Librodot El Barón de Münchhausen Rudof E. Raspe
Luego de ese incidente, todo transcurrió con tranquilidad hasta quellegué a Rusia, donde no es costumbre andar a caballo en invierno.Fiel a mi principio de adaptarme siempre a las costumbres del paísque visito, adquirí un trineo tirado por un solo caballo y con él medirigí a San Petersburgo.No recuerdo con precisión si fue en Estonia o en Ingria, pero sírecuerdo que fue en lo más profundo de un espantoso bosque dondeme encontré con un enorme lobo que se lanzó en mi persecución,acuciado por el hambre. Pronto me dio alcance y como resultaba evi-dente que no lograría escapar, decidí arrojarme al fondo del trineo ydejar que el caballo resolviera el asunto de nuestra salvación comomejor le pareciese. Entonces sucedió lo que yo, sin atreverme aesperarlo, había previsto.El lobo, sin ocuparse en absoluto de una presa tan magra como mipersona, saltó por encima del trineo y se arrojó sobre el caballo, delcual devoró en un momento, todo el cuarto trasero. El pobre animal,aguijoneado por el dolor y el miedo, corría cada vez más rápido.Levantando la cabeza furtivamente, pude ver cómo el lobo ibaocupando poco a poco el lugar del caballo. Aproveché la situación ydejé caer la punta de mi látigo sobre el lomo del animal, que, presa delterror por el inesperado ataque, se lanzó a toda carrera haciendo queel cadáver del caballo cayera del arnés, atrapando en su lugar al lobo.Y así, azuzando sin descanso con mi látigo al lobo, llegué a SanPetersburgo, causando el lógico asombro de quienes me veían pasar.No quiero que os aburráis con charlas sobre el arte, las ciencias yotras tantas cosas notables de la capital rusa, ni mucho menos conlas intrigas y aventuras de la alta sociedad, donde las damas son tanhospitalarias. Prefiero referirme a temas más dignos, por ejemplo a loscaballos y los perros, animales por los que he sentido siempre granestima, y luego me referiré a los zorros, los lobos y los osos, animalesque abundan en Rusia más que en ningún otro país. Y por último,describiré los pasatiempos, pruebas de destreza y fuerza, proezas ycacerías, que son las cosas que realmente definen a un verdaderocaballero, y no así el dominio del griego o el latín, ni todos losrefinamientos de los peluqueros franceses.Como pasó un tiempo antes de que pudiera enrolarme en el ejército,estuve unos dos meses sin otra actividad ni preocupación que gastarmi dinero y mis días, de la manera más noble posible. El climariguroso y la marcada propensión de los nativos han hecho que enRusia la botella tenga un rol social desconocido en nuestra sobriaAlemania. De modo que pude encontrar en Rusia a personas quemerecen ser llamadas verdaderos virtuosos del arte de beber. Pero to-dos estos virtuosos no eran más que simples aprendices, comparadoscon un veterano general de barba canosa y tez cobriza que solía comercon nosotros. Había perdido la parte superior de su cráneo,combatiendo contra los turcos, de manera que cada vez que sepresentaba un desconocido, se veía obligado a pedir disculpas por noquitarse el sombrero. Acompañaba cada comida con algunas botellasde aguardiente y solía terminarlas con una botella de arrak. A pesar
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