construido una nueva? ¿No emplea anualmente el padre una cantidad considerable de susganancias mercantiles en el embellecimiento de sus habitaciones? ¿Estos tapices de seda,estos muebles ingleses, no son también inútiles? ¿No podríamos contentarnos con otrosde menor valor? Por lo menos, debo confesar que estas paredes, con su tapicería a listas,sus flores, ringorrangos, canastillas y figuras cien veces repetidas, me producen unaimpresión totalmente desagradable. Se me representan, cuando más, como el telón denuestro teatro. ¡Pero qué distinto es estar sentado ante éste! Por mucho tiempo que setenga que esperar, sábese que ha de levantarse y que veremos las cosas más diversas quenos divertirán, ilustrarán y exaltarán...-Siquiera modérate -dijo la madre. Tu padre quiere que se le entretenga por lasnoches, y, además, cree que esa afición te disipa, y a fin de cuentas, cargo yo con la culpacuando está enojado. Cuántas veces tuve ya que soportar que me acusara por el malditoteatro de muñecos, que os regalé hace doce años por Navidad y que despertó en vosotrosel gusto de esos espectáculos.-No eche usted pestes contra el teatro de muñecos, no se arrepienta de su cariño ysolicitud. Aquéllos fueron los primeros momentos de dicha de que gocé en la nueva casa,tan vacía; aun ahora me parece que lo veo todo delante de mí y recuerdo lo extraño queme pareció cuando, después de los habituales regalos de Navidad, nos mandaron sentar delante de una puerta que comunicaba con otra habitación. Se abrió, pero no, como deordinario, para que entráramos y saliéramos corriendo por ella; el hueco estaba lleno, por una inesperada edificación solemne. Alzábase a lo alto un pórtico cubierto por un místicovelo. Al principio, todos permanecimos apartados; pero como creciera nuestra curiosidad por ver lo que podía ser lo que brillaba y hacía ruido detrás de la cortinasemitransparente, señaláronnos un asiento a cada uno y se nos ordenó que esperáramoscon paciencia. Una vez todos sentados y en silencio, un pito dio la señal y se levantó eltelón, mostrando una decoración de templo con rojos colores. El sumo sacerdote Samuelapareció hablando con Jonatán, y parecíanme altamente venerables sus extrañas vocesalternas. Poco después Saúl entró en escena, sumido en gran perplejidad por la insolenciadel colosal guerrero que lo había retado a él y a los suyos. ¡Cuál no fue después mialegría cuando llegó brincando el diminuto hijo de Isaí, con su cayado de pastor, suzurrón y su honda, y habló de este modo: «¡Alto y muy poderoso rey y señor!, queningún ánimo decaiga a causa de este desafío; si vuestra majestad quiere permitírmelo,seré yo quien vaya para entrar en combate con el fuerte gigante». Con esto quedóterminado el primer acto y llenos de ansiedad los espectadores por ver lo que sucederíamás adelante; todos deseábamos que cesara pronto la música. Por fin volvió a alzarse eltelón. David brindaba la carne del monstruo a las aves del cielo y a las bestias del campo;el filisteo lanzaba bravatas, golpeaba el suelo con ambos pies, y, finalmente, cayó comoun tronco, dando a la acción un magnífico desenlace. Y después, cuando las doncellascantaban: «¡Saúl mató sus miles, pero David diez miles!», mientras la cabeza del giganteera llevada delante del minúsculo vencedor, quien recibía por esposa a la bella hija delrey, disgustábame, en medio de todas aquellas alegrías, el que el afortunado príncipefuera de tan exiguo tamaño. Pues, según la usual idea de la grandeza de Goliat y la pequeñez de David, no habían dejado de formar a los dos personajes con muycaracterístico aspecto. Dígame usted: ¿qué se hizo de los muñecos? Prometí enseñárselos
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