta. Sus ojos azules, fríos y vidriosos como los de los peces, parecían nomirar. Aquellos ojos inmóviles y transparentes hacían daño.
 
 –Oye, Pasini: ¿no me reconoces? Ven aca; este amigo quiere hablarte. –Tengo sueño –nos contestó; –déjenme marcharme. –Espera, hombre, espera –insistió mi amigo Des Joncquières; –puede que teconvidemos con una copa de
champagne
.Los ojos del mendigo relampaguearon de deseo. Nos miró breve espacio y pareciósatisfecho de su examen. –Son unos caballeros como yo –murmuró para sí; –me convidaran con un buenchampagne. –¿Hace tiempo que no lo bebes? – Sí, hace tiempo. Todos se burlan de mí cuando rechazo otra bebida. Pero yo soy uncaballero y no puedo beber mas que
champagne
.Resultaba, en verdad, casi cómico oír hablar de tal manera d un mendigo de aquellacatadura. Sin embargo, en medio de su deformidad y miseria, se adivinaba en el hombreun ser mas desgraciado que despreciable. Des Joncquières continuó: – Venta con nosotros y te convidaremos con champagne; pero, condición, por supuesto,de que nos cuentes la historia de tu amigo Pasini. – ¿De Pasini?–murmuró. –¡Pobre Pasini! ¡Qué buen chico era! Ahora esta muerto:murió enterrado vivo...En esto, interpeló de mi amigo Des Joncquières –Pero, ¿no dices tú que este hombre es Pasini? –El mismo hombre. Pero el pobre esta trastornado y cree que Pasini es otro. Cuenta su propia historia como si fuera la de un amigo. Anda, vamos a cenar, y le haremos charlar mientras bebe su champagne. Vas a oír algo curioso; por lo menos, lo pasaremos mejor que en compañía de una de esas muñecas pintarrajeadas que no saben otra cosa quecomer ostras y decirte romanticamente, al final de la cena, mientras hacen la digestión:«
T’es mon type
;
viene-tu chas moi, mon chéri
? Veras que en la vida se presentan casosmas terribles que en las novelas y dramas. Vamos.Me cogió del brazo y echamos d andar. El mendigo nos seguía, arrastrandotrabajosamente su pierna y quejandose a cada paso. Dos o tres veces interrumpió nuestraconversación para que le ratificaramos nuestra promesa de invitarle con
champagne
;después volvía d sus roncos gemidos, deslizandose como una sombra a lo largo de las paredes.* * *Concluimos de cenar. Pasini había bebido, con placer inefable, algunas copas de
champagne
, y nos mostraba un rostro agradecido y sonriente. Nos llamaba «sus buenosamigos». Una vez, al beber, se acordó de Pasini, que había sido enterrado vivo, y derramóalgunas lagrimas.Mientras sorbíamos una tacita de moka y el mozo retiraba la vajilla, Des Joncquièresinstó a Pasini para que nos contara la historia. No se hizo, de rogar mas. –Ustedes han cumplido su palabra y ahora yo cumpliré la mía: así se hace entrecaballeros. Voy a narrarles la historia de mi pobre amigo Pasini con toda fidelidad, sinomitir detalle, para que ustedes se den cuenta de su horrible desventura. Les diré laverdad, toda la verdad, y luego ustedes me creeran o no. Pero juro ustedes, por lasalvación de mi alma, que no hay nada de imaginario en los espantosos sucesos quenarraré.
 
 Nos miró un instante con fijeza, hizo como que se sacudía el polvo de la manga de suraído abrigo, y empezó a contarnos su propia historia como si narrara la de otra persona: –Era mi amigo Pasini un hombre de treinta anos, fuerte, robusto, bastante bien parecido,de buena familia, con una rentita mas que regular, instruido, alegre y decidor. Esto basta.Una noche de carnaval –me olvidaba decir ustedes que entonces vivíamos en Roma– vino buscarme d mi casa para ir pasear por el Corso. Salimos juntos, cogidos del brazo, alegrescomo buenos muchachos que éramos, y dispuestos a divertirnos de cualquier modo.Ustedes saben o se imaginan lo que es el carnaval en Roma, con la licencia de lascostumbres que allí domina y el ejemplo que dan los poderosos. Pero, el Santo Padre melo perdone y Dios se lo tenga en cuenta solamente su hijo César.Al llegar aquí no pude menos de mirar con extrañeza a Pasini. Des Joncquières sonreía, pues conocía sin duda el cuento; mas yo no sabía quién era ese César hijo del Papa, ni siel Papa tenía hijos. Pasini notó mi asombro, y prosiguió impertérrito: –Ya, ya. El asombro de todos. No sé qué empeño tienen ustedes en dudar de queAiejandro VI ceñía la tiara y sus hijos den el ejemplo de una vida criminal y licenciosa al pueblo... – ¡Ah! –exclamé yo, cayendo en la cuenta, –¿quiere decir que lo que le acaeció a suamigo fue durante el pontificado del padre de Lucrecia Borgia?Al oír este nombre, Pasini se puso densamente palido y se echó a temblar. Durante unosmomentos permaneció excitadísimo. Con todo, fuése calmando poco a poco, y al fin pudo decir: –Pues ¿y qué tiempos son los que corren, sino estos del papa incestuoso? ¿O es usted,también, de los que sostienen la paparrucha de que el pontífice es León XIII y hay un reyde Italia que se llama Humberto I o no sé cuantos? ¿Estamos o no estamos, en el año degracia de 1497? No quise contrariarle y accedí a todo lo que deseó. Le rogué, pues, que continuara suhistoria. –Muy bien, –dijo Pasini. –Andabamos por el Corso, cogidos del brazo, oyendo las bromas de las mascaras, riéndonos de sus disfraces y brincos, jaraneando con las murgasy carromatos, cuando de pronto dos mujeres ocultas en sendos dominós negros se nos pusieron delante o invitaron al amigo Pasini a que las acompañara. –¡Hombre! ¿Y yo? ¿No soy de la partida? –Contigo no queremos nada, –me contestaron las mascaritas. –Es a Pasini al que vamosa llevarmos para que nos sirva de caballero. Tú eres un mico feo, que debes irte solo lacama.Y sin mas rodeos, arrastraron a Pasini y en pocos pasos se perdieron entre la mareaendiablada de mascaras y vehículos.¿Por qué no se resistió Pasini a seguir a aquellas desconocidas? ¿Cómo no tuvo un presentimiento del horrible desenlace de su aventura? El hombre, en la vida, comete amenudo semejantes absurdos y errores, por dejarse arrastrar de una quimera y noacostumbrarse tí reflexionar sobre sus actos y decisiones. El brazo hermoso de unaenmascarada, entrevisto bajo la manga de un dominó negro, le arrebató y ya no se cuidóde preguntarse quién era esa mujer que le conocía y le buscaba. La siguió porque eramujer y porque su corazón juvenil retozaba ante la perspectiva de una aventura amorosa.
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